domingo, noviembre 19, 2006

El río, esa presencia telúrica





Mirar el río hecho de tiempo y agua
Y recordar que el tiempo es otro río,
Saber que nos perdemos como el río
Y que los rostros pasan como el agua.
Jorge Luis Borges. Arte poética.


Como el río, la ciudad nos cubre con una sutil piel acuosa. De madrugada la ciudad se impregna con un manto de rocío. He vivido en este lugar de aguas muchos años y siempre la mirada regresa a la primera vez, cuando en la distancia avisté esas dos presencias: Orinoco y Caroní. También llevo en mi mirada los amaneceres en los caños del Orinoco, entre aguas quietas y siluetas de toninas con sus amorosos silbidos. Así también los atardeceres frente al Caroní, cuando las nubes enormes se amontonan sobre la dulce agua para cubrirla a la hora del ángelus.
La piel de esta tierra está impregnada por ambos ríos. El Orinoco es una inmensa línea de agua dulce que arrastra una antigua memoria. Esa ancestral y telúrica emoción donde todo ser que lo habita se sabe dueño de un secreto.
La ciudad es un espacio de dos aguas que la rodean y la hacen aparecer imponente y altiva. Así es su destino; anchuroso y majestuoso. Es como sus ríos, de cuerpos que a cada instante cambian. Infinitos rostros la pueblan.
La del Orinoco es un agua que viene del fondo de la selva. Desde el cerro La Neblina nace quien alguna vez depositó sus aguas en los bordes mismos de Urumaco, allá cerca de la península de los médanos; arenas que vienen del norte de África. Por eso el Orinoco ha vertido sus barrosas aguas sobre casi todo este espacio. Y de esa arcilla las manos antiguas fueron modelando el rostro de su gente, tan semejante a sus orillas. Sobre esta tierra reposan las gotas, los rocíos y las ondulaciones acuosas de esta memoria telúrica llamada ahora Orinoco.
Pero el agua del Caroní es diferente. Es más imperceptible y fantástica. Caen sus aguas del propio cielo. Aguas que en su bajada mineralizan y abrillantan la fresca piel guayanesa. Así de fuerte es esta presencia áurea y diamantífera que energiza la ciudad y la hace vital en su esplendorosa noche que compite con la luz enceguecedora del día.
Amo la ciudad doble en sus silencios, desde sus esquinas, en las calles anchas de Puerto Ordaz o en las angostas y torcidas callejuelas de San Félix. Amo mi ciudad doble en las frentes de sus hombres y mujeres que la pueblan. En los sudores del mediodía. Cuando refresca la tarde. En las madrugadas cuando los jóvenes la asaltan, entre cervezas, cigarros y música estridente. Es mi ciudad. Es mi ombligo del mundo. Es mi ventana mística donde encuentro las respuestas a lo que fui, soy y seré.
Este sitio, este lugar del mundo es quizá el único que tiene no una sino dos memorias citadinas que se acoplan y coexisten en su diversidad. Como sus dos ríos, San Félix y Puerto Ordaz reflejan a la vez la pureza y el lado pútrido de su misma esencia. Y en modo alguno es contradictorio. Es más bien la expresión de una dinámica de vida donde afloran las pasiones en su asombro constante de existencia: monjas y putas se confiesan en su íntima relación con los ríos. La ciudad doble es abierta y a la vez secreta. Mantiene siempre una duplicidad en todo. Es un espacio sagrado y constantemente profanado por aventureros, mercaderes del vicio, religiosos que dicen haber llegado al paraíso, académicos que concretan saberes en las enormes catedrales que vierten humo y olores, o damas y caballeros que de día se enserian en sus cargos ejecutivos y de noche confiesan sus penas en casinos, clubes y prostíbulos. Pero también los dos ríos purifican constantemente odios y rencores, tristezas y melancolías. Toda agua, todo líquido y toda forma acuosa que se aloja en la carne y en la sangre guayanesa, vienen de esos ríos y a ellos regresan. Por eso la humedad que se siente en la ciudad está impregnada de sensualidad, de erotismo que se hace carne y despierta pasiones. Las mujeres y hombres que habitamos la capital del sur de esta expresión geográfica llamada ahora Venezuela somos seres vitales, acostumbrados a vivir el tiempo acompasado por las olas de los ríos. Es siempre un mismo y cambiante tiempo; como sus ríos, que siempre están pero que siempre pasan.

mañana del diez de enero de dos mil seis.

miércoles, noviembre 01, 2006

toribio



Le recuerdo siempre sentado a un lado del patio de la casa, con su índice derecho colocado a la altura de la boca. Pensativo. Mirando a la distancia. Debajo de un improvisado techo, al lado del limonero. Flacos ambos; tanto él como el enclenque árbol. Hombre de alpargatas y sombrero de ala corta. Nunca abandonó su sombrero. Desde el amanecer hasta que se iba a dormir, se le veía con su indumentaria de campesino. Camisa manga larga que a veces anudaba a la cintura. Hablo hoy de ti, Toribio Viterbo. Nombre único y esplendorosamente antiguo, como el adagio en sol menor de Albinoni, que escucho ahora y que cierta vez te mostré y tanto te agradó. Venido de los lados de un pueblo también viejo y casi mágico. De El Palmar donde el casabe es pan de mesa. Donde los primeros vehículos a motor, como me contaste cierta vez, asustaron a medio pueblo. “Era, don Juan –como me llamabas, cosa del diablo. Era negro y echaba humo por el frente. Yo tenía como 15 años. Lo vi venir por la calle arenosa del pueblo. Mire que acaté sólo a tirarme a un lao cuando pasó por el frente. Me santigüé por aquello del fin del mundo.” Pero Toribio casi no hablaba. Tampoco fue un hombre de hacer muchos ruidos a su alrededor. Era silencioso. Más bien taciturno. Pasaba ratos casi sin moverse. Como rígida estatua que se confundía con el limonero. Parecían dos árboles viejos. Secos ambos. No sé quién secó a quién. Lo cierto es que eran el uno para el otro. Se hablaban. Muchas tardes le escuchaba conversar con su arbolito de limón. Por las tardes también venía adentro de la casa mientras cargaba entre las manos un viejo periódico. Lo leía y releía. Ya cuando no lo podía leer más, entonces lo dejaba y buscaba otro. Más viejo o más nuevo. Más de una vez nos sorprendió con noticias que para él eran delicadas. Casi todas ya habían pasado hacía meses o semanas. Pero Toribio se sorprendía al saberlas. Quizá sea por ello que en sus pensamientos y cavilaciones, un buen día se decidió a escuchar la radio. Tenía uno pequeñito donde escuchaba las emisoras locales. Por las tardes, casi ya en la noche, se dedicaba a escuchar las noticias del día. Eran de su interés y muy silenciosamente ponía atención al locutor mientras miraba a lo lejos. Su silencio era la marca esencial de su elegante discurso. Esa habla de campesino señorial que marca y alarga sus vocales. Casi nunca decía nada. Hablaba desde el silencio. Podía pasar horas de horas callado y sentado en su sillita. Sobre un espacio encementado. Cuando hacía demasiado calor, se iba al cuarto a bañarse y después echaba agua al limonero y al poco de tierra que estaba cerca de él. Las veces que salía de la casa, cambiaba sus chancletas por alpargatas. Fue de los últimos hombres que he conocido que siempre calzó alpargatas cuando salía, contadas veces, y jamás abandonó su sombrero. De él aprendí a valorar aún más los momentos de silencio y la simplicidad de las cosas. Para vivir no se necesitan muchas ni grandes cosas. Apenas la vida. También el silencio. Un árbol, aunque sea de los pequeños, pero árbol al fin. Un sombrerito. Un par de alpargatas. Lo demás son ganancias que en este mundo tenemos, como contemplar los azulejos que llegaban por las mañanas y a partir de las cinco de la tarde. Como leer viejos periódicos y escuchar. Porque Toribio escuchaba mucho. Siempre atento aunque parecía que estaba ido. Como con sus pensamientos volando más allá de las nubes, en las calurosas tardes de esta nuestra ciudad de momentos que semejan otras memorias. También sorprenderse de la vida y sus encantos.
Ahora Toribio se volvió puro silencio y recuerdos. Mi flaco amigo se estará más callado que de costumbre. Ya no le hago más su sopa de los domingos. Pero también el limonero se quedó solo y quién sabe si habrá alguien que de vez en cuando le eche una agüita.

domingo, septiembre 24, 2006

maniobras para un suicidio




Quiero dormir cansado
y no despertar jamás.
Quiero dormir eternamente


porque estoy enamorado
y ese amor no me comprende.
Manuel Alejandro. C/ Vicente Fernández.


Jackson Pollock no fue tanto un pintor de puntos y trazos discontinuos en su desenfrenada alucinación del color que extendía más allá del cuerpo. Fue, secretamente, como Van Gogh, un adelantado del lenguaje a partir de la expresión del sentimiento. Por ello el lenguaje convencional les quedaba limitado y decadente. El sentimiento y los bordes de las emociones, como el espacio silente, no pueden declararse con este nuestro lenguaje tan lleno de convencionalismos y normativos. Los girasoles del pintor holandés lo mismo que los puntos en la aparente irregularidad del trazo en Pollock, o la búsqueda del blanco absoluto en el pintor de Macuto, Armando Reverón, pueden emparentarse con ese lenguaje que ronda los límites mismos de lo extremo. Es allí donde está el mismo ser de las palabras. Eso íntimo y que es parte del silencio, de esa caída hacia adentro y de donde nadie regresa. La danza de lo extremo entonces se hace evidente allí donde ya las palabras se agotan, se angostan y entonces entramos en la ruta de la desesperanza. Esos lugares donde se entra a pura piel y nervios. Como cuerpos a la intemperie de la vida.
Hace ya muchos años fue escrito un Manuel para suicidas. En su momento escandalizó a los franceses. No recuerdo ya su autor. Lo que sí preciso es la intencionalidad de buscar, más que recursos concretos para el acabamiento de la vida, aquellos aspectos donde el suicidio no es, como muchos creen, un acto de cobardía ni menos huida de la realidad. Es, todo lo contrario, una plena y lúcida actitud de responsabilidad individual ante tanto alejamiento de lenguaje que nombre estos sentimientos que nos rondan y nos laceran en lo hondo, tan cerca del alma. Acaso por eso Steiner, en su ensayo sobre El abandono de la palabra, nos dice que el lenguaje y la palabra ya están desgastados. Diríamos demasiado manoseados. Ante semejante desierto de analfabetismo, sea quizá esto la entrada al mundo de las imágenes puras y simples, del símbolo multívoco y lleno de incertidumbre. Cuando las palabras se agotan y enflaquecen, el silencio salta como serpiente que enrosca el cuerpo y tritura nuestra garganta hasta cerrarla. Es un mundo habitado ahora por sombras de un lenguaje que en nada representa la riqueza idiomática que un día ocupó. Ya las palabras no emocionan a nadie. No deslumbran. Ya las vocales perdieron todo encanto. La palabra madre nos dejó huérfanos. Y aquella que denotaba patria nos dejó en el puro destierro. La lectura de un cuento, de un ensayo o de un solitario poema ha quedado para ser apreciada en salones cerrados, casi crípticos, donde compartimos la emoción de escucharlas, junto con las polillas, los sonidos de celulares y los bostezos de quienes acuden a ver fósiles que palabrean.
Ahora cuando escribo esto siento esa lejana luz que cada momento se hace más pequeña. Y no sé si serán las palabras que se han ido, se han ocultado porque ya no pueden seguir representando ese papel donde la excesiva discursividad, llena de neologismos con su secuencia de impredecibles significados que la relativizan, está cansada y terriblemente opacada por los reflectores de la banalidad de frases pre-construidas e imágenes continuas en los medios comunicativos; lo que nos lleva a intentar esas maniobras suicidas donde es el cuerpo vivo, silencioso, que se prepara para saltar al otro lado, donde se está quizá más pleno. Hoy no es suficiente con tener conciencia de la vida y lo que ella expresa a través de su desgaste, las palabras; también es necesario para existir tener conciencia de la muerte, más como continuación de lo primero y como posibilidad de un nuevo sendero que exprese en palabras, ese mundo donde entramos de puntillas y donde sólo percibimos a través de la piel y la sangre, un oculto lenguaje que no puede ser traducido en palabras. Por eso maniobramos continuamente en la incertidumbre y el suicidio, encerrados en el espacio-tiempo de un modo de decir las cosas donde acaso la mirada, la nostalgia, los olores y los recuerdos, nos acercan orillas de un mundo más pleno e íntimo, más certero. Ya no hay más plenitud para seguir expresando el sentimiento amoroso con la misma palabra amor.

