viernes, julio 28, 2006

VIVENCIA DE DIOS



Experimentar el abandono de Dios desde la infancia es sentir la caída y fusión en un todo que inevitablemente mostrará nuestro vacío interior.
Aherrojados como hemos sido, buscamos un punto donde asirnos; esa torpe y humana condición del temor a Dios. Y si el protagonista viene a ser una mujer, la experiencia que vive del abandono de Dios será mayor, considerada ella –en los textos sagrados- como un ser “hecho de masa informe e impura”.
La vida de Lou Andreas Salomé –Rusia, 1861-Alemania, 1937- se inserta en esa temprana vivencia del ser humano por lo sagrado y profano, Dios-Demonio. Su vida y su obra están dirigidas a la búsqueda de una condición humana que permita la visión “andrógina” de Dios, situación que en un momento le llevó al más puro ateísmo y a la reafirmación de la libertad de la mujer como ser pensante y transformador de una realidad.
Su íntima amistad con Friedrich Nietzsche y Paul Rée, filósofos que vislumbraron en sus obras los inicios de lo que más tarde se conocería como el psicoanálisis. Sus amores con el poeta Rainer María Rilke, su ferviente amistad y devoción por el doctor Sigmund Freud, y el respeto por su marido, el profesor de lenguas orientales Carl Andreas, permitieron a Lou Salomé situarse en el más avanzado pensamiento humanista de la Europa de finales del siglo XIX. La visión que ella tiene del mundo, del hombre y de Dios –un Dios construido con las cenizas dejadas por la experiencia de la infancia y el pensamiento de Nietzsche- van a iluminar a la “intelligentzia” europea, algunas veces de manera irrespetuosa, otras a partir de su lucidez y rigor analítico como adelantada en las sesiones de terapia psicoanalítica, en los círculos intelectuales de Viena o Berlín, frecuentando las tertulias junto a Carl Gustav Jung y Adler, discípulos de Freud, o en los conciertos ofrecidos por el genial compositor Richard Wagner.
La obra de Lou Andreas Salomé es la pasión de un ser humano por la vida y su religiosa dedicación al amor y la amistad como energías vitales directamente ligadas a la idea de un Dios profundamente humano y accesible al pensamiento y acción del hombre. Tal vez es esa idea grecorromana del dios que participa de la vida del hombre: que va al hogar, a lo pueril e intrascendente, que comparte la mesa y el mendrugo de pan, los juegos, amores y la soledad. Así concibe Salomé a su Dios, construido desde una infancia de imágenes contradictorias sobre la divinidad, a veces falsa en otras cruel.
Su juventud, que transcurrió en San Petersburgo, estuvo marcada por la obsesión de dos sacerdotes –Hermann Dalton y Hendrich Gillot- que le llevan a un alejamiento de la idea de un dios construido a imagen del hombre. Renuncia a ese dios hipócrita y obsesionado por la maldad y crueldad.
La vida de Lou Andreas Salomé es la pasión de un ser humano por la libertad de pensamiento, la visión-pasión por un Dios y un mundo ligados íntimamente a la realidad del hombre y su forma de actuar en la sociedad.










































jueves, julio 27, 2006

DAS TESTAMENT





me impulsa el deseo de seguir una vida
plena, una vida que esté llena de regocijos
espirituales...una vida que me diferencie
hasta de mis antepasados.
Bárbara Lezama. Carta a la madre.


