lunes, junio 19, 2006

EROTISMO Y RELIGIÓN


Garantíseme la castidad y continencia,
aunque no todavía.
San Agustín. Confesiones.

De joven, el libertino Agustín de Hipona (Egipto, 354-430 d. N.E.) no podía rehuir los deseos que le provocaba su amante por lo que decidió ingresar al naciente cristianismo. Fue luego un furibundo defensor del celibato y la pureza del cuerpo, que debía ser sometido a los mayores tormentos para ser purificado.

El cristianismo acentuó en sus primeros tiempos la persecución de los placeres del cuerpo como opuestos a la búsqueda de la santidad. Sin embargo, el mismo Jesús jamás negó estos placeres y por el contrario, sabía que entre sus seguidos más cercanos, Pedro, Simón, Felipe y su íntima compañera y primera discípula, María de Magdala (sacerdotisa de la secta) había una permanente y normal aceptación de la sexualidad y el erotismo como prácticas comunes, entre la sociedad judía.

La antigüedad siempre mantuvo una estrecha relación entre el cuerpo, como símbolo de placer y recipendiario del alma, y el éxtasis orgásmico, como vinculantes en las prácticas religiosas. Esto podemos verlo aún en las culturas orientales donde el erotismo, como símbolo de vida, es condición para un acercamiento con la divinidad a través de las prácticas religiosas. Jesús de Nazareth, en la tradición judía, no ocultaba la atracción que le producía estar en la presencia de la sacerdotisa María de Magdala, a quien miraba directamente a los ojos, aún siendo ella mujer casada y madre.

El erotismo es una de las experiencias del ser humano que más directamente lo vinculan al estado de éxtasis, tan cercano a la plenitud del alma, que directamente enlaza con la experiencia de la absoluta iluminación interior (Deus) entendida en las culturas grecorromanas, como brillantez o luminosidad. El estado erótico, más allá de las interpretaciones fisiológicas y psicológicas, establece una religión (de re-legare: volver a unir) entre el hombre y dios, a través de las sensaciones de la piel, como naturaleza que, lejos de ser impura o depravada, genera las condiciones naturales para acercarnos a la divinidad. Por ello, y aún cuando en el concilio de Nicea, el naciente cristianismo condenó a los obispos a jurar votos de castidad y celibato; pues en la intimidad de la vida cotidiana se siguió (y sigue) practicando la vida erótica de la sexualidad como uno de los dones naturales a los que tenemos derecho para practicarlo y disfrutarlo a plenitud. Sabemos que entre los papas romanos hubo más de uno que procreó y hasta tuvo amantes, como Alejandro VII, descendiente de los Borja valencianos, apellido italianizado e inmortalizado como Borgia. Dos hijos famosísimos, César y Lucrecia, configuraron por un tiempo, casi un siglo, el dominio de esta familia en la Roma vaticana del Renacimiento. Libertinos, sodomitas y altamente practicantes de la lujuria y el erotismo, pues al mismo tiempo cumplieron el papel de otorgar a la Iglesia católica el poder político necesario para implantar un modelo de vida sexual cerrado y casto. Contradicción que parece hoy una de las más graves hipocresías del modelo cultural europeo frente a las nuevas realidades del mundo abierto y más proclive a entender el erotismo y la sexualidad, como maneras naturales entre todos los seres humanos.

Quien desee saber cómo disfrutaban de su erotismo y sexualidad los antiguos descendientes de Jesús, puede leer el esplendoroso poema Cantar de los Cantares, en la Biblia, y sabrá del alto sentimiento erótico entre los amantes, quienes sin restricciones expresan su sexualidad y deseo orgásmico, como símbolo de placer entre quienes se sienten vivos y descendientes del más puro y noble propósito divino: dejar que la piel desnuda descargue en su humedad los jugos de la doncella en el anhelo de la desfloración mientras el amado derrama en su ombligo, el vino de la seducción para beberlo hasta acercarse a la fruta que esplendorosamente arde de eróticos deseos. Ese acto amatorio es muestra de la más alta y exquisita experiencia místico-religiosa que jamás se haya escrito en la humanidad.

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