viernes, julio 28, 2006

VIVENCIA DE DIOS



Experimentar el abandono de Dios desde la infancia es sentir la caída y fusión en un todo que inevitablemente mostrará nuestro vacío interior.
Aherrojados como hemos sido, buscamos un punto donde asirnos; esa torpe y humana condición del temor a Dios. Y si el protagonista viene a ser una mujer, la experiencia que vive del abandono de Dios será mayor, considerada ella –en los textos sagrados- como un ser “hecho de masa informe e impura”.
La vida de Lou Andreas Salomé –Rusia, 1861-Alemania, 1937- se inserta en esa temprana vivencia del ser humano por lo sagrado y profano, Dios-Demonio. Su vida y su obra están dirigidas a la búsqueda de una condición humana que permita la visión “andrógina” de Dios, situación que en un momento le llevó al más puro ateísmo y a la reafirmación de la libertad de la mujer como ser pensante y transformador de una realidad.
Su íntima amistad con Friedrich Nietzsche y Paul Rée, filósofos que vislumbraron en sus obras los inicios de lo que más tarde se conocería como el psicoanálisis. Sus amores con el poeta Rainer María Rilke, su ferviente amistad y devoción por el doctor Sigmund Freud, y el respeto por su marido, el profesor de lenguas orientales Carl Andreas, permitieron a Lou Salomé situarse en el más avanzado pensamiento humanista de la Europa de finales del siglo XIX. La visión que ella tiene del mundo, del hombre y de Dios –un Dios construido con las cenizas dejadas por la experiencia de la infancia y el pensamiento de Nietzsche- van a iluminar a la “intelligentzia” europea, algunas veces de manera irrespetuosa, otras a partir de su lucidez y rigor analítico como adelantada en las sesiones de terapia psicoanalítica, en los círculos intelectuales de Viena o Berlín, frecuentando las tertulias junto a Carl Gustav Jung y Adler, discípulos de Freud, o en los conciertos ofrecidos por el genial compositor Richard Wagner.
La obra de Lou Andreas Salomé es la pasión de un ser humano por la vida y su religiosa dedicación al amor y la amistad como energías vitales directamente ligadas a la idea de un Dios profundamente humano y accesible al pensamiento y acción del hombre. Tal vez es esa idea grecorromana del dios que participa de la vida del hombre: que va al hogar, a lo pueril e intrascendente, que comparte la mesa y el mendrugo de pan, los juegos, amores y la soledad. Así concibe Salomé a su Dios, construido desde una infancia de imágenes contradictorias sobre la divinidad, a veces falsa en otras cruel.
Su juventud, que transcurrió en San Petersburgo, estuvo marcada por la obsesión de dos sacerdotes –Hermann Dalton y Hendrich Gillot- que le llevan a un alejamiento de la idea de un dios construido a imagen del hombre. Renuncia a ese dios hipócrita y obsesionado por la maldad y crueldad.
La vida de Lou Andreas Salomé es la pasión de un ser humano por la libertad de pensamiento, la visión-pasión por un Dios y un mundo ligados íntimamente a la realidad del hombre y su forma de actuar en la sociedad.










































jueves, julio 27, 2006

DAS TESTAMENT





me impulsa el deseo de seguir una vida
plena, una vida que esté llena de regocijos
espirituales...una vida que me diferencie
hasta de mis antepasados.
Bárbara Lezama. Carta a la madre.


Releyendo el libro póstumo de Rilke, El Testamento, descubro que escribí al margen de una de las páginas, apenas dos líneas “La errancia es el estigma de lo humano”. Ahora cuando medito sobre ello me doy cuenta que estoy en lo cierto. Siempre andamos vagando por la vida buscando “algo” que nos ancle, que nos permita deslizar nuestra raicidad al fondo de la vida. En esta obra el poeta de las elegías duinesas contrapone su propia vida humana, de hombre solitario, a la del creador. Esa contradicción la llevará hasta el final de su vida. El Testamento son anotaciones, especie de un diario construido mientras paralelamente va creando su más anhelada obra, Las Elegías. Ese canto a la vida desde la mirada del ángel. Al margen quedan sus notas donde la serenidad alcanza parte de un discurso que se inicia como introducción dirigida a un lector ficticio, tal vez él mismo. Un decirse, contarse a sí mismo la vida. Luego viene el tránsito por la incertidumbre creada por la Guerra del año 14. Ecos en la lejanía de un espacio-tiempo ajeno al poeta pero al mismo tiempo que le duele, lacera su vida y su entorno. Allí aparece esa lucha, esa contradicción entre creación y destino humano. Servir para un fracaso como hombre en la majestuosidad de la creación, tal ha sido la obra de Rilke. Sin embargo el poeta se ve arrastrado por el destino a participar de esa confrontación ajena. Participa como un niño que debe realizar una tarea que no le agrada, pero que de todas maneras cumple por ser impuesta. Aparta, como bien lo declara, su juguete más preciado, su obra poética, mientras realiza su labor de hombre sometido a las pasiones de un destino donde otros hombres se destrozan los cuerpos y almas. Regresa al final de la Guerra a su creación. Va de ciudad en ciudad, mientras contempla la Europa destruida por la maldad y la insanía del Poder. La miseria, la soledad y la melancolía marcan la huella humana en Rilke. Es huésped en castillos y casas señoriales. Y en todas ellas va prefigurando el rostro de una vida, la del Hombre, que progresivamente se diluye en su tránsito por una errancia que nunca termina. Ese diluirse se deja claramente intuir cuando describe la impresión que le dejó la obra Madonna de Lucca, del pintor Jan van Eyck. Describiendo el cuadro el poeta afirma: “de pronto, me vino a la conciencia que, durante todo el tiempo, había pensado: ¿A dónde? ¿A dónde? ¿A dónde, hacia la libertad? ¿A dónde, hacia el sosiego de la propia existencia? ¿A dónde, hacia la inocencia, de la que uno no puede prescindir por mucho tiempo? Llegué a mí mismo, atento, incluso con tensión, como si de pronto una reflexión nacida muy adentro se lanzase hacia el exterior, me hundí en la hoja recién abierta ante mí. Era la llamada “Madonna de Lucca” que ofrece el delicioso pecho, encantadora, envuelto en su rojo manto. (...) Y de repente deseé, deseé, oh, deseé con todo el fervor de que mi corazón era capaz, deseé ser, no una de las dos pequeñas manzanas –del cuadro- no una de esas manzanas pintadas en el alféizar pintado: eso era algo que me parecía excesivo...No: deseé ser la sombra dulce y minúscula, la sombra insignificante de una de esas manzanas...este fue el deseo en el que toda mi esencia se contuvo. Y cual si fuera posible que se cumpliese mi deseo, o como si ya con este simple deseo se me ofreciese una comprensión milagrosamente cierta, acudieron a mis ojos lágrimas de gratitud.”
La poética en Rilke es un estarse en la quietud del alma. Volverse absolutamente transparente en la realidad de una vida que se siente y participa mientras se olvida todo dolor y toda angustia de lo cotidiano. Trasciende desde esa misma soledad y esa misma miseria humana: como la guerra, la maldad y el apego a lo fatuo, para instalarse en la alegría de la más pura y exquisita plenitud del gozo por la existencia. Eso que colma desde la lejanía interior: el majestuoso amor por la amada ausente. La inalcanzable realidad femenina nunca satisfecha y que siempre deja su sombra, su huella en el andar de los días. De ello Rilke sentencia: “Lo que empuja a aquellos hombres a su marcha errante, a la estepa, al desierto...es la sensación de que a su muerte no le complace la casa en que vivían; de que no tiene sitio en ella.” Alguna vez, cuando el hombre vuelva su corazón y su ser al “ars poética”, la vida será más digna, más plena, amorosa y ardorosamente como “llama de amor viva”.

