martes, julio 10, 2018

Humillar la academia

Mi esposa llega a la casa visiblemente consternada y entristecida. Me cuenta que en su universidad, en el Departamento de Matemática, a uno de los profesores lo encontraron en su sitio de trabajo medio desmayado. –Pero no quiso ser atendido. Se fue a dar su clase, me dice. Al rato me comenta que por las redes sociales, en su grupo de contactos, informan que el profesor Pablo Pérez fue rescatado por sus estudiantes, quienes tuvieron que hacer una colecta y comprarle dos arepas con queso. –Estaba tan débil que no podía sostener la arepa para masticarla, -me dice. –Mientras estaba explicando un ejercicio, de repente se desvaneció y lo tuvieron que sostener y sentar para que se recostara en su escritorio. El profesor Pérez tiene que caminar 60 cuadras para llegar hasta la universidad. De ida son 30 cuadras e igual de regreso. Si tiene suerte, se monta en el autobús de los estudiantes y se queda cerca de donde vive, por barrio Unión, en Barquisimeto. Con todo y doctorado no tiene capacidad monetaria para mantener su vehículo, ni tampoco para comprarse ropa ni zapatos. Todo eso me lo comenta mientras su mirada se torna enrojecida y la rabia e impotencia se traducen en palabrotas y maldiciones contra el régimen. Pero aunque le escucho, la imagen de otro profesor todavía la tengo grabada en mi memoria. Saúl Moreno es su nombre. Tiene las mejillas hundidas y una barba de varios días. Los ojos vidriosos. Encorvado a pesar de no tener más de 45 años. De voz amable y muy solidario. Su vestimenta es precaria y toda su humanidad delata la miseria y el hambre que padece. Esta es la cruel y devastadora realidad del Alma Mater en Venezuela. La universidad venezolana está en la miseria y ruina. El reducto de dignidad que por años blandía con orgullo y virtud hoy está siendo mancillado, ejecutado de manera planificada por el régimen totalitario. Quienes persisten como mi esposa son más que docentes, apóstoles académicos que acuden al Alma Mater para encontrarse con no más de 4 o 6 bachilleres. Salones de clases que antes se mantenían con 35 o 42 estudiantes, no quedan sino sombras con pupitres vacíos. Es que el régimen, de hecho, los está excluyendo del sistema educativo. La universidad venezolana, republicana, autónoma, democrática y pública está siendo ocupada por el hambre, la marginalidad y la delincuencia. El promedio de sueldo de un docente-investigador apenas llega a 1,5 dólares al mes. Yo sobrepaso ese mísero pago por contar con otra entrada, la de mi pensión. Así, llego a más de 2,5 dólares. Junto con el sueldo de mi esposa, 2,5 dólares, con todo y su orgulloso doctorado, sobrepasamos los de muchos docentes. Pero para sobrevivir tenemos que ponernos a hacer galletas, suspiros, tortas por encargo, y así llegamos vivos a fin de mes. Ya es raro cuando compramos jamón o salimos a un centro comercial. Descubrí por estas madrugadas que tomar agua amortigua el hambre y la engaña. Pero no puedo dejar de pensar en el profesor Pérez y el rostro del profesor Saúl me persigue. Ese rostro del hambre, del desespero y también de quien calladamente sigue adelante. No tengo casi palabras para rellenar