Releyendo el libro póstumo de Rilke, El Testamento, descubro que escribí al margen de una de las páginas, apenas dos líneas “La errancia es el estigma de lo humano”. Ahora cuando medito sobre ello me doy cuenta que estoy en lo cierto. Siempre andamos vagando por la vida buscando “algo” que nos ancle, que nos permita deslizar nuestra raicidad al fondo de la vida. En esta obra el poeta de las elegías duinesas contrapone su propia vida humana, de hombre solitario, a la del creador. Esa contradicción la llevará hasta el final de su vida. El Testamento son anotaciones, especie de un diario construido mientras paralelamente va creando su más anhelada obra, Las Elegías. Ese canto a la vida desde la mirada del ángel. Al margen quedan sus notas donde la serenidad alcanza parte de un discurso que se inicia como introducción dirigida a un lector ficticio, tal vez él mismo. Un decirse, contarse a sí mismo la vida. Luego viene el tránsito por la incertidumbre creada por la Guerra del año 14. Ecos en la lejanía de un espacio-tiempo ajeno al poeta pero al mismo tiempo que le duele, lacera su vida y su entorno. Allí aparece esa lucha, esa contradicción entre creación y destino humano. Servir para un fracaso como hombre en la majestuosidad de la creación, tal ha sido la obra de Rilke. Sin embargo el poeta se ve arrastrado por el destino a participar de esa confrontación ajena. Participa como un niño que debe realizar una tarea que no le agrada, pero que de todas maneras cumple por ser impuesta. Aparta, como bien lo declara, su juguete más preciado, su obra poética, mientras realiza su labor de hombre sometido a las pasiones de un destino donde otros hombres se destrozan los cuerpos y almas. Regresa al final de la Guerra a su creación. Va de ciudad en ciudad, mientras contempla la Europa destruida por la maldad y la insanía del Poder. La miseria, la soledad y la melancolía marcan la huella humana en Rilke. Es huésped en castillos y casas señoriales. Y en todas ellas va prefigurando el rostro de una vida, la del Hombre, que progresivamente se diluye en su tránsito por una errancia que nunca termina. Ese diluirse se deja claramente intuir cuando describe la impresión que le dejó la obra Madonna de Lucca, del pintor Jan van Eyck. Describiendo el cuadro el poeta afirma: “de pronto, me vino a la conciencia que, durante todo el tiempo, había pensado: ¿A dónde? ¿A dónde? ¿A dónde, hacia la libertad? ¿A dónde, hacia el sosiego de la propia existencia? ¿A dónde, hacia la inocencia, de la que uno no puede prescindir por mucho tiempo? Llegué a mí mismo, atento, incluso con tensión, como si de pronto una reflexión nacida muy adentro se lanzase hacia el exterior, me hundí en la hoja recién abierta ante mí. Era la llamada “Madonna de Lucca” que ofrece el delicioso pecho, encantadora, envuelto en su rojo manto. (...) Y de repente deseé, deseé, oh, deseé con todo el fervor de que mi corazón era capaz, deseé ser, no una de las dos pequeñas manzanas –del cuadro- no una de esas manzanas pintadas en el alféizar pintado: eso era algo que me parecía excesivo...No: deseé ser la sombra dulce y minúscula, la sombra insignificante de una de esas manzanas...este fue el deseo en el que toda mi esencia se contuvo. Y cual si fuera posible que se cumpliese mi deseo, o como si ya con este simple deseo se me ofreciese una comprensión milagrosamente cierta, acudieron a mis ojos lágrimas de gratitud.”
La poética en Rilke es un estarse en la quietud del alma. Volverse absolutamente transparente en la realidad de una vida que se siente y participa mientras se olvida todo dolor y toda angustia de lo cotidiano. Trasciende desde esa misma soledad y esa misma miseria humana: como la guerra, la maldad y el apego a lo fatuo, para instalarse en la alegría de la más pura y exquisita plenitud del gozo por la existencia. Eso que colma desde la lejanía interior: el majestuoso amor por la amada ausente. La inalcanzable realidad femenina nunca satisfecha y que siempre deja su sombra, su huella en el andar de los días. De ello Rilke sentencia: “Lo que empuja a aquellos hombres a su marcha errante, a la estepa, al desierto...es la sensación de que a su muerte no le complace la casa en que vivían; de que no tiene sitio en ella.” Alguna vez, cuando el hombre vuelva su corazón y su ser al “ars poética”, la vida será más digna, más plena, amorosa y ardorosamente como “llama de amor viva”.