viernes, julio 14, 2006

ESCRIBIR SOBRE UN LIBRO DE ORO


Lo más globalizado que puede existir en esta vida es la lectura y con ella, el libro. Como el amor, la vida y la muerte, el libro aparece como objeto universalmente contenido en todos los pueblos. Antes se los usaba para actos trascendentes, como los hechizos, las maldiciones, la transmigración de las almas o para servir de escudo ante la arremetida de los bárbaros. Sobre esto último quisiera ahondar un poco. En la Venecia de finales del seiscientos, Alessandro Marcello, ese exquisito músico de los cantos celestiales con el oboe, describe en su soledad la gran pasión que le producía contemplar la laguna y el Gran Canal de su adorada y Serenísima Venecia, después de leer un libro. Y es que la lectura actúa como escudo ante la permanente arremetida de los bárbaros y la barbarie, llamada ahora mal gusto. Porque de mal gusto está hecho el mundo. Por eso existen los libros, entre otras cosas, para conjurar tanta banalidad, trivialidad. Ellos se desprenden de la misma sabia del árbol cósmico o axel mundi. Liber, corteza de árbol, fue el soporte que usó el hombre para pasar de la liber menti u oralidad a una más amplia memoria, como lo es el libro: sea este inicialmente escrito en piedra, arcilla, papiro o en plástico u hologramas de la era actual. Así las cosas, el libro siempre ha sido un aliado nuestro en la defensa contra los bárbaros, esos seres ajenos, extraños, extranjeros que merodean a nuestro alrededor y constantemente nos intimidan, nos acechan y buscan destruir el vínculo original entre nosotros y lo más íntimo que tenemos: el lenguaje hecho texto. Por eso los libros se deben sentir. Al abrirlos se nos abre a la vez un mundo donde el Otro nos revela su intimidad. Esa aproximación, ese rozarse las puntas de los dedos implica una manera de comunicarnos desde el ser que subyace en cada uno: y es la monologización, más que el diálogo, lo que permite, a través del silencio activo de la lectura, alcanzar la plenitud de penetrar los espacios donde un autor nos habla y nos revela otros mundos, otros universos, siempre en estructuras metafóricas, lo que antecede a lo más trascendente, esa oculta permanencia donde lo barbárico no tiene asidero ni se practica la miseria de la mezquindad de las lecturas triviales, enajenantes y que mutilan el alma. Por eso también se hace imprescindible regresar a las primeras lecturas y al primer libro que todos hemos de alguna manera leído: el libro de la vida; sus contornos, sus bordes, sus olores, sabores, sonidos y colores, junto con las formas infinitas que paulatinamente hemos incorporado a nuestra experiencia lectora. Es la vida misma y el mundo el libro más intenso que leemos todos. Esos códigos son la esencia que posteriormente nos posibilita adentrarnos en las particularidades de los libros que encontramos en la ruta de nuestra andanza vital y que ya no nos permiten ser iguales al semejante ni menos bárbaros. Recuerdo mis primeros libros y también donde estaban. En la Venezuela de inicios de los años sesenta, cuando las persecuciones políticas arrasaban cuanto hogar se decía de avanzada, la policía política de aquellos años llegaba a mi casa pasadas siempre la medianoche y entre empujones a mis padres e insultos a mis hermanas, nos interrogaban para que entregáramos a mis dos hermanos que estaban militando en grupos subversivos. Luego venía la requisa junto con las torpezas mientras destrozaban nuestros muebles y los bienes más preciados: los libros. Así, entre lágrimas de un niño de apenas siete años, ví como se llevaban mi libro marrón donde estaban las historias de la cucarachita Martínez y el ratón Pérez, también los libros sobre filosofía y hasta fotografías, libros de arte, de cocina y la misma Biblia. Por eso, antes que llegaran esos bárbaros, pues nos íbamos al patio y hacíamos huecos para después enterrar, en bolsas de plástico, nuestros libros. Después que los bárbaros se iban, por la mañana me dedicaba a desenterrar los libros. Así conocí a Kafka, a Rilke, el bello título Así se templó el acero, El Principito, La Madre, de Gorki. Los limpiaba con cuidado y reverencia. Y también los leía con avidez, en mi ingenuidad por creer que eran amigos de mis hermanos y también clandestinos como ellos. Por eso cuando leo un libro en mí se despierta una íntima gratitud de existencia, un agradecimiento por la compañía que dieron a mi niñez, y por acompañarme también en mis silencios. Leer libros es la experiencia más globalizadora que pueda existir. Porque el libro no tiene fronteras. Él establece sus propios límites. El libro escapa a cualquier alcabala donde los bárbaros se esconden. Allí hay un discurso de la intimidad del ser. Hay una pasión que se desborda y construye redes de redes donde transitamos junto con personajes, tanto de carne y hueso como aquellos tan importantes y trascendentes, como una simple hoja, o un cocuyo. Es esa luz que viene del fondo, esa voz que habla nuestro anhelo de real y verdadera libertad. Y esa libertad está más dentro de nosotros, en la amplitud de nuestro lenguaje, que en los límites físicos de una frontera regional, nacional o internacional. Alessandro Marcello para mí seguirá en su mirada silente frente al Gran Canal de su Serenísima Venecia, en los atardeceres donde el sol se enrojece y se oculta. Quizá escuche en ese silencio el adagio para oboe mientras lee la tarde de su amada cittá. En un libro de oro quedaron grabados los nombres de quienes fundaron la que una vez fue la Serenísima República de Venecia. Y en los acordes de su concierto se continúan escuchando las voces de esos personajes que viven y espantan bárbaros…

martes, julio 04, 2006

MIRAR MIENTRAS SE NOS VA LA VIDA




Tu ombligo es un ánfora redonda,
donde no falta el vino. Tu vientre
un montón de trigo, de lirios rodeado.
Tus dos pechos, cual dos crías
mellizas de gacela.
Cantar de los cantares.

A veces se siente una tristeza en lo hondo, un deseo de abandonarse, declararse en silencio, no decir nada más. Dejar que el Otro interprete, desde su ángulo de aparente verdad, lo que quiera de nosotros, aún no siendo ciertas sus afirmaciones. Es que ya no importa nada más.
A veces se sienten unos deseos inmensos de esconderse, de encerrarse hasta más allá de la vida. Donde todo propósito no tenga mayor asidero. Ya no importa nada de aquellos que hablan sobre nuestras vidas.
A veces se siente que no existe nada más que arriesgar. Toda relación es apenas un espacio para reconocer equívocos, existencias planas. No hay nada más que agregar.
A veces uno quisiera estarse a un lado del camino. Íngrimo y solo. Ya sin aliento de tanto sendero recorrido. Sin más razones para abrir los ojos y callar.
A veces, sólo algunas veces, uno siente ese deseo de verlo todo, de sentirlo todo, incluso de oler todo ese mundo que continuamente pasa a nuestro alrededor. Después sólo restan de esos rostros, de esos cuerpos, pedazos, partes que acaso reconocemos como nuestros, o que nos vinculan con alguna emoción, una semejanza. Alguna mano, una mirada de sensualidad, una pierna, una espalda, una cabellera negrilarga, la zona erógena donde todo deseo alcanza su emoción con el rápido paso del anonimato. Después sólo son pedazos de vidas, pieles, colores, la sugestiva presencia de un alguien que no encontraremos más. Entonces sólo queda ese instante que sirve para atraer existencias que adquieren vida e importancia entre los resquicios de una cotidianidad que se aprende a soportar por el paso de quienes jamás volverán.
Entonces uno vuelve otra vez al lugar donde se inició. Quizá un poco más cansado, con menos prisa. Volvemos a reconocer rostros, sonido de voces, gestos que nos atraen por nada, por ese sentido del querer mirar por pura curiosidad. Observando cómo los otros se desplazan por nuestro alrededor. Después apenas un bostezo por dentro, un desgano, una vuelta a la rutina de la vida.
Así vamos juntos, con nuestra pesada humanidad congestionada y contradictoria. Acaso supondría exponer una explicación, hacer una conjetura sobre aquello por lo que estuvimos divagando. Pero no es esto lo que se busca. Son acaso dudas, temores antiguos, ese lugar mítico, ese centro que una vez tuvimos y donde todos los rostros, todas las carnes, nuestros huesos y sudores, junto con nuestras miradas y pasiones, eran una sola envoltura. Acaso fuiste tú, quien lee esto, una pequeña lágrima de este mar que es la vida y hoy estás acá tan cerca, tan hermanad@ en este no decir nada.

sábado, julio 01, 2006

LECTURA Y POLÍTICA EN LA LITERATURA VENEZOLANA



Venezuela fue uno de los primeros países en Latinoamérica que en la década de los 70’ estructuró una Política Nacional de Lectura. Consecuencia de ello se formó la Comisión Nacional de Lectura, conocida posteriormente como Fundalectura. Igualmente, nuestro país fue el primero en Latinoamérica que organizó un Plan Curricular para formación de profesionales de cuarto nivel, con la Maestría en Lectura que organizó la Universidad de Los Andes, a mediados de los años ’80.

Desde finales de los años setenta y a lo largo de la década de los ochenta y parte de los noventa, las universidades venezolanas, particularmente las republicanas, democráticas, autónomas y públicas, orientaron al Estado venezolano sobre la necesidad de establecer en el currículo nacional la visión de la Lectura, y el área de lengua en general, como eje transversal a través del cual gira todo el andamiaje pedagógico en la formación integral del alumno.

En todas las capitales de los estados venezolanos existieron las denominadas Comisiones Regionales de Lectura. Organismos que establecieron las metodologías y la integración de los postulados teóricos de los especialistas universitarios, con la experiencia de los docentes en servicio de las escuelas, tanto nacionales, regionales como municipales, estructuradas de esa manera para aquellos años.

Que sepamos, esa ha sido la única vez que el Estado venezolano ha solicitado la participación de los especialistas universitarios para el desarrollo de la Política Nacional de Lectura y Escritura. Otros proyectos desarrollados en años anteriores, coadyuvaron para consolidar esa política nacional, como los programas desarrollados por el CENAMEC, PDVSA y hasta la misma Oficina del Despacho del Ministerio de Educación, con la denominada Comisión para la Orientación, Enseñanza y Uso de la Lengua Materna (COEULM).

Esa experiencia, junto con las reflexiones de los especialistas universitarios permiten indicar la fortaleza intelectual de quienes hemos participado a lo largo de más de quince años, en los procesos de lectura y escritura. Los especialistas nacionales, la gran mayoría de ellos actuando hoy en las aulas de las universidades públicas nacionales, tanto en investigación como en docencia, de pre y postgrado, hemos recogido una rica experiencia que es preciso revisar, a la luz de las nuevas visiones que sobre el tema de la lectura, se ofrece en la actualidad.

Dentro de ese amplio campo de estudio, dos puntos nos parecen de importancia resaltar en esta reunión. El primero está referido a la formación del docente como lector y usuario de la lengua escrita (otros investigadores le denominan escritor, v.gr. María Eugenia Dubois). Utilizo este término para no generar similitudes conceptuales con el término escritor.

El docente venezolano, si bien está informado desde hace más de veinte años sobre las teorías en torno de la lectura y escritura, además del conocimiento de las estrategias y métodos pedagógicos para su implantación; mantiene aún hoy un descuido en su formación individual sobre este tema. Ha sido, básicamente, un mirada hacia fuera en su proceso de formación, capacitación y actualización educativa, en desmedro de una visión hacia adentro, hacia el ser persona. Esto nos indica que el docente venezolano está informado sobre procesos teóricos y metodológicos, pero no tiene criterios ni colectivos ni individuales, que orienten hacia la política del Estado venezolano sobre lo que se entiende como Lectura y Escritura. De esta manera, en la práctica se percibe este tema como una actividad que todos resaltan como de importancia en la formación del venezolano, pero que muy pocos, entre ellos el docente venezolano, tienen interés por desarrollarse como lectores independientes o fluentes. Existe una concepción de entender a los procesos de lectura y escritura como manifestaciones estéticas, que sirven para pasarla bien y que dan placer a quien la experimenta. Esto, obviamente, tiene mucho de verdad. Sin embargo, el planteamiento sobre la visión estética (-que a su vez supone un planteamiento formulado por la especialista Louise Rosenblatt) no traza el sentido amplio sobre este asunto. El goce estético está más vinculado a una visión aristotélica, de placer de los sentidos, que a una actitud de asunción consciente de la realidad. Por otra parte, se descuida la tendencia al proceso crítico, eferente, que supone una reflexión del por qué leo y escribo. A la acción de construir y re-construir universos de realidades que permitan transformar el entorno, tanto individual como colectivo. Y es aquí donde reside el sentido verdaderamente trascendental del acto de la lectura. Por eso la lectura es una experiencia que tiende a subvertir el “orden”, aquello supuestamente dado como cierto en nuestro mundo. En este sentido, afirmamos entonces que leer supone una toma de consciencia ante el mundo, una actitud proactiva de cambio significativo y transformador, tanto de nosotros mismos como de nuestra realidad circundante. Sea esta física, espiritual, psicológica o intelectual. Esto nos lleva a declarar que la lectura es un acto político, que el docente venezolano, sea como lector o como usuario de la lengua escrita, tiene y debe asumir los procesos de lectura y escritura, como manifestaciones de Política educativa. Pedagogizar (-del término más cercano a paideia) su acción educativa; como los antiguos aedos, juglares, trovadores y decimistas de nuestras culturas, quienes llevaron en su voz y cantos, la formación de sus comunidades, la historia oral del mundo.