este escrito. Todo se me convierte en imágenes, rostros demacrados, gente que veo por las calles, tristes, cabizbajas, silenciosas, solitarias. Las veces que he ido a buscar a mi esposa a la universidad politécnica no escucho las risas ni la bulla de los estudiantes. Todo se nota enmudecido. Todo está quedando en cámara lenta. Las personas miran al suelo como buscando una moneda perdida. Hace varios días fui a llevar un documento de mi esposa a una oficina. Era mediodía. Los empleados comían en sus lugares de trabajo. Apenas una sacaba un pedazo de pan y lo mordía mientras me recibía la planilla. Cuando salí, por los jardines llenos de hojarasca, varias personas estaban almorzando mango verde y arepas. Cuando me vieron, disimularon reírse y ocultaron la fruta. -Es que en la universidad todavía hay dignidad, orgullo y vergüenza. -Eso es una muralla contra la tiranía, pensé. Pero después, reflexioné y me acordé de la vez que viajaba con mi entrañable amigo y poeta, Abraham Salloum Bitar. Mientras conversábamos sobre la indigencia, de pronto él me sentenció: -Si yo cayera en la extrema pobreza, llevado por un régimen tiránico. Si me acorralan y tuviera que refugiarme debajo de un puente para vivir. Preferiría suicidarme. No sé cuál sea el pensamiento de los cientos de miles de docentes universitarios que están cayendo en la miseria material. Ese contraste entre riqueza académica, intelectual mientras apenas se sobrevive con poco más de 1 dólar, es inmoral, obsceno y ofende la dignidad de un profesional. No sé, ni quiero pensar en ese doloroso contraste que estoy describiendo. No tengo palabras para narrar la miseria que veo en la universidad. Su fuente casi inagotable que ha sido la producción de conocimiento, mientras se practica el sentido de la justicia, la libertad y la democracia como virtudes y principios del Alma Nutricia, están siendo fracturados en sus dos bases esenciales: su población cívica (estudiantes, profesores, personal administrativo y de servicio), y el presupuesto para hacer academia/producir conocimiento (investigación, docencia y extensión). La universidad venezolana, hoy, es un inmenso colegio donde apenas se ofrecen clases y prácticas teóricas sobre documentación desactualizada. Laboratorios, bibliotecas, publicaciones, centros deportivos y artísticos, así como proyectos y asesorías externas, han pasado a segundo plano o dejaron de funcionar por falta de presupuesto. En cualquier centro universitario venezolano se ven las huellas del hambre, tanto en los rostros y vestimenta de sus profesores, estudiantes y demás personal administrativo y de servicio, como en el absoluto abandono de sus áreas verdes e inmuebles. Los profesores Pablo, Saúl, así como mi esposa y tantos miles de docentes-investigadores están siendo acorralados por el hambre, la marginalidad y la delincuencia que permite el régimen totalitario. Pero hay que resistir, persistir y no desistir. Hasta más allá del hambre y la miseria resistiremos. Los estudiantes no se quedarán desamparados. Nuestro destino es luchar con lo mejor que sabemos hacer: producir conocimiento. (*) camilodeasis@hotmail.com TW @camilodeasis IG @camilodeasis1

