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domingo, septiembre 22, 2013

Maldad y violencia

Pareciera un lugar común hablar sobre la cordialidad del venezolano, su alegría desbordada, su zalamería y su ya trillada manera para hacerse de amigos en un dos por tres. Pero poco se dice sobre ese otro rostro donde anidan las bajas pasiones, las emociones que desde un tiempo para acá salen y se materializan en escalofriantes realidades y se traducen en cifras rojas, donde heridos, mutilados y muertos se cuentan por decenas, por cientos y miles. Quedamos también los sobrevivientes. Nosotros los mutilados, los ciegos, los sordos y mudos de tanta pasión desbordada. De tanta maldad que desnuda la piel y la expone a la intemperie, donde solo hay llanto de quienes viven la experiencia del familiar asesinado, del amigo que sobrevivió al asalto, al robo, pero quedó mutilado, minusválido para transitar en una sociedad de lobos, de “sálvese quien pueda”. Y también el llanto contenido de tanta impotencia, de ver cómo se van aquellos niños inocentes, jóvenes promesas y ancianos desvalidos, todos indefensos frente a la barbarie de una sociedad sangrienta, dura, irreverente y mal acostumbrada a la violencia y la maldad: material y espiritual, física y verbal. Esa violencia y maldad ocultas por años. Solo subrayo la primera responsabilidad que recae, una vez más, en el régimen que por estos años administra el Estado: su incapacidad e ineptitud para controlar la violencia a través del sistema judicial y educativo. Y por la otra, la familia venezolana: mal estructurada y en la actualidad, absolutamente banalizada y escandalosamente viviendo en una doble moral, que todo busca justificarlo por una modernidad mal entendida, permisiva y mediatizada. Hace algún tiempo publiqué un escrito sobre estos asuntos (http://papelesagua.blogspot.com/search?q=la+maldad+del+venezolano) Por mis afirmaciones recibí múltiples críticas, al igual que al hablar sobre las cárceles en Venezuela (http://www.prensaescrita.com/adiario.php?codigo=AME&pagina=http://www.eluniversal.com ) Pareciera que existe una sustancial parte de la sociedad que se niega a creer que estas escalofriantes, dantescas historias se vivan en la Venezuela actual. Apenas mencionaré lo ocurrido años atrás, como la masacre del barrio Kennedy, en 2005, la de los hermanos Fadhoul, o el dantesco caso del “niño de Guanare”, o la masacre de la hija del cónsul de Chile, en 2012. O apenas unos días atrás, la masacre de Las Calderas, donde más de 10 guardias nacionales masacraron a una indefensa familia, con cerca de 60 disparos, matando a la madre, su hija, mientras dos niñas quedaban en precarias condiciones físicas y psicológicas. O en San Félix, donde una joven debió presenciar cómo unos desalmados le arrancaban la cabeza a su hermano, de apenas 17 años. O la masacre de Mauroa, donde unos matones degollaron a dos niños y los enterraron en unas bolsas plásticas. O en Guacarapa, donde un menor de edad asesinó a dos niños y dejó herida a otra menor. O en Guarenas, donde otro menor recibió 14 disparos. Parte de este mal, este síndrome espiritual y psicológico tiene sus aristas, sus detalles. Sugiero lean en cualquier medio cibernético cómo se expresa la gran mayoría de quienes opinan, sobre cualquier tema, y se sorprenderán, además del descuido ortográfico (?) de la estructuración en su manifestación argumentativa. Se darán cuenta que existe una incapacidad para expresar ideas, para hilvanar un discurso escrito, por lo cual consideramos a esta, una sociedad lastimosamente descuidada en su desenvolvimiento psicolingüístico. Ahí mora (que vive, principia, vale) parte de esta violencia donde todos, absolutamente todos hemos encallado. Unos más otros menos, pero todos salpicados de esta maldad que es la violencia y sus múltiples manifestaciones. La maldad del venezolano hace ya varios años se desató y será muy difícil desterrar ese fantasma tenebroso de las calles. Ese mal anida en cada uno de nosotros, bien porque vivimos de él o bien por vivir en él, y nos acecha a cada momento. Unos duermen con ese monstruo, como el caso de Sinamaica, donde un joven mató a su cuñada a tubazos porque no le caía bien y se vengó porque lo botó de su casa. Muchas mujeres duermen con el enemigo, su propia pareja, bien porque las golpean, les violan a sus hijas, o porque llegan borrachos y les viene en gana violarlas porque simplemente es su mujer. O ella ejerce su violencia en los gritos, insultos y maldiciones. Y es también la educación, cuando el docente le exige una calculadora al bachiller si quiere pasar la materia. O la joven que calla mientras el profesor la extorsiona y disimuladamente le ofrece la tristemente “operación colchón” para que apruebe el año. La maldad y la violencia ocurren cuando la sociedad se hace permisiva e insensible, y el gobierno deviene régimen autoritario, inepto, corrupto y corruptor. (*) camilodeasis@hotmail.com / @camilodeasis