Pero para ello, es preciso que el docente lea. Y cuando indicamos esto nos referimos a la lectura de libros vinculados más con los procesos estético-eferentes que aquellos impuestos por las materias que debe dictar. Libros de literatura nacional, de historia, de geografía, sobre temas de sus necesidades más cercanas: gastronomía, decoración, deportes, espiritualismo, ciencia ficción. Sin embargo, se debe variar la lectura a medida que se vaya desarrollando el interés por la lectura. Por eso hablamos de actitud más que de hábito de lectura. Actitud lectora nos indica capacidad para la reflexión, meditación, crítica, toma de consciencia y cambio significativo en el tiempo de la persona para leer. Mientras la otra, el hábito, es una postura más que todo física, especie de voluntad para leer.

El otro tema que deseamos compartir está referido al docente como lector de literatura. En este punto quisiera referirme, más que todo, al vertiginoso cambio que ha tenido nuestra literatura nacional. Me refiero a la estructuración de los programas de publicaciones de literatura venezolana. Contrario a como en años anteriores se destacaba en Venezuela, no existían mayores oportunidades para publicar, y aún peor, para promocionar y distribuir el libro editado. En Venezuela, creo que se están editando cerca de tres títulos al día. Aún lejos de la cifra indicada por la UNESCO para concebir a un país integralmente lector, de cerca de 10 títulos diarios. Según este organismo, un libro existe cuando al menos de él se editan 5000 ejemplares. En nuestro país apenas estamos comenzando a pensar ediciones de un mil ejemplares. Estadísticamente países como Francia poseen cerca de 20 libros per cápita, en Brasil alcanza 8 por habitante, y en Colombia cerca de 6; mientras en Venezuela el promedio es de 0,3 por habitante. No se llega a un libro por persona. En este sentido, quedan al menos, dos escollos por superar. Uno es la distribución del libro, que puede solventarse con una Política nacional de distribución, quizá a través del Centro Nacional del Libro. Situación ésta que no reviste mayores contratiempos. Lo decimos en función de la otra situación que es, ciertamente, la real problemática en nuestra sociedad: la baja lecturabilidad, tanto del venezolano medio, como de aquellos llamados al fomento de la lectura. Nos referimos al docente. Y en este punto, ya no me estoy refiriendo al maestro de la Primera Etapa de Educación, ni al de la Segunda, ni tampoco al profesor de Educación Media y Diversificada. Me refiero a algo quizá más delicado y dramático: al docente universitario, tanto de pre como de postgrado. Soy docente universitario desde hace cerca de veinte años, tanto en el área de pre como de postgrado. Precisamente en la Maestría en Lectura y Escritura de mi universidad. Y allí, como casi en la totalidad del campus universitario venezolano, la ausencia de interés por la lectura es particularmente alarmante. Los lineamientos de la UNESCO para concebir al analfabetismo funcional parecen tener en estos niveles sus más cercanos protagonistas. Y esto es así porque si bien el docente universitario está inicialmente alfabetizado (lee, escribe, suma y resta) en la práctica cotidiana plantea una serie de dudas sobre lo que es estar alfabetizado, por ejemplo, auditivamente, visualmente. Se le hace difícil adentrarse más allá del trazo del dibujo y el color, o de las notas musicales para diferenciar un adagio de una tonada.

No estamos acá exigiendo que el docente sea especialista en musicología o crítico de arte. Pero sí creemos importante y de exigencia del docente su formación integral, su ser y hacer. De ello deviene un docente integrado a una comunidad que le lleva a plantearse reflexiones sobre el mundo, en lo concreto. Y de esa experiencia vendrá el docente integrador; el individuo capacitado para contrastarse, tanto él como su comunidad, con otras comunidades. Esta es la verdadera visión de integralidad. De construcción de un nuevo paradigma donde la dimensión científica, la transdisciplinariedad, constituye el nuevo orden de saberes complejos compartidos en beneficio colectivo.

Por ello, la acción de enseñanza-aprendizaje de la lectura y escritura, y los procesos de difusión y promoción de la literatura venezolana, deben entenderse como actividades altamente políticas, pues constituyen la construcción de nuevos conocimientos en beneficio colectivo.

martes, junio 27, 2006

MUCHACHA ENTRE LOS ÁRBOLES




La felicidad va de la
mano con la miseria,
la fortuna con la
desgracia.
Maharaj Charan Singh Ji.

Cuando en la galería Goldschmidt se logra vender un cuadro de Van Gogh, El Jardín público de Arlés, por 132.000 libras esterlinas, pocas personas sabían que en vida el artista pudo vender, a través de su hermano Theo, apenas un cuadro, La vid roja, por menos de 40 florines. Cientos de cuadros y dibujos fueron rematados por el artista, como telas para ser reusadas o para servir de calefacción en los crudos inviernos. No fue Van Gogh un artista afortunado. Por el contrario, su vida fue una doble lucha por consagrarse a dos colosales creaciones: la pintura y la literatura. Antes, dedicó parte de ella a predicar como pastor evangélico entre los mineros de Borinage. Vive la vida dura y miserable, en la agobiante hambruna de los desheredados del mundo, los olvidados de la fe y de la vida. Pero no le permiten continuar su ministerio. Entonces se consagra a la pintura y la literatura en forma epistolar. La pintura nace en él desde una realidad que a través de sus lienzos, encuentra una particular manera de expresarse: la alteración de cielos que giran y la presencia de seres humanos que viven en sus lienzos. Entre tantos cuadros, más de 800, uno de ellos particularmente nos conmueve por lo vívido y esplendoroso del color, que se mueve y se hace figura; como raíces de árboles, como densos cielos, como oscuro bosque o como silueta femenina con sombrero blanco. En sus cartas a Theo, Vincent relata cómo esas imágenes se hicieron vida en el lienzo, cómo ellas se fueron construyendo hasta alcanzar forma en su obra. De sus largas caminatas por los bosques hay un hermoso relato en su epistolario con su hermano Theo. Uno de ellos, fechado en La Haya en abril de 1882, cuando Vincent contaba 29 años, describe así la hechura de su lienzo: "El otro estudio del bosque tiene como tema grandes troncos de hayas verdes sobre un fondo de arbustos secos y una pequeña figura de muchacha vestida de blanco. La gran dificultad ha sido conservar la iluminación y poner cielo entre los árboles que se encontraban a distintas distancias, y el lugar y el espesor relativo de esos troncos son modificados por la perspectiva. Fue necesario hacerlo como se pudo, y respirar y pasearse, y la floresta debe embalsamar..."
La naturaleza se incorpora al cuadro del artista que se va llenando de vida. Así, entre un juego exquisito de tonalidades rojizas de un suelo que guarda hojas desvanecidas por el otoño, los cielos atemperados entre un azul verdusco, se comprimen por la frondosa presencia de alejados árboles, que al fondo, apenas dejan entrever las siluetas de recogedores de leña, en una discreta faena, mientras la muchacha, enfocada junto a uno de los árboles, está en segundo plano, apenas sobrepuesta por la "raicidad" del árbol del frente que presenta la fuerza y tensión en la obra. Es desde ese contraste entre humanidad y naturaleza donde se alcanza la densidad en el discurso plástico de este cuadro.

BELLEZA




Concebida inicialmente como la relación armónica y proporcional de las cosas vivas que da placer al contemplarla, la belleza se ha mantenido durante siglos como principio inmutable que, cargada de una visión filosófico-ideológica, ha servido también para modelar una manera de existencia, bien individual como colectiva, perpetuando modelos específicos de dominación. La belleza helénica definida por Aristóteles como todo aquello que es armónico y que cumple con el principio del áureas proportionis, que matemáticamente se conoce como el principio phi, otorga medida exacta a todo ser vivo para categorizarlo y asemejarlo a la divinidad.
Siendo así por largo tiempo el concepto de belleza se aplicó siempre a los principios cercanos a lo sublime del espíritu y lo divino. Paulatinamente se evidenció un marcado sesgo político-religioso que unificaba una forma de belleza a partir de lo establecido por aquellas sociedades que se unificaban en torno de intereses comunes para perpetuarse en la dominación y defensa de sus intereses particulares y grupales.
Del concepto de belleza como lo armónico, sublime y que es semejante a Dios, se ha ido construyendo otra manera de ver la belleza desde una perspectiva diferente. Esta supone que es bello aquello que es útil, tanto individual como grupalmente. Así tenemos, por ejemplo; que un sapo será bello en la medida que sirve en los campos para controlar el equilibrio ecológico al comerse los insectos que invaden ciertos sembradíos.
Como apreciamos en estos dos conceptos sobre la belleza, no podemos menos que suponer que ésta es una razón que mueve a muchos a establecer en la sociedad modelos únicos para controlar y segregar. En ello podemos enunciar como modelos de belleza, tanto la forma como el color, el peso y la altura, así como otras de carácter moral, intelectual, religioso, político, entre una gran variedad de aspectos que, en la generalidad de las situaciones, son utilizadas para oponerse, controlar y sojuzgar al Otro diferente.
La categoría de belleza mal comprendida es una de las maneras que utiliza el hombre, tanto en lo individual como grupalmente, para someter y segregar a quienes no responden a patrones de belleza socialmente aceptados.
En lo personal me complace observa cómo en esta sociedad se ha desatado una manera nueva de construir patrones de belleza, a partir de aquello que es útil. Independientemente de los aspectos de orden ideológico-político inherente a la actividad que se desempeñe, lo singular es ser testigo de una belleza que poco a poco se evidencia, aún y en las más crudas circunstancias. Son esas manos callosas, sucias a veces, con uñas ennegrecidas y dedos recrecidos por la actividad del trabajo artesanal. Mujeres regordetas, toscas, como la amada de Don Quijote, Dulcinea del Toboso, agraciada de tanta alma y coquetería. O los rostros quemados por el sol, ora blancos enrojecidos por las horas a la intemperie, ora morenos que en la tarde parecen sombras cansadas por el trajín del día. O las voces que pronuncian un castellano venezolano que acentúa sus sílabas regionalistas y que expresan ese nuevo amol. Amo a mi gente, sea de este o de aquel otro bando político, religioso, social, racial o económico. Me tiene sin cuidado que algunos de ellos se desprecien. Esos son los menos. Son los balurdos y marginales de pensamiento. La mayoría sólo sabe que tiene y debe seguir construyendo, individual y comunitariamente su destino. El venezolano normal, sencillo y común se ama así como es: pemón o wuayú, negro o zambo, salto atrás o blanco lechoso, moreno o trigueño, pobre o rico, católico o testigo de Jehová. El venezolano que tiene conciencia de ser bello o bella, ama al Otro diferente como su igual, sin tanta pendejada de socialismo ni capitalismo, ni que se es de oposición o del gobierno.
Después de todo y más allá de los implantes y de tanta silicona en el cuerpo y en la mente, con una belleza falsa y prestada, que refleja un alma ajena a su razón más íntima de ser; es momento para reconocernos en lo que somos, al menos genéticamente: 10% de genes negros, 40% de genes europeos, y 50% de genes amerindios. Y esto último no es invento; son datos del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. La genética finalmente nos acercará y nos reconciliará con nuestro pasado. Y allí habrá que encontrar una nueva razón para aprender a ver y re-conocer tanta belleza que anida en nuestros cuerpos y en nuestras almas.

viernes, junio 23, 2006

AMOROSAMENTE


...acuérdate, tú vuelta de espaldas y dejándote mirar, yo bajando poco a poco la sábana y viendo nacer eso que eres tú, esto que ahora se llama verdaderamente con tu nombre y habla con tu voz...