viernes, julio 14, 2006

ESCRIBIR SOBRE UN LIBRO DE ORO


Lo más globalizado que puede existir en esta vida es la lectura y con ella, el libro. Como el amor, la vida y la muerte, el libro aparece como objeto universalmente contenido en todos los pueblos. Antes se los usaba para actos trascendentes, como los hechizos, las maldiciones, la transmigración de las almas o para servir de escudo ante la arremetida de los bárbaros. Sobre esto último quisiera ahondar un poco. En la Venecia de finales del seiscientos, Alessandro Marcello, ese exquisito músico de los cantos celestiales con el oboe, describe en su soledad la gran pasión que le producía contemplar la laguna y el Gran Canal de su adorada y Serenísima Venecia, después de leer un libro. Y es que la lectura actúa como escudo ante la permanente arremetida de los bárbaros y la barbarie, llamada ahora mal gusto. Porque de mal gusto está hecho el mundo. Por eso existen los libros, entre otras cosas, para conjurar tanta banalidad, trivialidad. Ellos se desprenden de la misma sabia del árbol cósmico o axel mundi. Liber, corteza de árbol, fue el soporte que usó el hombre para pasar de la liber menti u oralidad a una más amplia memoria, como lo es el libro: sea este inicialmente escrito en piedra, arcilla, papiro o en plástico u hologramas de la era actual. Así las cosas, el libro siempre ha sido un aliado nuestro en la defensa contra los bárbaros, esos seres ajenos, extraños, extranjeros que merodean a nuestro alrededor y constantemente nos intimidan, nos acechan y buscan destruir el vínculo original entre nosotros y lo más íntimo que tenemos: el lenguaje hecho texto.
Por eso los libros se deben sentir. Al abrirlos se nos abre a la vez un mundo donde el Otro nos revela su intimidad. Esa aproximación, ese rozarse las puntas de los dedos implica una manera de comunicarnos desde el ser que subyace en cada uno: y es la monologización, más que el diálogo, lo que permite, a través del silencio activo de la lectura, alcanzar la plenitud de penetrar los espacios donde un autor nos habla y nos revela otros mundos, otros universos, siempre en estructuras metafóricas, lo que antecede a lo más trascendente, esa oculta permanencia donde lo barbárico no tiene asidero ni se practica la miseria de la mezquindad de las lecturas triviales, enajenantes y que mutilan el alma. Por eso también se hace imprescindible regresar a las primeras lecturas y al primer libro que todos hemos de alguna manera leído: el libro de la vida; sus contornos, sus bordes, sus olores, sabores, sonidos y colores, junto con las formas infinitas que paulatinamente hemos incorporado a nuestra experiencia lectora. Es la vida misma y el mundo el libro más intenso que leemos todos. Esos códigos son la esencia que posteriormente nos posibilita adentrarnos en las particularidades de los libros que encontramos en la ruta de nuestra andanza vital y que ya no nos permiten ser iguales al semejante ni menos bárbaros.
Recuerdo mis primeros libros y también donde estaban. En la Venezuela de inicios de los años sesenta, cuando las persecuciones políticas arrasaban cuanto hogar se decía de avanzada, la policía política de aquellos años llegaba a mi casa pasadas siempre la medianoche y entre empujones a mis padres e insultos a mis hermanas, nos interrogaban para que entregáramos a mis dos hermanos que estaban militando en grupos subversivos. Luego venía la requisa junto con las torpezas mientras destrozaban nuestros muebles y los bienes más preciados: los libros. Así, entre lágrimas de un niño de apenas siete años, ví como se llevaban mi libro marrón donde estaban las historias de la cucarachita Martínez y el ratón Pérez, también los libros sobre filosofía y hasta fotografías, libros de arte, de cocina y la misma Biblia. Por eso, antes que llegaran esos bárbaros, pues nos íbamos al patio y hacíamos huecos para después enterrar, en bolsas de plástico, nuestros libros. Después que los bárbaros se iban, por la mañana me dedicaba a desenterrar los libros. Así conocí a Kafka, a Rilke, el bello título Así se templó el acero, El Principito, La Madre, de Gorki. Los limpiaba con cuidado y reverencia. Y también los leía con avidez, en mi ingenuidad por creer que eran amigos de mis hermanos y también clandestinos como ellos. Por eso cuando leo un libro en mí se despierta una íntima gratitud de existencia, un agradecimiento por la compañía que dieron a mi niñez, y por acompañarme también en mis silencios. Leer libros es la experiencia más globalizadora que pueda existir. Porque el libro no tiene fronteras. Él establece sus propios límites. El libro escapa a cualquier alcabala donde los bárbaros se esconden. Allí hay un discurso de la intimidad del ser. Hay una pasión que se desborda y construye redes de redes donde transitamos junto con personajes, tanto de carne y hueso como aquellos tan importantes y trascendentes, como una simple hoja, o un cocuyo. Es esa luz que viene del fondo, esa voz que habla nuestro anhelo de real y verdadera libertad. Y esa libertad está más dentro de nosotros, en la amplitud de nuestro lenguaje, que en los límites físicos de una frontera regional, nacional o internacional.
Alessandro Marcello para mí seguirá en su mirada silente frente al Gran Canal de su Serenísima Venecia, en los atardeceres donde el sol se enrojece y se oculta. Quizá escuche en ese silencio el adagio para oboe mientras lee la tarde de su amada cittá. En un libro de oro quedaron grabados los nombres de quienes fundaron la que una vez fue la Serenísima República de Venecia. Y en los acordes de su concierto se continúan escuchando las voces de esos personajes que viven y espantan bárbaros…