miércoles, agosto 07, 2019

Crímenes culturales




El reciente fallecimiento del artista Carlos Cruz Diez trae a mi memoria un triste y doloroso suceso ocurrido en 2005, con una de sus emblemáticas obras, el Muro Cromático, de 2 kilómetros de largo, que se exhibía en La Guaira, en plena avenida Soublette.
Hubo un alcalde quien, junto con un militar, presidente de la empresa Puertos del Litoral, mandarria en mano, un buen día se les ocurrió destruir la obra de arte para instalar un portón. Semejante acto es propio de los regímenes totalitarios que odian el arte y la cultura, y sobremanera, la inteligencia.
No solo ha sido este maltrato con el artista universal del cinetismo, también han ocurrido otros actos vandálicos contra estatuas, monumentos, pinturas, esculturas, publicaciones y hasta cierre de librerías y editoriales del Estado, como Monte Ávila y Biblioteca Ayacucho. Peor aún, el despojo y destrucción de todo el arte funerario nacional, en cementerios históricos, como el de Bella Vista en Barquisimeto o el General del Sur, en Caracas.
Porque en los últimos 5 años el avance de los crímenes contra la cultura ya no se realiza en la oscuridad ni de manera anónima. La perversidad y maldad del chavizmo-socialismo está abiertamente dirigido a todo acto que intente elevar su voz, tomando a la creación, el arte y la cultura como defensa de la libertad y dignidad del ser venezolano.
Creo que es momento para comenzar a denunciar al Estado venezolano y su régimen, como agentes criminales que cometen actos de terrorismo contra los bienes culturales, artistas e intelectuales.
Porque destruir una obra de arte es un crimen que debe ser investigado y sus autores sometidos a juicio y sentenciados, como lo dictan las leyes en toda sociedad que se llame civilizada.

   En la Venezuela del chavizmo-socialismo se han cometido crímenes culturales tan graves y descarados, como el derribo de las estatuas de Cristóbal Colón, en Mérida, Puerto La Cruz y Caracas, la mutilación de la estatua de Francisco de Miranda, en Maracaibo o el cierre sin mayores explicaciones, de la gran mayoría de librerías Del Sur, a quien el tristemente célebre ministro de cultura, Farruco Sesto, le cambió el nombre tan emblemático y ancestral, Kuai-Mare. Así también, los atropellos contra los bienes culturales religiosos en varias iglesias venezolanas. La mutilación del monumento a la batalla de Ayacucho, en el parque que lleva su nombre, en Barquisimeto.

   La quema de libros de varias bibliotecas públicas en ciudades, como Los Teques y Ciudad Bolívar. El despojo de colecciones de arte en varias instituciones, como las del Banco Central de Venezuela y el Museo de Arte Moderno de Caracas.

   Sea por desidia, por desconocimiento o porque sencillamente lo han permitido, el Estado venezolano y el régimen que detenta el poder, son directamente responsables de estos crímenes culturales. Este despojo debe verse como una afrenta contra la tradición y la memoria histórica y cultural de la república y los venezolanos.

   Claramente se observa una orientación a permitir que la identidad nacional sea lesionada, fracturada, para introducir nuevas imágenes que se identifiquen con el llamado modelo revolucionario. Porque no hay otra manera de entender semejante acto de barbarie que se viene cometiendo contra la cultura nacional, el arte y la literatura.