Julio Cortázar. 62 Modelo para armar .

Lo amoroso no es sólo expresión de vida entre parejas. Tampoco está referido al espacio que entre ellas construyen ni en las relaciones sexuales ni filiales. Lo amoroso sucede en una dimensión más amplia. Es fundamentalmente una actitud ante la vida. Una forma de existir en el mundo, un lenguaje. Y este lenguaje procede de la intimidad del ser, es esencialmente oral y se expresa en los gestos, en los ademanes, en el silencio, en las maneras como nos damos al Otro. Lo amoroso sucede todo el tiempo y habita en la cotidianidad de la vida. No es hechura de actos sobrenaturales ni creación de contados elegidos. El ser amoroso aparece a la vuelta de la esquina. Está en el rostro adormecido de quien se levanta y se ve al espejo y se reconoce naturaleza perecedera, sencilla y viva. El ser que reconoce la trascendencia de la vida en el saludo mañanero con el rostro abierto y al natural. Mientras el olor del café le despierta el placer, el sabor y el saber y degusta en la mano que se lo ofrece el esplendoroso momento de estar transitando un mismo destino y una misma historia.
De madres a hijos transita un lenguaje ancestral que se nutre mientras se lame el pezón y se acaricia el seno. Y es la misma vida que aprendimos a sentirla en la propia carne y en la sangre. Por eso la memoria antigua es maternal. Y es así porque posee un lenguaje que está marcado en el cuerpo: son olores primarios, fuertes, vaginales que se entremezclan en el cuerpo y despiertan el interés por la vida y el deseo de estar rozando los límites del Otro. Por eso vamos al encuentro, a la aventura de la vida buscando, re-conociendo vestigios, el gesto iniciático en el rito que establecemos cuando nos entregamos al acto amoroso. Entre parejas lo amoroso desborda y es esencialidad, presencia erótica de vida plena que revela en la carne el gusto que da placer e inicia la desmesura. Carne (carnevale) que celebra su gozo, se eleva hasta más allá del placer donde los gestos y los húmedos cuerpos desplazan las palabras y sólo el silencio habla, grita y gime. Por eso lo amoroso encarnado es alimento del cuerpo y del alma. Reconforta y es plenitud del ser.
El hombre, más que la mujer, debe redimensionar su naturaleza amorosa, atreverse a transitar el estado amoroso: gestos, ademanes, miradas, maneras de ser traducidas en palabras renovadas. Es ese nuevo paradigma de la vida plena, que colma y rejuvenece. Es esa necesidad de estrechar el cuerpo del Otro y nutrirlo, sea de hombre que de mujer. Decirle amorosamente en el saludo o despedida, fija la mirada, que nos importa, que su presencia, ésta del aquí y el ahora, es hermosa y necesaria. A pesar del terrible drama humano y tanta ausencia, la actitud amorosa no debe perecer. Es ella la propia sustancia y condición que nos hace ser eso: tan humanos, tan hermanos.



POESÍA


cantos de un templo

I
la memoria no ofrece asideros
para soportar la intensidad del silencio
entonces la vida es un puro sentir
vagar de madrugadas
donde todo riesgo
es un juego de equilibristas
al borde
en la lucidez de una presentida ausencia


V
ayer
los bárbaros quemaron el pueblo
lo llenaron de sal y odio
miro este desastre
ni las cabras se han salvado
de la matanza y el saqueo
quienes quedamos
huimos a los cerros
por la orilla del mar
los pies lacerados y ulcerosos
de los míos
se entrecruzan en un vagar sin fin
el pueblo volverá a levantarse
yo decidí regresar al templo


VIII
he recogido las velas mientras dormían mis hermanos
marineros del silencio
mañana volveremos al pueblo
hay cansancio en los pechos húmedos
y manos y brazos lacerados
en la alta proa me reclino para ver el cielo
hoy he vuelto a escribir
algún día regresaré a las pléyades
me repito una y otra vez
he vuelto a la palabra
ejercicio de remotos tiempos
soledad que castiga mi espalda
inclemente dolor en los huesos

ahora hay paz en las sombras


IX
mientras comemos pienso en los míos
todos ansiamos volver
he lavado mis manos y ahora parto este pan
que ofrezco a mis hermanos
tenemos esta misma soledad en el rostro
siempre en silencio
llevamos sobre nuestras espaldas el estigma
de un eterno desamparo que nos obliga
a vagar por el mar de la vida
buscando la imagen de nuestro igual

quizá la mirada de algún dios todavía nos proteja


XIII
qué importa que no conozcas delfos
el estrecho de corinto
que nunca hayas ido a bizancio
no sepas que vine de las pléyades
hay lugares donde nunca cae nieve
ni lluvia
el sol es una débil soledad
no has ido por bosques ni orillas del egeo
desconoces la mirada ausente del auriga en su salón de penumbras

qué importa desconocer lugares y tiempos miradas
cuando llevas la historia helénica en el rostro sereno inmortal


XXVI
los años
son ilusiones que nombran la ausencia
en la íntima ternura del templo
los cantos borran el tiempo
entonces toda sombra se revela
discurren infinitas imágenes de la vida
mientras el alma vibra en su amor

de rodillas
los cantos de mis hermanos
han agradado a los dioses


XXVII
las orillas del egeo traen olores
entre los pinos descubro hierbas
romero albahaca y orégano
detrás están los olivos
viejos
apasionadamente tristes
raíces que se desnudan
al fondo cuelgan las uvas en una dulce mirada
luego otra vez el mar
azul
límpido y calmo
acariciado por esta suave brisa de la mañana
este día de un tiempo que atesoro en la mirada
regreso a la orilla del mar
cargando olores y recuerdos


XXVIII
reconozco tu andar pausado
esa manera cadenciosa del habla juntada en sílabas
mirada de templo griego
donde oran los solos
los silenciosos
perdidos en la noche de sombra y tiempo

quién rescata esta ausencia de huesos rotos de tanto
andar
quién nos regresa al lugar de la noche añorada


a una pitonisa en delfos (c. 473 a. d. N. E.)

enjuta el silencio del viejo puerto
regresan con el alba
palabras que pronuncio en tu ausencia
reconocen tu cuerpo aroma de sombra

hace frío

tu alma huele a sándalo
brilla en la oscura memoria de los días
mientras descansa mi mano izquierda
sobre el hombro
reconozco una palabra
hundida en seda
adheridafija en tu hombro
otras cubrieron tus senos
redondeándolos
palabras incrustadas
ensortijando tus cabellos
diluidas en tu rostro
que cubrí con verbos
oración continuada en tus muslos
ocultando la humedad en tus bordes
los pájaros despiertan esta mañana
que todavía nace
roza un ala sobre la cristalina calma del egeo
palabras en tu vientre
articuladas
que entibiaron tus pies
lejos
las barcas son diminutos lunares
de un cielo que cubre este mar
ninguna palabra nombra este silencio
desamparo en lo siempre ido

LIMÓN BLUES


Conservemos nuestros amantes
respetando las reglas del decoro social.
Anacristina Rossi. Limón Blues.

En Puerto Limón, pueblo de la costa atlántica de Costa Rica, se desarrolla entre 1904-1942 una historia de amor entre Orlandus Robinson, joven jamaiquino y doña Leonor Fernández Jiménez de Esquivel, mujer de la capital, San José. Él, aventado a esas nuevas tierras bananeras en busca de una finca que sus empobrecidos padres habían abandonado en la tierra de los ticos y que era administrada por las compañías norteamericanas, que imponían a sangre y fuego un orden y una justicia, según sus intereses económicos y donde los negros antillanos eran mano de obra servil y semi esclavizada. La vida de Orlandus Robinson transcurre entre dos grandes pasiones: el amor imposible por una mujer casada (Leonor) de la alta sociedad costarricense, y su fervor por los derechos civiles de los negros, que lo lleva a formar parte de los inicios de los movimientos gremiales que se forman en toda la cuenca del Caribe y que tiene su centro de operaciones, en la sede central de los sindicatos negros en Georgia y Nueva York. Entre la descripción de una vida plagada por la pobreza, la soledad, la falta de identidad por no tener documentación alguna que lo identifique como ciudadano de país alguno, la vida de Orlandus y de todos los negros antillanos transcurre entre sus ritos y cantos ancestrales y el deseo de regresar a su país ancestral, África. Para ello se organizan y fundan los primeros sindicatos, como la Universal Negro Improvement Association, UNIA, donde Marcus Garvey fue su líder, así como el propio Orlandus, Ferguson, Nation, entre otros personajes históricos, quienes sentaron las bases de la negritud en tierras antillanas e incluso en los Estados Unidos de Norteamérica. Pero la de Orlandus también es una vida que descubre, entre idas y venidas a Jamaica, Cuba, África y Estados Unidos, la sensualidad, el erotismo y los cantos y ritos de una vida entrelazada con la música de los “spirituals” y la sazón de la gastronomía antillana. Esos placeres de la carne y de lo prohibido vienen magistralmente descritos por la autora, Anacristina Rossi, escritora costarricense, quien además de esta novela ha publicado María la noche (1985), La loca de Gandoca (1991), Situaciones conyugales (1993) y que en esta novela presenta una arquitectura escritural. En Limón Blues, los capítulos vienen precedidos por números impares (los pares forman parte de la continuación en su otra novela aún sin publicar, Limón reggee, y que será presentada en capítulos pares). Orlandus describe así a su amada Leonor: “Sentado en la cama la miró quitarse despacio la ropa. Miró el cuello frágil, los hombros perfectos, la piel mate y morena alumbrada por la lámpara de canfín. Los pechos duros de Leonor emergieron agresivos con pezones muy grandes y oscuros que miraban uno a la derecha y otro a la izquierda, Orlandus alargó las manos, sus dedos rodearon suavemente las tetas, tantearon los pezones. (...)Orlandus quedó deslumbrado por su cuerpo de nácar oscuro, por esa mancha negra al final de su vientre. Ya totalmente desnuda tomó las manos de él y las llevó a sus rincones, pacientemente. Escuchaba sus gemidos que eran casi sollozos, lo escuchaba jadear. Sin permitirle más movimiento que el de sus manos lo montó a horcajadas (...) ella le acercó sus pezones y le explicó susurrando cómo le gustaba que se los besaran. Luego le permitió que explorara sus nalgas, su espalda, sus piernas, le mostró donde nacían unas aguas babosas. Cuando vio que él temblaba tan fuerte que ya no podía controlarse empezó a desvertirlo, asombrada a su vez de ese cuerpo perfecto, del aroma potente de esa piel almizclada, de ese estómago lizo, de esas nalgas cabreadas, de su virilidad.” La magistralidad en la narración y descripción de escenas permiten asomar una muy detenida mirada cinematográfica en la capacidad de esta narradora para cuadros que van apareciendo unos al lado de otros, como grandes escenografías de un mundo desconocido para muchos de quienes habitamos en esta tierra americana: esas vidas de los antillanos, de islas como Saint Martin, Navies, Jamaica, Cuba, Dominica, para esos primeros años del siglo pasado. Y donde el castellano y el inglés se acomodan en una fonética que ofrece sus propias respuestas en la creatividad de unos hombres y mujeres venidos de los confines del mundo, para construir y crear formas de vida y arte, como la música naciente en esos años, tal el blues. “En Revival las voces iban por abismos y había que dejarse caer con las voces. Entonces venía el trance. Le di las gracias al pianista (...) se puso a explicarme que el blues era así por sus notas azules, que eran notas tristes. Me explicó de esas notas y las notas subidas, que eran notas optimistas. El optimismo se llamaba “sostenido” y lo contrario bemol. (...) después me puso como ejemplo un ánimo que se desanima: tocó la nota en bemol. Le dije que el bemol era triste pero más profundo. Asintió con la cabeza. Entonces me di cuenta: yo era un hombre en bemol". Esas son las primeras manifestaciones de una música que años después Ray Charles elevará a categoría celestial y clásica mientras toma de su raíz el lamento y la soledad de aquellos hombres, como Orlandus Robinson, sin nación ni patria ni ciudadanía; sólo una mediana lengua que transmite proverbios (Man you cant’t beat, you have fe call him fren) y que cumple el ritual de sus ancestros a la hora de partir al otro lado de la vida: “Y cuando los cantos hermosos cesaron, Shepherd Davies sopló un caracol enorme, un caracol que los costarricenses llamaban caracol de cambute, y su gemido largo, profundo y tenebroso anunció a los dolientes que el muerto había regresado al África.”