martes, julio 04, 2006

MIRAR MIENTRAS SE NOS VA LA VIDA




Tu ombligo es un ánfora redonda,
donde no falta el vino. Tu vientre
un montón de trigo, de lirios rodeado.
Tus dos pechos, cual dos crías
mellizas de gacela.
Cantar de los cantares.

A veces se siente una tristeza en lo hondo, un deseo de abandonarse, declararse en silencio, no decir nada más. Dejar que el Otro interprete, desde su ángulo de aparente verdad, lo que quiera de nosotros, aún no siendo ciertas sus afirmaciones. Es que ya no importa nada más.
A veces se sienten unos deseos inmensos de esconderse, de encerrarse hasta más allá de la vida. Donde todo propósito no tenga mayor asidero. Ya no importa nada de aquellos que hablan sobre nuestras vidas.
A veces se siente que no existe nada más que arriesgar. Toda relación es apenas un espacio para reconocer equívocos, existencias planas. No hay nada más que agregar.
A veces uno quisiera estarse a un lado del camino. Íngrimo y solo. Ya sin aliento de tanto sendero recorrido. Sin más razones para abrir los ojos y callar.
A veces, sólo algunas veces, uno siente ese deseo de verlo todo, de sentirlo todo, incluso de oler todo ese mundo que continuamente pasa a nuestro alrededor. Después sólo restan de esos rostros, de esos cuerpos, pedazos, partes que acaso reconocemos como nuestros, o que nos vinculan con alguna emoción, una semejanza. Alguna mano, una mirada de sensualidad, una pierna, una espalda, una cabellera negrilarga, la zona erógena donde todo deseo alcanza su emoción con el rápido paso del anonimato. Después sólo son pedazos de vidas, pieles, colores, la sugestiva presencia de un alguien que no encontraremos más. Entonces sólo queda ese instante que sirve para atraer existencias que adquieren vida e importancia entre los resquicios de una cotidianidad que se aprende a soportar por el paso de quienes jamás volverán.
Entonces uno vuelve otra vez al lugar donde se inició. Quizá un poco más cansado, con menos prisa. Volvemos a reconocer rostros, sonido de voces, gestos que nos atraen por nada, por ese sentido del querer mirar por pura curiosidad. Observando cómo los otros se desplazan por nuestro alrededor. Después apenas un bostezo por dentro, un desgano, una vuelta a la rutina de la vida.
Así vamos juntos, con nuestra pesada humanidad congestionada y contradictoria. Acaso supondría exponer una explicación, hacer una conjetura sobre aquello por lo que estuvimos divagando. Pero no es esto lo que se busca. Son acaso dudas, temores antiguos, ese lugar mítico, ese centro que una vez tuvimos y donde todos los rostros, todas las carnes, nuestros huesos y sudores, junto con nuestras miradas y pasiones, eran una sola envoltura. Acaso fuiste tú, quien lee esto, una pequeña lágrima de este mar que es la vida y hoy estás acá tan cerca, tan hermanad@ en este no decir nada.

sábado, julio 01, 2006

LECTURA Y POLÍTICA EN LA LITERATURA VENEZOLANA



Venezuela fue uno de los primeros países en Latinoamérica que en la década de los 70’ estructuró una Política Nacional de Lectura. Consecuencia de ello se formó la Comisión Nacional de Lectura, conocida posteriormente como Fundalectura. Igualmente, nuestro país fue el primero en Latinoamérica que organizó un Plan Curricular para formación de profesionales de cuarto nivel, con la Maestría en Lectura que organizó la Universidad de Los Andes, a mediados de los años ’80.