   No son simples actos vandálicos ni tampoco robos cometidos por traficantes de arte o mutiladores de oficio para comerciar metales, como el bronce. Es más que desidia, ineficiencia, descuido y descontrol en la protección de los bienes culturales de la república.


   Es un proceso de destrucción sistemática de la tradición cultural del ser venezolano. Borrar toda huella, todo símbolo y toda imagen que signifique progreso y civilidad. Como lo es, el cambio de nombre de una entidad federal, el tradicional y simbólico estado Vargas para llamarlo ahora, La Guaira. Curiosamente el único estado que rendía honor a uno de los prohombres, el Dr. José María Vargas, quien promovió con mayor vehemencia la educación cívica y la civilidad en Venezuela.

   Así como se han denunciado las torturas, asesinatos, la desnutrición y falta de alimentos y medicinas, la censura y persecución a los medios de comunicación, como delitos contra la humanidad. De igual manera y contundencia, deben denunciarse, con meticulosa investigación y documentación, la serie de crímenes cometidos por los agentes de la administración del Estado en el área cultural, quienes han estado al frente de estas instituciones.
Callar un crimen cultural es cobardía y sumisión.

(*) camilodeasis@hotmail.com TW @camilodeasis IG @camilodeasis1


sábado, septiembre 04, 2010

La maldad del venezolano


Cierto día desperté, como el resto de mi familia, alarmado por la noticia de una joven de origen árabe quien había asesinado a varias personas por el temor al castigo del padre, por haber comprado un gato sin su consentimiento. Esa noticia sacudió lo más íntimo de la fibra social del venezolano. Después supe que en los Andes venezolanos un hombre asesinaba a jóvenes mujeres para comerle los muslos y nalgas. Le llamaron por la prensa "el come gente". Como tantas historias de horror -monstruosas todas- se hizo común leer y escuchar noticias que revelaban gradualmente un rostro del venezolano que para muchos, resultaba inédito e irreconocible. Eso no era lo normal. Pero la realidad poco a poco nos fue dibujando la ruta al camino donde se encuentra ese lado oscuro, tenebroso, ruin y deleznable que también parece ser eso que forma parte de nuestra herencia cultural. Revisando parte de nuestra historia, en tiempos pasados se dieron esos y otros casos donde lo sanguinario, lo malsano y canallesco habita en el ser venezolano. En la llamada Emigración a Oriente, en 1814, cerca de Río Chico, una mujer que venía con el resto de quienes huían de la persecución de los realistas, agotada y con un recién nacido a cuestas, al verse sin recursos para alimentar a su hijo y con los pechos secos, optó por lanzarlo a un barranco. Mucho antes, en el siglo XVIII, el mismísimo padre de El Libertador, don Juan Vicente Bolívar, golpeó a una mujer casada porque ella ya no quería ser su amante. Este noble abusaba y violaba a niñas, de entre 9 y 12 años. En Ciudada Bolívar hubo un caso de amor filial que involucró a un cura. En fin, esos sucesos que han sido vistos como excepcionales ahora aparecen como cosa cotidiana. Ya no es el robo, la corrupción, el hurto, el arrebatón y el ultraje a la íntimidad del Otro-semejante. Ahora es lo común conocer sobre una forma de agresión donde se observa la tenebrosa manera de atentar contra el ciudadano, para robarle la vida y dejarlo "desollado". Pero qué ha ocurrido para que estas cosas estén sucediendo? La respuesta parece estar tanto en la Educación como en la Religión y en un sistema jurídico-policial permisivos. Los sistemas e instituciones que el Estado posee para el control social. Estos se encuentran en sus niveles más débiles de su penetración social. La Educación y Religión están estructurados para transmitir y fortalecer la tradición de una cultura, a través de sus creencias, valores y costumbres que forman la Moral, lo que mora, habita, vive en todo ser culturalmente formado. Ese proceso en nuestra sociedad se fracturó, se quebró hace más de 40 años y sus consecuencias las estamos sufriendo ahora. En modo alguno es responsabilidad absoluta del gobierno del Estado. Obviamente que tiene la primera responsabilidad. Es también, y básicamente, una responsabilidad individual, personal de quienes formamos parte de un colectivo. Uno de nuestros lados negativos y perniciosos es la "comodidad" de la clase media para asumir responsabilidades colectivas, para asumir compromisos y cumplirlos a tiempo. Nos complace que otros nos resuelvan los problemas. Nuestra arrogancia de modernos profesionales nos impide darnos cuenta que este país se ha construido con mucho esfuerzo, sangre y sudor de quienes ofrendaron hasta sus vidas por darnos seguridad, prosperidad y tranquilidad. Ahora que nos vemos en ese espejo monstruoso que nos recuerda lo que también somos, repudiamos y rechazamos esa realidad que también es parte de nuestro haber cultural e histórico. Esta experiencia tan dramática, tan espeluznante y sórdida debe ser reflexionada más allá de una contingencia política pasajera de elecciones parlamentarias. No se va a superar con un cambio de diputados ni con un nuevo alcalde ni gobernador ni presidente. Indudablemente que los cambios positivos ayudan. Pero será la adaptación de un sistema educativo fuerte, moderno, continuo, adecuado a nuestra experiencia cultural, con normas rigurosas junto con un sistema jurídico y policial absolutamente imparciales y sancionatorios, que establezcan la nueva visión de un modo de vida del ser venezolano donde se cultive lo más sublime de todo humano: la práctica de una religiosidad asumida desde la consciencia de saberse responsable de su destino cultural.