MAYO



Dice verdad quien me llama ávido
y anheloso de amor de lejos.
Pues no hay otro placer que tanto me guste
como el gozo del amor de lejos.
Pero lo que quiero me está vedado
porque mi padrino me hechizó
de modo que amara y no fuera amado.
Jaufré Rudel. Cuando los días son largos en mayo. Siglo XII.

Las tres hermanas, Nona, Décima y Morta, conocidas como las hijas de la noche o Parcas, eran unas hilanderas que se dedicaban a extender el ovillo del hilo para luego ir gradualmente recogiéndolo hasta cortarlo. Nona, la menor, comenzaba a hilar mientras Décima se encargaba de extenderlo hasta que finalmente, la mayor de las hermanas, Morta, cortaba el hilo para completar el trabajo. Melancólicas, taciturnas. Infinitamente dedicadas a la eterna labor (nacimiento-desposamiento-muerte) del destino del hombre. Ese fatum o destino venía de lo antiguo. Ya los griegos le conocían como las Moiras. También tres hermanas, Cloto, Láquesis y Átropos dedicadas a la tarea de velar por el destino de los mortales. Del fatum inicial devienen las fadas o hadas que tanto nos han acompañado desde antes de nuestra creación, como destino humano que somos. Décima estaba dedicada a velar por el matrimonio del mortal hombre quien encontraba en su semejante, fatae, femenina, la acompañante en su recorrido de lo inevitable por el transcurrir de la vida. El Destino (fatum) estaba encarnado por hadas quienes se dedicaban a proteger la vida del silvestre mortal a quien se le complacía en casi todos sus deseos. Se dice en los encuentros mistéricos que Décima alargaba el hilo de la vida y jugaba con la suerte del hombre mientras establecía una bien estructurada y melancólica melodía para observar cómo se cumplía el destino del hombre. Posiblemente la métrica de sus cantos en octosílabos hacían rimar los diez versos (diez meses) donde el primero coincidía con el cuarto y el quinto, el segundo con el tercero, mientras el sexto se vinculaba con el séptimo y el último, y finalmente, el octavo coincidía con el noveno. Ese aparente azar de versificación era también la aparente libertad de que disponía el mortal para realizar su vida. Las tres hermanas o tria fata (de las que derivan su origen de fatum-fata-fada-hada) dieron al mortal hombre el verso para que se acompañara y a la vez acompañara a la Musa. Por ello los primeros aedos y luego trovadores, bardos, juglares y decimistas, fueron seres que quedaron “hadados” o a merced del destino u oráculo de estos seres de la noche. Seres que ya existían mucho antes de nacer los bosques, ríos y lagos. Por ello, en el tiempo de los días más largos del año, llamado de mayo, los trovadores cantan a los árboles del bosque a donde fueron a esconderse las hadas cuando éstos nacieron y ocuparon todos los espacios. Una antigua tradición, ya casi olvidada, habla del culto y adoración al árbol de mayo (axis mundi) que no es más que el árbol cósmico de todas las antiguas culturas de la humanidad. A él se dedican todas las fiestas como representación de la fertilidad (fálico) que fecunda lo femenino. Por eso el tiempo que nosotros conocemos como de mayo ha sido siempre el mes que abre a la vida la manifestación del nacimiento, de lo iniciático y que se desposa y fertiliza con el fatum-fata-fada-hada. Y por ello las distintas religiones han siempre modificado esas manifestaciones, restándoles importancia o imponiendo sus propios modos de interpretación.
Cantan las hadas y dejan hadados a los hombres en su versificación cuando en mayo los árboles se abren a la vida plena y donde también lo femenino se deja penetrar, fecundar para que fertilice esa semilla. Y entonces a lo largo del tiempo y hasta mediados de septiembre (séptimo verso) decae la Décima para morir en el frío del último mes (diciembre). Canten ahora los decimistas sus versos hadados para que el árbol, ahora en cruz, eleve sus copos hasta tocar lo cósmico de la vida.

jueves, junio 22, 2006

LENGUAJE, LECTURA Y LIBERTAD



Acepta ofrendas puras del habla de
un alma y un corazón elevados
hacia ti, Tú, que ninguna palabra
puede hablar, a quien sólo el silencio
puede declarar.
Hermes Trismegisto. Corpus Hermeticum, 207-13 d.C.

De los muchos lenguajes que existen uno hay donde podemos expresar a plenitud nuestra existencia. Con él podemos nombrar el mundo y manifestar los sentimientos más íntimos. Este es el sitio, el lugar de todos, la común manifestación humana para expresar, entre otros sentimientos, las pasiones de nuestras vidas: amor, dolor, dulzura.
Siendo el lenguaje humano el sitio del encuentro obligado para perpetuarnos como especie, cada uno de nosotros se manifiesta en particularidades un tanto más específicas: la lengua y el habla…hasta las maneras idiomáticas y dialectales que nos marcan en tanto usuarios de una parcela de la realidad cultural de un pueblo.
“El habla”, dice Heidegger “no es sólo un instrumento que el hombre posee entre otros muchos, sino que es lo primero en garantizar la posibilidad de estar en medio de la publicidad de los entes. Sólo hay mundo donde hay habla, es decir, el círculo siempre cambiante de decisión y obra, de acción y responsabilidad, pero también de capricho y alboroto, de caída y extravío. Sólo donde rige el mundo hay historia. El habla es un bien en un sentido más original. Esto quiere decir que es bueno para garantizar que el hombre pueda ser histórico. El habla no es un instrumento disponible, sino aquel acontecimiento que dispone la más alta posibilidad de ser hombre.”
Así las cosas cada uno de nosotros, al utilizar en su cotidianidad las manifestaciones del lenguaje, está posesionado de una realidad simbólica con la que continúa creando sobre un discurso infinito.
Desde hace siglos hemos sabido que todos los textos antiguos han hecho referencia al lenguaje como iniciador de la vida. Desde El libro de los muertos egipcio, el Chilam Balam, de los maya, hasta la Biblia, indican al “verbo” como instrumento de creación, iniciador de la corriente de la vida. A través del lenguaje el hombre se hizo tal y se reconoció en su ser. De esta manera no podemos más que afirmar que los seres humanos somos esencialmente seres que vivimos en el lenguaje. Somos seres lingüísticos. Lo que somos y seremos está circunscrito a la esencia, a la ontología del lenguaje. Lenguaje es certidumbre de ser.
En este sentido se entiende entonces que la realidad del lenguaje es el hombre mismo. De ello se desprende la coherencia entre pensar, hablar y hacer como esencias que determinan el estado ético (ethos). Lenguaje es en esencia acción que determina la existencia del pensamiento y de la realidad misma. Esta existe a través del lenguaje y también en cuanto tal. El devenir del lenguaje está íntimamente vinculado a la naturaleza humana. De ello podemos entender que los actos de habla son manifestaciones de una misma y única esencia que se encuentra en la intimidad misma del ser. Hablamos porque tenemos necesidad de existir, manifestar nuestro “interés de vida”. Esa es la intencionalidad que está presente en todo acto comunicativo.
Más allá del desencadenamiento de la secuencia discursiva está presente siempre el sentido subversivo del lenguaje. Este es por naturaleza una realidad cambiante, transformadora y reveladora de estados de existencia múltiples. La sola enunciación de una secuencia grafemática desencadena una riqueza energética que causa una reacción en quien la recibe. De allí que las palabras “golpean”, estremecen nuestro ser hasta cambiarnos, transformarnos. La posibilidad de perpetuar ese estremecimiento inicial depende del individuo y sus palabras.
Hablar entonces es una experiencia siempre única y cambiante. Previo a su decodificación, a su traducción semántica se encuentra el estado del disfrute, el goce de enunciar, de sentir cómo las palabras emergen del fondo de nuestro ser como incandescencias que nutren y muestran lo que somos: una infinita inaccesibilidad, esencias libres que jamás podrán ser aprisionadas. Puede el hombre en lo individual ser apresado, encerrado; su ser, su esencia primigenia como realidad lingüística será siempre inaprehensible. Y esto es mejor que sea así, de lo contrario caeríamos en la fatalidad, en el extravío existencial que preludia la desaparición del ser.
No olvidemos que existimos porque fuimos nombrados, categorizados como especie que pudo, a través del lenguaje, traspasar la barrera de la elementalidad y construir, a partir de la ideación, aspiraciones de vida, utopías señaladas por el lenguaje.
En estos tiempos terribles, sólo el lenguaje nos proporciona la certidumbre de una existencia más allá de lo doméstico, donde la sencillez de la vida se comparte entre los escasos seres que aún, después de siglos y edades, continúan compartiendo entre diálogos y monólogos, ese sabor y saber de pronunciar la realidad de una encantadora palabra.