Desde finales de los años setenta y a lo largo de la década de los ochenta y parte de los noventa, las universidades venezolanas, particularmente las republicanas, democráticas, autónomas y públicas, orientaron al Estado venezolano sobre la necesidad de establecer en el currículo nacional la visión de la Lectura, y el área de lengua en general, como eje transversal a través del cual gira todo el andamiaje pedagógico en la formación integral del alumno.

En todas las capitales de los estados venezolanos existieron las denominadas Comisiones Regionales de Lectura. Organismos que establecieron las metodologías y la integración de los postulados teóricos de los especialistas universitarios, con la experiencia de los docentes en servicio de las escuelas, tanto nacionales, regionales como municipales, estructuradas de esa manera para aquellos años.

Que sepamos, esa ha sido la única vez que el Estado venezolano ha solicitado la participación de los especialistas universitarios para el desarrollo de la Política Nacional de Lectura y Escritura. Otros proyectos desarrollados en años anteriores, coadyuvaron para consolidar esa política nacional, como los programas desarrollados por el CENAMEC, PDVSA y hasta la misma Oficina del Despacho del Ministerio de Educación, con la denominada Comisión para la Orientación, Enseñanza y Uso de la Lengua Materna (COEULM).

Esa experiencia, junto con las reflexiones de los especialistas universitarios permiten indicar la fortaleza intelectual de quienes hemos participado a lo largo de más de quince años, en los procesos de lectura y escritura. Los especialistas nacionales, la gran mayoría de ellos actuando hoy en las aulas de las universidades públicas nacionales, tanto en investigación como en docencia, de pre y postgrado, hemos recogido una rica experiencia que es preciso revisar, a la luz de las nuevas visiones que sobre el tema de la lectura, se ofrece en la actualidad.

Dentro de ese amplio campo de estudio, dos puntos nos parecen de importancia resaltar en esta reunión. El primero está referido a la formación del docente como lector y usuario de la lengua escrita (otros investigadores le denominan escritor, v.gr. María Eugenia Dubois). Utilizo este término para no generar similitudes conceptuales con el término escritor.

El docente venezolano, si bien está informado desde hace más de veinte años sobre las teorías en torno de la lectura y escritura, además del conocimiento de las estrategias y métodos pedagógicos para su implantación; mantiene aún hoy un descuido en su formación individual sobre este tema. Ha sido, básicamente, un mirada hacia fuera en su proceso de formación, capacitación y actualización educativa, en desmedro de una visión hacia adentro, hacia el ser persona. Esto nos indica que el docente venezolano está informado sobre procesos teóricos y metodológicos, pero no tiene criterios ni colectivos ni individuales, que orienten hacia la política del Estado venezolano sobre lo que se entiende como Lectura y Escritura. De esta manera, en la práctica se percibe este tema como una actividad que todos resaltan como de importancia en la formación del venezolano, pero que muy pocos, entre ellos el docente venezolano, tienen interés por desarrollarse como lectores independientes o fluentes. Existe una concepción de entender a los procesos de lectura y escritura como manifestaciones estéticas, que sirven para pasarla bien y que dan placer a quien la experimenta. Esto, obviamente, tiene mucho de verdad. Sin embargo, el planteamiento sobre la visión estética (-que a su vez supone un planteamiento formulado por la especialista Louise Rosenblatt) no traza el sentido amplio sobre este asunto. El goce estético está más vinculado a una visión aristotélica, de placer de los sentidos, que a una actitud de asunción consciente de la realidad. Por otra parte, se descuida la tendencia al proceso crítico, eferente, que supone una reflexión del por qué leo y escribo. A la acción de construir y re-construir universos de realidades que permitan transformar el entorno, tanto individual como colectivo. Y es aquí donde reside el sentido verdaderamente trascendental del acto de la lectura. Por eso la lectura es una experiencia que tiende a subvertir el “orden”, aquello supuestamente dado como cierto en nuestro mundo. En este sentido, afirmamos entonces que leer supone una toma de consciencia ante el mundo, una actitud proactiva de cambio significativo y transformador, tanto de nosotros mismos como de nuestra realidad circundante. Sea esta física, espiritual, psicológica o intelectual. Esto nos lleva a declarar que la lectura es un acto político, que el docente venezolano, sea como lector o como usuario de la lengua escrita, tiene y debe asumir los procesos de lectura y escritura, como manifestaciones de Política educativa. Pedagogizar (-del término más cercano a paideia) su acción educativa; como los antiguos aedos, juglares, trovadores y decimistas de nuestras culturas, quienes llevaron en su voz y cantos, la formación de sus comunidades, la historia oral del mundo.