twitter@camilodeasis camilodeasis@juanguerrero.com.ve

viernes, marzo 30, 2012

Criminalidad



Por la época decembrina, hace ya algunos años, escuché una conversación entre una señora de servicio doméstico y una amiga. Hablaban de celebrar los días navideños. En un momento de la conversación la señora se quedó en silencio por breves momentos, luego agregó: -En la cuadra del barrio donde vivo la gente no va a celebrar la navidad porque en cada casa hay duelo. A quien no le mataron a un hijo, le mataron al marido o al sobrino o le violaron a la hija. En todas las casas hay luto y mucho dolor. Mi amiga hizo un gesto de asombro y enseguida cambió de conversación y le pidió que terminara el almuerzo.
La señora vivía en el barrio Brisas del Sur, en San Félix. Terminaban los angustiosos años ’90 y un nuevo siglo asomaba su rostro de incertidumbre. De ese tiempo a la actualidad han pasado poco más de 12 años, y la sociedad venezolana ha mostrado el lado más ruinoso y criminal de su alma.
La maldad del venezolano no parece tener límites y cada vez tiene más rasgos de sadismo e impunidad. Y esto es posible porque el criminal percibe que en la estructura del Estado los sistemas encargados de controlar la criminalidad son laxos y en la práctica no castigan al culpable.
Por ello pareciera una contradicción ver cómo en los medios de comunicación aparecen personas, quienes representan a Ong´s defendiendo, por ejemplo, los derechos humanos de los presos en las cárceles.
Ciertamente que como seres humanos que al fin y al cabo lo son, no es justo que cumplan sus penas en sitios antihumanos. Pero por qué no se anteponen a esos registros visuales la presencia de quienes padecen la tragedia de un familiar, de un amigo, de una cercana persona que ha sido asesinada o violada o secuestrada. Por qué no mostrar y darle primacía y mayor protagonismo a esos seres humanos a quienes les fueron arrebatados los cientos de miles de venezolanos asesinados o que están secuestrados.
Responsablemente afirmo que un violador de menores de edad o quien haya asesinado con premeditación, ventaja, alevosía y sadismo a una anciana, o que haya secuestrado, violado y mutilado a un ser humano, pueda ser regenerado por el sistema judicial y educativo venezolano. Eso es sencillamente un imposible. En esos casos como en otros, todos horrendos, se debe condenar a la persona a cadena perpetua y trabajos forzados.
Creo que se debe atender, tanto material como psicológicamente a los miles de anónimos venezolanos que sufren y quedaron mutilados o minusválidos por las balas o las secuelas espirituales por el drama de la violencia.
Sugiero que quienes en la actualidad permanecen en las cárceles y deben cumplir su sentencia, el gobierno del Estado los clasifique según el tipo de crimen cometido. Porque no es igual quien ha arrebatado una cartera y robado por hambre o usado sustancias psicotrópicas, a quien ha violado a un menor de edad o ha cometido un secuestro o ha cometido un hecho de corrupción.
El Estado venezolano debe diseñar un plan de trabajo “obligatorio y estricto” que permita el uso de la fuerza bruta de esos penados. Utilizar esos seres, por ejemplo, en la construcción y reparación de carreteras, en la instalación de vías ferroviarias, en la limpieza de calles y avenidas. En la limpieza de cañerías, en el desarrollo de campos agrícolas, en la construcción de viviendas, entre cientos de áreas donde los penados pueden desempeñarse y el Estado contar con mano de obra que no tiene por qué cancelar nada, salvo garantizarle sus derechos humanos, su alimentación y su salud.
En el pasado otras sociedades se desarrollaron a partir del uso de la mano de obra de estos condenados a prisión. Por el contrario, mientras se continúe manteniendo a estos seres en hacinamiento constante, sin planes de asistencia penitenciaria, será cada día más difícil la recuperación y reinserción plena de ellos como ciudadanos virtuosos y respetuosos de las leyes.
(*) camilodeasis@hotmail.com.ve / twitter@camilodeasis