Hablamos porque tenemos necesidad de nombrarnos, de afirmar nuestra libertad y declarar al mundo nuestro absoluto derecho a existir. Entendemos entonces que somos seres que existimos por el lenguaje en tanto seres comunitarios. Individuos que nacemos y nos relacionamos a partir de una vida en comunidad. De allí que lo que entendemos como proceso comunicativo sea una consecuencia directa de nuestra acción como seres que existimos en comunidad. Comunidad y comunicación son no sólo términos similares (del latín communitas=comunidad), más bien esencias que caracterizan a los seres humanos que existen en el lenguaje. Por ello el lenguaje posee una condición ontológica en el devenir del hombre histórico.
Hombre que inaugura su acción en la existencia de potencialidades de realización en un conglomerado social que por esencia natural, lo determina como individuo hecho para vivir en libertad.
Sin embargo, y así lo consideramos, la libertad no es un fenómeno social, es condición inherente a la naturaleza humana. Su manifestación, su certeza está en la capacidad de todo ser humano para apropiarse de un lenguaje que exprese esa libertad. Así, el tamaño del mundo será proporcional a la capacidad idiomática que un hombre tenga para expresarlo. De igual manera, el tamaño y características de la libertad que posee un hombre, estarán directamente vinculadas con la capacidad para ennoblecer su lenguaje.
Lenguaje y libertad están indisolublemente unidos por la lectura que del mundo y de la vida tenga un hombre.
Acá no nos estamos refiriendo a la lectura de un libro específico, más bien a la lectura del mundo, del entorno donde un hombre se manifieste. Saber leer implica descifrar la simbología del mundo: percibir la palabra revelada en metáforas que la vida misma nos entrega. Los libros son registros que alguien, después de haber experimentado la vida, deja constancia de ella. Por ello resulta ahora de singular importancia y trascendencia, que más de un millón cuatrocientos mil venezolanos se han incorporado a la extraordinaria experiencia de la lectura y la escritura. Esos potenciales lectores deben incorporarse inmediatamente a los procesos de lectura y escritura, para que ingresen a la plenitud de la historia escrita de nuestra cultura nacional. Son lectores que están capacitados para abordar el acto de lectura desde una óptica de lector independiente o fluente. Con ello podrá acceder rápidamente a la defensa de su territorio, tanto físico como intelectual e incluso, espiritual. Hombres y mujeres que se empoderan de su destino. La lectura les potencia aún más su certeza de existir en libertad. Libertad que a su vez le exige actuar con plena conciencia y responsabilidad, como ser individual y comunitario.
No quisiéramos entrar a analizar de manera técnica los procesos por los cuales se asume que determinada persona sea considera un lector independiente. Baste decir, en todo caso, que existen dos procesos, en los análisis de lectura, que se deben atender. El eferente, por medio del cual se aborda de manera lógica, coherente y discursiva la obra de arte: el libro. Es un proceso de acercamiento analítico, por secuencias inferenciales y de hipótesis que reafirman o cambian nuestros pre-juicios sobre un libro. El otro es el estético; la plenitud que colma la lectura de un texto que ya no nos permitirá ser iguales. Esa intensidad de la lectura que nos despoja de toda atadura cotidiana y nos devuelve a la libertad. Libertad ontológica manifiesta por el lenguaje y por nuestra capacidad para trascendernos como individuos socialmente inmersos dentro de la complejidad de la vida.
Sin lenguaje quedamos en el extravío, relegados al silencio de la duda existencial, “Toda forma de conferir sentido”,-dice Echeverría, “toda forma de comprensión o de entendimiento pertenece al dominio del lenguaje.”. Por lo tanto, continúa indicando Echeverría, “el lenguaje no es una capacidad individual, sino un rasgo evolutivo que, basándose en condiciones biológicas específicas, surge de la interacción social.”
El primer texto que todo hombre lee está referido al inmenso libro que es la vida. De esa manera, cuando nos acercamos al discurso escrito que subyace en un libro, lo decodificamos a partir de nuestras experiencias de lecturas anteriores. Por ello hacemos constantemente, mientras estamos leyendo, sucesivos acercamientos al libro, a su concepción que tenemos del mundo, hasta alcanzar una múltiple significación. De esta manera el libro es siempre una realidad Única, en tanto ha sido la experiencia señalada por un Alguien denominado escritor. Pero también es una realidad Múltiple, en tanto es internalizado en sus experiencias por un Otro que denominamos lector. De ello resulta la re-escritura permanente del libro.
Cierta vez, mientras dictaba un curso sobre Literatura Latinoamericana, una de mis alumnas, una señora de cerca de setenta años y maestra de escuela, después de haber estado analizando Cien años de Soledad, de García Márquez, me confesó que ella hacía cerca de 15 años que lo había leído, y ahora, mientras de nuevo lo releía, de repente se acordó que la primera vez que lo hizo fue mientras su madre estaba hospitalizada. Rápidamente recordó la parte que leía para ese entonces; era el pueblo y las matas de plátanos. Intentó volver a leer ese pasaje y encontrar esas matas pero cuando llegó a la lectura…las matas de plátanos habían cambiado. Eran otras. También su madre había muerto.
Siempre nuestra lectura de un libro cambia como cambia nuestra lectura del mundo y de la vida. Por eso es tan necesario la vuelta constante al silencio reflexivo que tanto el libro como la vida nos proporcionan. En su aparte sobre la Historia del Silencio, de su libro La Metáfora y lo Sagrado, Murena afirma que “la palabra portadora de misterio demanda una lectura lenta, que se interrumpe para meditar, tratar de absorber lo inconmensurable: pide relectura. Arquetipo son las escrituras de las religiones, que invocan el fin de sí mismas, la restitución del secreto fundamental. Arquetipo, también, las grandes obras de la literatura, aquellas cuya esencia es poética, pues la metáfora, con su multivocidad, pluralidad de sentidos, dice que está procurando decir lo indecible, el silencio.”
La lectura es renovación constante de nuestras experiencias como seres humanos. En su proceso existe una acción permanente del pensamiento y los sentidos en procura de la comprensión lógica de los acontecimientos que se suceden. Esa comprensión lógica, esa manera de actuar reflexivamente es condición indispensable para acceder al sentimiento y la acción de la libertad. Por ello no es ninguna garantía saber que una constitución, leyes orgánicas, leyes, normativos, reglamentos y procedimientos nos señalan hasta dónde un Estado nos fija los límites de nuestra libertad, mientras desconocemos el mundo y estamos relegados a un lenguaje de sobrevivencia. Se es libre porque se accede a un lenguaje que nombra el mundo y determina en nosotros la condición humana de existir. La sociedad donde nos desarrollemos, sus maneras de expresión institucionales, como la iglesia, la educación y las pautas que regulan, a través de un contrato social, nuestras relaciones, sistematizan la consciencia objetiva en todo hombre para considerarse ciudadano que vive en y para la libertad.
Finalmente es menester indicar que todo acto comunicativo tiene un interés, una razón político-ideológica y filosófica, razón por la que el hacer discursivo del hombre trasciende entre una comunicación estratégica, perlocutiva, y una aspiración de comunicación ético-argumentativa Y es allí, precisamente, en la comunicación ético-argumentaiva donde el hombre y la mujer venezolanos tienen que establecer, en el trabajo diario y la discusión crítica y compartida, las nuevas maneras de relaciones para potenciar su libertad.
Quisiera hacer un señalamiento final. El hombre no es sólo un ser político. Es fundamentalmente un ser poético, un individuo que a través de su primer habla, la poesía, fue capaz de estructurar un mundo y perpetuar así, a través de la palabra poética, que es esencialmente profética, la mirada eterna e infinita que nos determina como seres que existimos para vivir en libertad.

miércoles, junio 21, 2006

DELFOS



Nosotros que partimos para esta
peregrinación miramos las estatuas
quebradas, nos olvidamos de nosotros
y dijimos que no se pierde la vida tan fácilmente
Yorgos Seferis.






Cerca del Parnaso, donde moran las musas, en el monte de Fócida, Delfos se abre como un inmenso santuario místico dedicado a la memoria de Apolo, el rectilíneo dios a quien la Pitia, la gran sacerdotisa griega, dedicaba sus oráculos. De Pitia deriva el término Pitón, serpiente o demone que trae el saber desde su hendidura debajo del trípode donde la sacerdotisa meditaba y entraba en trance. Para llegar al lugar se accede pasando por una serie de lugares de amplios y majestuosos pinos, también por el estrecho de Corinto que aún, después de tantos siglos, conserva su imponente estructura por donde las naves transitan en su silencioso andar. Desde arriba los barcos se aprecian como diminutas presencias que lentamente pasan, enlazadas a las gabarras que las llevan amarradas a sus proas. El santuario délfico conserva todavía la extraña emoción de haber sido visitado por dioses, héroes y reyes. También por las sacerdotisas, los poetas y los amantes. Quizá también por algún pastor o un extranjero. Ahora los instrumentos, los utensilios usados alguna vez para predecir el futuro, otorgar saber y humildad, se conservan en el museo del lugar como reliquias de un asombroso pasado. Delfos todavía es una de las ventanas místicas por donde se accede al universo de lo inmaterial. Desde esa ventana que aún huele a pinos y olivares, se aprecia la silente presencia de un mar lejano y profundo. Debajo de la hendidura donde se sentaba la sacerdotisa, el pitón dejaba fluir sus emanaciones que adormecían y preparaban el trance para que la pitonisa balbuceara palabras que eran interpretadas por los sacerdotes. Todavía se continúa este rito sagrado y quienes hemos conocido el lugar sabemos que allí mora la luz que viene desde el Oriente para iluminar a quienes, como iniciados en el sendero del ars poética y el apocalipsis (revelación) viajamos un día para conocer los senderos de un sitio de presagios, donde la divinidad se aprecia en la quietud de los envejecidos pinos, olivares y el exquisito sabor de la vid que mantiene intacta su heredad como fruta incomparablemente ácida y a la vez dulcísima, sin semillas y de piel casi transparente. En su reposo, el museo conserva los vestigios de lo que alguna vez fue Delfos. El Fénix a la entrada del sitio, mantiene sus alas en reposo, esperando el momento para desplegarlas. A la izquierda se encuentra una sala semicircular. Una semi luz deja apenas ver la figura de tamaño natural que está al medio de la sala. Una verdosa imagen de un mancebo que en su quietud espera a su anhelado amo. Es el famoso Auriga o Carretero. Tallado en bronce. De impresionantes rasgos, su mirada reposada y serena deja entrever la majestad de quien alguna vez fue en lo humano el preferido de un noble. Pudo ser Anasilao o Cratístenes o Baltos o Polyzelos. Tampoco su tallador ha sido conocido, pero sabemos por algunos detalles, sobre todo el de sus venas en el cuello, que pudo ser Pitágoras, el maestro de Samos, quien esculpió al mancebo, tan semejante a Dios y a todo aquello que refleje la trascendencia y lo divino. Lo que resta de esa imagen, después de haberla apreciado y observado durante más de tres horas, es una infinita voz que en el fondo de mi alma se ha quedado oculta y que en las altas madrugadas deja salir desde su silente hendidura, la palabra sagrada que aún me anima a vivir, a amar y a esperar el nacimiento a la otra vida, esa cercanía a la voz antigua del hombre, tan humana, tan colmada de fe, esperanza y amor.