Pero para ello, es preciso que el docente lea. Y cuando indicamos esto nos referimos a la lectura de libros vinculados más con los procesos estético-eferentes que aquellos impuestos por las materias que debe dictar. Libros de literatura nacional, de historia, de geografía, sobre temas de sus necesidades más cercanas: gastronomía, decoración, deportes, espiritualismo, ciencia ficción. Sin embargo, se debe variar la lectura a medida que se vaya desarrollando el interés por la lectura. Por eso hablamos de actitud más que de hábito de lectura. Actitud lectora nos indica capacidad para la reflexión, meditación, crítica, toma de consciencia y cambio significativo en el tiempo de la persona para leer. Mientras la otra, el hábito, es una postura más que todo física, especie de voluntad para leer.

El otro tema que deseamos compartir está referido al docente como lector de literatura. En este punto quisiera referirme, más que todo, al vertiginoso cambio que ha tenido nuestra literatura nacional. Me refiero a la estructuración de los programas de publicaciones de literatura venezolana. Contrario a como en años anteriores se destacaba en Venezuela, no existían mayores oportunidades para publicar, y aún peor, para promocionar y distribuir el libro editado. En Venezuela, creo que se están editando cerca de tres títulos al día. Aún lejos de la cifra indicada por la UNESCO para concebir a un país integralmente lector, de cerca de 10 títulos diarios. Según este organismo, un libro existe cuando al menos de él se editan 5000 ejemplares. En nuestro país apenas estamos comenzando a pensar ediciones de un mil ejemplares. Estadísticamente países como Francia poseen cerca de 20 libros per cápita, en Brasil alcanza 8 por habitante, y en Colombia cerca de 6; mientras en Venezuela el promedio es de 0,3 por habitante. No se llega a un libro por persona. En este sentido, quedan al menos, dos escollos por superar. Uno es la distribución del libro, que puede solventarse con una Política nacional de distribución, quizá a través del Centro Nacional del Libro. Situación ésta que no reviste mayores contratiempos. Lo decimos en función de la otra situación que es, ciertamente, la real problemática en nuestra sociedad: la baja lecturabilidad, tanto del venezolano medio, como de aquellos llamados al fomento de la lectura. Nos referimos al docente. Y en este punto, ya no me estoy refiriendo al maestro de la Primera Etapa de Educación, ni al de la Segunda, ni tampoco al profesor de Educación Media y Diversificada. Me refiero a algo quizá más delicado y dramático: al docente universitario, tanto de pre como de postgrado. Soy docente universitario desde hace cerca de veinte años, tanto en el área de pre como de postgrado. Precisamente en la Maestría en Lectura y Escritura de mi universidad. Y allí, como casi en la totalidad del campus universitario venezolano, la ausencia de interés por la lectura es particularmente alarmante. Los lineamientos de la UNESCO para concebir al analfabetismo funcional parecen tener en estos niveles sus más cercanos protagonistas. Y esto es así porque si bien el docente universitario está inicialmente alfabetizado (lee, escribe, suma y resta) en la práctica cotidiana plantea una serie de dudas sobre lo que es estar alfabetizado, por ejemplo, auditivamente, visualmente. Se le hace difícil adentrarse más allá del trazo del dibujo y el color, o de las notas musicales para diferenciar un adagio de una tonada.

No estamos acá exigiendo que el docente sea especialista en musicología o crítico de arte. Pero sí creemos importante y de exigencia del docente su formación integral, su ser y hacer. De ello deviene un docente integrado a una comunidad que le lleva a plantearse reflexiones sobre el mundo, en lo concreto. Y de esa experiencia vendrá el docente integrador; el individuo capacitado para contrastarse, tanto él como su comunidad, con otras comunidades. Esta es la verdadera visión de integralidad. De construcción de un nuevo paradigma donde la dimensión científica, la transdisciplinariedad, constituye el nuevo orden de saberes complejos compartidos en beneficio colectivo.

Por ello, la acción de enseñanza-aprendizaje de la lectura y escritura, y los procesos de difusión y promoción de la literatura venezolana, deben entenderse como actividades altamente políticas, pues constituyen la construcción de nuevos conocimientos en beneficio colectivo.