miércoles, julio 29, 2020

El país ausente



Lecturas de papel

 

El país ausente

 

Juan Guerrero (*) 

 

 Es difícil escribir sobre un país en ruinas. Se decía en años recientes que de no existir acuerdos entre el liderazgo nacional íbamos a negociar sobre los cadáveres de cientos de miles de venezolanos. Pues bien, después de tanto esquivar/engañar la realidad acá finalmente nos encontramos: entre el basural de un país que en la práctica no existe y que mucho menos, resulta el mejor país del mundo.

 

  No lo es porque en un país normal, su gente no huye despavorida a refugiarse en otras naciones. Tampoco es un país normal, porque poco más del 94% de su población se encuentra en situación de pobreza. En un país normal no queman bibliotecas universitarias ni asaltan y desvalijan sus instalaciones, laboratorios ni roban su mobiliario. En un país normal el personal jubilado no obtiene un sueldo mensual de menos de 2 dólares.

 

En un país normal funcionan los servicios públicos todos los días del año, las 24 horas. En un país normal, los espacios públicos, sus monumentos artísticos y naturales son preservados porque forman parte del acervo cultural de todos. 

 

  Pero Venezuela ya no es un país, es un territorio en la práctica sometido al saqueo de sus tierras. Poco más de 11 mil kilómetros cuadrados del territorio están bajo una salvaje y cruel deforestación buscando oro y minerales estratégicos. Consecuencia de ello es la contaminación por mercurio de la cuenca hidrográfica de gran parte de los principales ríos de la Guayana, donde el río Caroní es la principal fuente de agua dulce para una población superior a los 3 millones de habitantes.

 

  Venezuela, hoy, es el peor país del mundo para vivir, para visitar, para hacer turismo o para establecer alianzas gubernamentales con instituciones solventes y países democráticos. Esto duele escribirlo, pero es la realidad. Y de ello su población debe tomar consciencia. Porque no tiene sentido seguir engañándonos haciendo falsas afirmaciones para banalizar a un régimen que ha terminado por controlar total y absolutamente a su población, acorralada, enferma, hambrienta, humillada, vejada, llena de incertidumbre yperseguida.

 

 Hoy, la población que se vio en la necesidad de migrar para sobrevivir mantiene una idea del país de hace 5-10 años atrás. Ese venezolano de sonrisa amplia, de puertas abiertas y de fácil trato, ya no existe. Quedó como una fotografía congelada en el tiempo. Lo que existe es una población (lo dicen las estadísticas), enferma, pobre, profundamente deprimida (esta es la población donde se registra la mayor cantidad de suicidios en América Latina y el Caribe). 

 

  No, Venezuela no es el mejor país del mundo. No puede serlo porque la población infantil está en emergencia por desnutrición severa en un porcentaje demasiado alto. No puede ser un país, porque en un país normal, los ciudadanos confían en sus autoridades militares y policiales. Acá, los pobladores de este territorio temen a los cuerpos de seguridad, se refugian en sus casas cuando ven pasar un vehículo militar-policial. Tiemblan cuando deben salir después de las 6 de la tarde por alguna emergencia, porque saben que muy probablemente se encontrarán con grupos paramilitares, sea de los llamados Colectivos o comandos del crimen organizado, bandas armadas del narcotráfico o células de las guerrillas.