ENTRE LA LOCURA Y LA CORDURA




Se dice que entre los antiguos helenos la locura era vista como cosa sagrada y tenido a quien la padecía como cercano a los mismos dioses. Se pensaba que quizá era así porque quien la padecía había realizado demasiados negocios y esto le había restado tiempo valioso para cultivar su ocio. Ocio era el tiempo para el reposo del alma y para entrar también en el tiempo de la labor del intelecto. Contrario a esto estaba el negocio (neg-ocio) estado según el cual el hombre entraba en conflicto con su entorno y semejantes, creando dificultades en su hacer.
Por eso, cuando en la antigua Hélade alguien enloquecía, se encontraba en una especie de estado intermedio, entre el ocio y el negocio. Quizá haya sido esta antigua manera de entender la vida lo que impulsó a Alonso Quijano a devenir en semejante figura alada, seca y afantasmada, conocida universalmente como Don Quijote de la Mancha. De tanto negocio que realizó en su vida, muy semejante a la del Otro, “personaje” dentro de su propia historia, Miguel de Cervantes Saavedra, quien reiteradamente vagó por las campiñas de Europa hasta el norte de África, en variados y contradictorios negocios que le fueron secando el alma y le llenó de privaciones; esta segunda proyección de su desboblamiento (Alonso Quijano) es la cuasi realidad de un estado mental que ciertamente parecería de locura, pero que en nuestro mundo, cada vez parece más verosimil y por tanto, aceptado y compartido. Es ese estado cuando penetramos un tiempo-espacio donde todo es posible, creíble y por tanto, realizable. Es el “yllo témpore”. Tiempo y lugar donde tenemos la posibilidad de ser eternos y estar, por tanto, capacitados para desarrollar la capacidad de “vitalidad” para potenciar (de potens) nuestras particulares historias. Ese el tiempo que en lo humano desarrollan de manera natural los niños y que los adultos mayores, perciben en sus momentos de insomnio y duermevela. Por eso para nosotros es tan cercana la figura triste, sea del Manco de Lepanto sea del mismo Don Quijote. Durante generaciones ha existido una especie de íntima fraternidad, de secreto compartido que se hace familiaridad y deviene en hermandad afectiva entre Don Quijote y nosotros. En la narración existe una exterior y superficial justificación para acceder al estado de la locura, entre otras razones, por el agotamiento en los negocios que atiende Quijano, su edad que ya supera los 50 años, los tiempos de insomnio, quizá ese celibato enmascarado y hasta la ingesta de granos. Para eso Quijano manda traer a su cuarto de convalescencia hasta al mismísimo barbero, quien le atiende en todo cuanto le acontece. Sépase que hasta muy entrado el siglo XVIII, los barberos no sólo tenían bajo su responsabilidad la labor de afeitar, cabello y barba, sino también el de efectuar sangrados, como se evidencia en documentos de la época, en la Venezuela de mediados del siglo XVIII. Dice un barbero que reclama aumento de salario: ”la rasura del Colegio Seminario en cuia virtud, y en la de no ser de menor consideración el trabajo del suplicante, pues no sólo se reduce al de afeitar y pelar sino también al de sangrar, sacar muelas, sajar, rebentar apostemas, habrir bejigatorios y hacer todo lo demás anexo a su oficio.” Por eso Alonso Quijano tenía a su barbero quien le servía en todo lo que era la sanidad del cuerpo. Pero nos interesa más a nosotros la aparente locura del caballero de alada figura y hasta dónde resulta cierta la razón que nos dicen de su enajenación. Locura incierta y posiblemente más un estado de vivencia de atemporalidad donde se accede a la múltiple realidad. ¿Habría llegado Cervantes-Quijano-Don Quijote antes que nosotros a experimentar eso llamado hoy “realidad virtual”?. Sea cierto o no, la verdad real es que seguimos apegados a ese caballero alado, quien constató en su propio andar la experiencia de unos caminos por donde todos ahora transitamos, sin mucho ruido pero con mucha certeza de eso posible y creíble: “la utopía realizada.”

LA SERENÍSIMA


Desde el campanario de la torre que está en la isla del monasterio de San Giorgio Maggiore, desde 1951 sede del Instituto Cini, la ciudad parece una gigantesca escenografía. El Palacio Ducal se ve inmenso y más inmenso es su interior al presenciar las gigantescas pinturas del Tintoretto, como el Paraíso. Saber que desde sus innumerables estancias, todas decoradas con frescos, retablos y pinturas renacentistas, discurría la dinámica de la vida cultivada con la más exquisita y refinada vocación por la belleza y sus encantos. Allí los antiguos dux (jefes) desempeñaban las funciones públicas en nombre de las diez familias más ricas de la ciudad, quienes estamparon sus nombres en el libro de oro de la naciente urbe del renacimiento. La ciudad se fundó hace más de mil años y desde entonces el sol enrojecido del atardecer, no ha cesado de distinguir esta obra humana erigida al silencio, a la contemplación y al amor.

De la República Serenísima de Venecia recuerdo sus estrechas y laberínticas calles, recodos, puentes, plazas, plazoletas y sótanos donde yacen las sombras de antiguos seres que día tras día lograron establecer un sitio para vivir, entre la tierra firme y el Adriático, huyendo de persecuciones y enfrentamientos. Allí, justo en la laguna (o lacuna) ese sitio de nadie o de nada, los obstinados hombres junto con el resto de sus familias fueron uniendo los tres grandes islotes arenosos de Iesolo, Torcello y Malamacco, para ir tendiendo cientos de puentes con otros más pequeños hasta reunir cerca de 181 islotes y fundar la República en la inmensa laguna. En sus días de esplendor y gloria logró dominar las aguas de la mar hasta más allá del horizonte. Tuvo Venecia más de 400 mil almas. Hoy sólo quedan apenas cerca de 40 mil. Viejos la mayoría de ellos pero llenos de esplendor, felicidad y oropel. Los venecianos no suelen salir siempre de sus casas. Sólo después del atardecer y cuando ya los miles de turistas dejan las calles vacías, los venecianos comienzan su casi obligada ronda al legendario teatro La Fenice, no tanto para presenciar la puesta en escena de algún clásico de Pirandello, sino para lucir sus encantos. Las mujeres se cubren de sedas, oro y exquisitas fragancias mientras miran distraídamente sabiendo que las observan. Recuerdo a Venecia como el sitio donde transitaron seres arquetípicos, como Casanova, el maestro Tiziano, Palladio, Rousseau, Borges, Carpaccio, Veronese, Thomas Mann, Proust, Hemingway, lleno de vino tinto y crónicas, Vivaldi, Monet. Todos pasearon su silencio por la plaza de San Marco y se santiguaron frente a la basílica y admiraron los elegantes caballos de su fachada y elevaron sus miradas para ver el Campanille y la Torre del Reloj y seguramente tomaron un digestivo en el elegante Café Procope. De Muerte en Venecia recuerdo la vez que presencié una proyección pública, de nombre homónimo, en una de las tantas plazas de la ciudad. Sobre una vieja pared se proyectaba la esplendorosa cinta de Lucchino Visconti. Mientras transcurría la película yo iba introduciéndome en los personajes y la ciudad; la historia del famoso maestro, Aschenbach, que viaja al Lido de Venecia, ya anciano, y se encuentra con el joven Tidzio, suerte de erótico Adonis de quien se enamora hasta fallecer mientras la hermosa figura masculina del joven, metido en el mar, voltea su rostro y fulmina con su mirada al maestro quien en la orilla se desvanece. Desde la torre del campanario, a lo lejos, se perciben hacia la derecha otras pequeñas islas, como Burano y Murano, esta última sitio donde el soplado del vidrio trasluce la mirada citadina que pareciera quebrarse de tanta fragilidad. Así mira Venecia. También está la isla cementerio de San Michele. Amurallada y mostrando apenas los copos de los olorosos cipreses. Allí mi mirada se posó sobre la tumba de Ezra Pound. Sólo las sombras lo visitan. Su tumba en verde está oculta entre altas hierbas y despojos de medias cruces y alas de ángeles marmolizados. También está Stravisnky en un silencio de armónicos matices. Recé en la lejanía mientras las campanas anunciaban el mediodía.La Serenísima está cruzada por centenares de grandes y pequeños puentes, como El Rialto, sobre el Gran Canal, o como el Puente de Los Suspiros, detrás del Palacio Ducal. Por donde lanzaban a los ladrones y criminales, permitiéndoles un último suspiro antes de lanzarlos atados al canal. O también el amoroso Ponte dell’Umiltá, discreto y blanquísimo, como casi toda la arquitectura citadina, llena de esa piedra de istria. Hacia la izquierda mi mirada busca la fachada de la Universidad de Venecia. No la identifico ni tampoco supe de mi amigo argentino René Lenarduzzi, quien se vino acá para ser lector de español en la antigua academia. Sólo el comedor aún conserva el olor del aceite refinado de la oliva y las aromáticas hierbas de la cocina veneciana.

Venecia y los venecianos están unidos al mar desde su fundación cuando el dux celebraba la unión de los ciudadanos con el mar y en señal de agradecimiento por su ascensión, lanzaba un anillo de oro al Gran Canal; los habitantes realizan sus fiestas mayores en las aguas de la laguna. Allí lanzan fuegos artificiales, pasean sus negras y adornadas góndolas mientras toda la ciudad es un festín, entre una semiluz que se refleja en las aguas y las miradas de mujeres bellas que muestran su dulzura desde ventanas y balcones.Es la ciudad del peregrinaje para los artistas, para los amantes y para los silenciosos. Pero también la Serenísima está llegando a su fin. Los venecianos la abandonan lentamente, como imperceptiblemente se oculta bajo las aguas de la laguna. Ahí quedarán las bellas iglesias, conventos, monasterios y prostíbulos, junto con el mercado, las fondas, trattorías, pizzerías, tavolas caldas, y la mirada distraída de sus habitantes, quienes fueron dueños de un pasado de esplendor y lujo, libres mercaderes y apasionados amantes. Pasaron por la administración del dominio austríaco y la invasión de Napoleón, en 1797, quien destituye al último dux, Ludovico Manin, hasta que el reino de Italia se la anexa, en 1866. Pero los hijos de la Serenísima antes de ser italianos son venecianos y así lo declaran una y otra vez. Sólo la pizza parece haberlos dominado. Hoy Venecia está plagada de locandas y pequeños centros donde se ofrece todo tipo de pizza. Triste destino éste de la Serenísima: descender lentamente al fondo de la laguna impregnada de pizza y murmullos de turistas.