jueves, febrero 01, 2018

Cultura y maldad

Alguna vez, mientras veía una película de la era nazi, escuché a uno de los personajes, creo era judío, quien se quejaba ante su verdugo alemán, e increpándole con dolor, le decía: -¿Cómo es posible que siendo ustedes alemanes y teniendo grandes pensadores, como Göethe, hayan desencadenado esta matanza en los campos de concentración? A lo que el soldado alemán, responde: -Ciertamente, para eso y más sirve nuestra cultura. Por eso somos superiores. Palabras más o menos eso resume parte del drama de las sociedades cuando la moral y la ética llegan a los mismos bordes de la degradación humana. Viene esto a colación pues termino de ver la entrevista que le realizó el periodista Jaime Bayly al editor Rafael Poleo. Entre ambos se formó tremendo escándalo porque Poleo calificó a Jorge Rodríguez, miembro de la “nomenclatura roja” como el hombre “más culto del régimen chavizta” ( https://www.youtube.com/watch?v=KTte6c2KC_w ) Obviamente, para ser honestos, no creo que Rodríguez sea el “más” entre los más cultos. Antes hubo mentores, como Uslar Pietri o Mayz Vallenilla o Pedro Duno, quienes tendrían más cultura que el ministro de información venezolano. Después habría que mencionar a Juan Barreto, doctor en semiótica y quien orientó las sutiles miradas, sonrisas y colores de Hugo Chávez. Pero Jorge Rodríguez, ciertamente, tiene lo suyo. En estricto sentido, Rodríguez es un intelectual. Al igual que el ex embajador de Venezuela en Italia, Isaís Rodríguez o Tarek William Saab, “el poeta de la revolución”. Habría que agregar también, a Luis Alberto Crespo, embajador de Venezuela en la Unesco. Jorge Rodríguez, para echar más leña al fuego, obtuvo su primer lugar en el Premio Anual del concurso de cuentos del diario El Nacional, con su obra Dime cuántos ríos son hechos de tus lágrimas, de 1998. Y como profesional de la medicina, tiene una especialidad en psiquiatría. Igualmente, ha sido docente universitario y jefe de residentes en varios hospitales venezolanos. En esto de culto creo que Poleo tiene razón. Indudablemente habría que revisar la historia venezolana y decir, por ejemplo, que Pedro Estrada, el jefe de la policía política del dictador Pérez Jiménez, la temible y terrorífica Seguridad Nacional, también era una persona decente, bien hablada, culta y mejor trajeada. Considerado como uno de los mejores policías del mundo, quien fue asesor de la policía francesa, y hasta escribió sus memorias. Pero, indudablemente, tenemos que ser honestos e indicar que la frase “Jorge Rodríguez es un hombre culto” en el ámbito donde se realizaba la entrevista, no fue lo más feliz. Se veía fuera de contexto, si aplicamos aquello del análisis del discurso o “a buen entendedor pocas palabras”. Y en ello, Jaime Bayly tiene razón. No venía al momento usar semejante frase en medio de una discusión, que, remite a contextos poco cultos, como el drama de la sociedad venezolana. Considero, sin embargo, que bien podría tomarse esta frase para analizarla y darnos cuenta hasta dónde han llegado los cultos, académicos, artistas e intelectuales venezolanos en esto de estarse a las orillas del régimen totalitario de Nicolás Maduro, y no usar su pluma para decir “esta boca es mía”. Porque, además de los nombrados, existen una serie de personajes quienes tienen sus cabezas metidas en los hoyos para pasar desapercibidos sin que los nombren. Hay mucho “culto” por ahí, desde las tascas del este de Caracas, el barrio latino de París, la vía Veneto en Roma, hasta Piccadily Circus, en Londres o el Moma de Nueva York. Otros, de menor pedigrí, han montado areperas o se han dedicado a la venta de rubros, como ropa, calzado y perfumes. Aquellos como a estos les apesta ahora Venezuela. Nicolás les parece aburrido, regordete y bobalicón. Lo desprecian al igual que a los “rodilla en tierra” (léase, antiguos “pata en el suelo”). Jaime Bayly tiene razón y yo me uno a él. Y en general creo que ciertos políticos opositores tienen el cerebro marchito o al menos, edulcorado de promesas y manjares. Además, hay mucha sangre consanguínea entre algunos políticos que impide ver la espantosa realidad de un país que se desangra, hora a hora, y muere de desnutrición, de infecciones, y que está enloqueciendo de tanta miseria y desesperación. Sí, Jaime Bayly, existen intelectuales canallas, hipócritas, defensores a ultranza de la barbarie venezolana. Ese silencio los hace cómplices, por acción u omisión, de esta tragedia del horror, de la diáspora de 4 millones de almas que vagan por el mundo en busca de un mejor porvenir. Y quienes quedamos aun viviendo en este cuero seco llamado Venezuela, agradecemos la solidaridad de quienes alzan su voz por nuestra tragedia. Nunca las buenas palabras pueden servir para elogiar a un monstruo, por muy culto que sea, cuando éste demuestra con su actitud la maldad y el sadismo contra la humanidad. (*) camilodeasis@hotmail.com TW @camilodeasis IG @camilodeasis1