 

Nadie en su sano juicio puede hoy afirmar y defender la noción de Venezuela como un país, como una nación y menos como una república. Eso en la práctica no existe. La lógica indica que en un país normal al presidente no le buscan para detenerlo y por su captura ofrecen 15 millones de dólares. O que al presidente del Tribunal Supremo de Justicia lo buscan para juzgarlo por delitos y ofrezcan 5 millones de dólares. 

 

  Este territorio llamado Venezuela está, en la práctica, sub dividido en zonas de influencia extranjera. No existen ciudadanos ni ciudadanía. En la práctica somos pobladores, pisatarios que en cualquier momento podemos ser desalojados hasta de nuestras propias viviendas. La fuerza bruta, bélica, impera en todas partes. El día a día está regido por la violencia verbal, gestual. Una población sometida, lanzada a “devorarse entre ella” para sobrevivir. Los ejemplos se observan en las largas, extenuantes colas para surtir combustible, adquirir alimentos, obtener gas doméstico, subirse a un transporte público, lograr algunos litros de agua potable, entre un largo etcétera.

 

  Donde usted fije su mirada verá la ruina, la desolación, el descuido, la mugre y el mal olor. La proliferación de moscas, zancudos, ratas y ratones es parte de la cotidianidad, de la conversación vecinal. Hay un tufo ambiental continuo que degrada la condición humana. El tradicional olor a perfume francés se evaporó. Este habitante tiene otro olor, se desplaza con otros modales y su habla es otra. Peor aún, la mirada contenida encierra su desesperación. 

 

  Pocos mantenemos un país acurrucado en nuestros recuerdos, prolijo y aquietado en nuestro corazón. Pero sabemos que es una falsedad. La ruina material de los grupos de poder del régimen, avanzan y trituran todo lo que tocan. Parques, plazas, museos, hospitales, cementerios, playas, bosques, avenidas, sistemas de transporte: aéreo, fluvial, marítimo. Empresas, industrias, partidos políticos, oficinas públicas, comunicaciones.

 

  Consecuencia de ello son estos resultados que indicamos. No, no puede existir ni un país ni una ciudadanía medianamente normales. Los buenos no son más sino menos. Escasean las almas nobles, son raras y por eso se resaltan por las redes sociales cuando llegan donaciones o alguien logra salvar una vida. Lo normal en Venezuela es la anormalidad, la injusticia y un tipo de población rapaz, depredadora, capaz de pasar por encima de cualquiera para sobrevivir. Esa es la realidad. Hay una maldad que se evidencia en un tipo de venezolano que no tiene remordimientos, ni pasado ni futuro. Es banal, acomodaticio, mentiroso, depravado, inmoral, que vive al día sin importarle nada más que su interés individual. 

  Venezuela, hoy, es un territorio inhóspito, sórdido, donde impera la barbarie, sin ningún rumbo formal. Sólo buscar alimentos, medicinas y acumular agua para llegar vivo al siguiente día. Es casi un imposible creer en algo o en alguien. En estas condiciones, cualquier solución real, palpable, por insólita que parezca, sería bienvenida.

 

(*)  camilodeasis@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1


jueves, febrero 01, 2018

Cultura y maldad

Alguna vez, mientras veía una película de la era nazi, escuché a uno de los personajes, creo era judío, quien se quejaba ante su verdugo alemán, e increpándole con dolor, le decía: -¿Cómo es posible que siendo ustedes alemanes y teniendo grandes pensadores, como Göethe, hayan desencadenado esta matanza en los campos de concentración? A lo que el soldado alemán, responde: -Ciertamente, para eso y más sirve nuestra cultura. Por eso somos superiores. Palabras más o menos eso resume parte del drama de las sociedades cuando la moral y la ética llegan a los mismos bordes de la degradación humana. Viene esto a colación pues termino de ver la entrevista que le realizó el periodista Jaime Bayly al editor Rafael Poleo. Entre ambos se formó tremendo escándalo porque Poleo calificó a Jorge Rodríguez, miembro de la “nomenclatura roja” como el hombre “más culto del régimen chavizta” ( https://www.youtube.com/watch?v=KTte6c2KC_w ) Obviamente, para ser honestos, no creo que Rodríguez sea el “más” entre los más cultos. Antes hubo mentores, como Uslar Pietri o Mayz Vallenilla o Pedro Duno, quienes tendrían más cultura que el ministro de información venezolano. Después habría que mencionar a Juan Barreto, doctor en semiótica y quien orientó las sutiles miradas, sonrisas y colores de Hugo Chávez. Pero Jorge Rodríguez, ciertamente, tiene lo suyo. En estricto sentido, Rodríguez es un intelectual. Al igual que el ex embajador de Venezuela en Italia, Isaís Rodríguez o Tarek William Saab, “el poeta de la revolución”. Habría que agregar también, a Luis Alberto Crespo, embajador de Venezuela en la Unesco. Jorge Rodríguez, para echar más leña al fuego, obtuvo su primer lugar en el Premio Anual del concurso de cuentos del diario El Nacional, con su obra Dime cuántos ríos son hechos de tus lágrimas, de 1998. Y como profesional de la medicina, tiene una especialidad en psiquiatría. Igualmente, ha sido docente universitario y jefe de residentes en varios hospitales venezolanos. En esto de culto creo que Poleo tiene razón. Indudablemente habría que revisar la historia venezolana y decir, por ejemplo, que Pedro Estrada, el jefe de la policía política del dictador Pérez Jiménez, la temible y terrorífica Seguridad Nacional, también era una persona decente, bien hablada, culta y mejor trajeada. Considerado como uno de los mejores policías del mundo, quien fue asesor de la policía francesa, y hasta escribió sus memorias. Pero, indudablemente, tenemos que ser honestos e indicar que la frase “Jorge Rodríguez es un hombre culto” en el ámbito donde se realizaba la entrevista, no fue lo más feliz. Se veía fuera de contexto, si aplicamos aquello del análisis del discurso o “a buen entendedor pocas palabras”. Y en ello, Jaime Bayly tiene razón. No venía al momento usar semejante frase en medio de una discusión, que, remite a contextos poco cultos, como el drama de la sociedad venezolana. Considero, sin embargo, que bien podría tomarse esta frase para analizarla y darnos cuenta hasta dónde han llegado los cultos, académicos, artistas e intelectuales venezolanos en esto de estarse a las orillas del régimen totalitario de Nicolás Maduro, y no usar su pluma para decir “esta boca es mía”. Porque, además de los nombrados, existen una serie de personajes quienes tienen sus cabezas metidas en los hoyos para pasar desapercibidos sin que los nombren. Hay mucho “culto” por ahí, desde las tascas del este de Caracas, el barrio latino de París, la vía Veneto en Roma, hasta Piccadily Circus, en Londres o el Moma de Nueva York. Otros, de menor pedigrí, han montado areperas o se han dedicado a la venta de rubros, como ropa, calzado y perfumes. Aquellos como a estos les apesta ahora Venezuela. Nicolás les parece aburrido, regordete y bobalicón. Lo desprecian al igual que a los “rodilla en tierra” (léase, antiguos “pata en el suelo”). Jaime Bayly tiene razón y yo me uno a él. Y en general creo que ciertos políticos opositores tienen el cerebro marchito o al menos, edulcorado de promesas y manjares. Además, hay mucha sangre consanguínea entre algunos políticos que impide ver la espantosa realidad de un país que se desangra, hora a hora, y muere de desnutrición, de infecciones, y que está enloqueciendo de tanta miseria y desesperación. Sí, Jaime Bayly, existen intelectuales canallas, hipócritas, defensores a ultranza de la barbarie venezolana. Ese silencio los hace cómplices, por acción u omisión, de esta tragedia del horror, de la diáspora de 4 millones de almas que vagan por el mundo en busca de un mejor porvenir. Y quienes quedamos aun viviendo en este cuero seco llamado Venezuela, agradecemos la solidaridad de quienes alzan su voz por nuestra tragedia. Nunca las buenas palabras pueden servir para elogiar a un monstruo, por muy culto que sea, cuando éste demuestra con su actitud la maldad y el sadismo contra la humanidad. (*) camilodeasis@hotmail.com TW @camilodeasis IG @camilodeasis1