martes, agosto 08, 2017

Aperturar

No siempre las palabras se originan por buen linaje. Eso llamado Etimología de las palabras. Gran parte de nuestro vocabulario, ese vernáculo, no aparece registrado en la partida de nacimiento oficial, formal, el Diccionario de la Lengua Española. Tampoco en los diccionarios de regionalismos. Eso no indica, sin embargo, que no existan, ni mucho menos que su uso esté prohibido. Son usos lógicos aunque puedan ser agramaticales Una de ellas es la que da título a nuestro artículo: Aperturar. Creo que comenzó a utilizarse hacia la década de los ‘90s., como traducción directa del inglés, “to aperture” en contraposición a “to open”. Quizá la forma abstracta terminó por ceder a la forma concreta, de allí que mientras en español usamos un solo verbo para acciones abstracto-concretas, el verbo “abrir”, en otras lenguas existen estructuras lingüísticas para expresar situaciones diferentes. Pero además, percibo que esto del uso del sustantivo “apertura” como verbo, “aperturar” debe estar justificándose en su uso, cada vez más generalizado, por alguna razón fonética. En toda la llamada cuenca del caribe hispanoparlante, es donde se sitúa la mayor dinámica de uso del español con la construcción de modismos y de neolenguaje. Tendríamos que detenernos en la pronunciación, tanto de [abrír] como de [apérturár] para darnos cuenta que el hablante intenta superar una pronunciación, donde el fonema vibrante simple [r] pareciera, en el primer caso, crear cierta incomodidad, por su cercanía, mientras en el segundo caso, aperturar, la vibrante se suaviza en su pronunciación. No es tema de análisis en este corto espacio, los procesos fonológicos ni mucho menos, morfo-sintácticos. Sin embargo, considero que el uso de este sustantivo como expresión verbal, aperturar, lejos de ser una manera impropia en su uso, en la práctica le está posibilitando al usuario de la lengua española, la oportunidad de escoger entre dos posibilidades y no una, como fue el caso de tantas generaciones de hablantes, entre los cuales me cuento. Desde el golfo de México hasta el extremo oriental del estado Sucre, en Venezuela, la práctica del español encuentra su mayor riqueza idiomática. Con esto no desprecio los aportes que puedan darse en otras regiones, incluso en el español peninsular y hasta en Filipinas, pasando por aquellos que surgen de entre las zonas fronterizas, como Brasil y los Estados Unidos de Norteamérica. La utilización de esta herramienta lingüística, aperturar, en situaciones concretas –área bancaria y financiera- ya es común en algunas zonas de España, como Centroamérica (Honduras) así como en Bolivia, Perú, y obviamente, Venezuela, donde parece que se originó. A nuestra fortalecida expresión aperturar le está pasando igual a aquella otra, de los años ’50-60s., Chévere. Que se generó en el arrabal de la vida. Era vista como pecaminosa. Las beatas al escucharla o leerla, se santiguaban y mandaban a quien osaba pronunciarla, los jóvenes más que todos, a lavarse la boca y rezar un Yo pecador. Pero en la práctica idiomática, la Pragmática, esa estructura fue contrastándose. Chévere pasó la prueba de los procesos de Sincronía/Diacronía para, al final, ser aceptada en la partida de nacimiento oficial. ¿Quién puede negar, hoy, la existencia del “acto” de ganarse la vida revendiendo alimentos y artículos de uso personal y medicinas? Eso se llama “Bachaquear”. Ya vino en cajita feliz, en combo, pues. Verbalizado: Yo, Tú, Él, Nosotros, Vosotros y Ellos. En los procesos lingüísticos y en la Filología en general, la serie de estructuras surgidas por cualquier vía y necesidad de comunicación, se llama enriquecimiento idiomático. Nos guste o no, eso es así. No tiene discusión, salvo comprender –no siempre aceptar- su existencia a través de estudios socio o psicolingüísticos. Otro asunto es la torpeza de filtrar discusiones, por razones religiosas, morales o simplezas políticas. Por eso se hace tan necesario en las sociedades la Educación Idiomática. No la tonta y cansona materia llamada Castellano. Ahí solo se mostraba el esqueleto del idioma de Cervantes. Puros despojos de estructuras a partir de oraciones desconectadas de la realidad del hablante. La Educación Idiomática es la posibilidad que tiene el usuario de nuestra lengua española, de aprender a vivir, amar, odiar, maldecir, soñar, fornicar, defecar, masturbarse, convivir…en su propia y exacta realidad idiomática. Las lenguas nunca degeneran. Ellas se encuentran, se acoplan, se fusionan y dan lugar a nuevas realidades idiomáticas. Degeneramos los hablantes, por causas disímiles: por hambre o por falta de Educación Idiomática. Somos del tamaño de nuestro lenguaje.

Contra el radicalismo

No creo exagerar al afirmar que al régimen venezolano le quedó inmensamente grande la administración del poder del Estado y sobre manera, representar a los ciudadanos venezolanos. Y esto lo manifestamos ahora cuando observamos, una vez más, la manera absolutamente cívica, masiva y festiva, como la población venezolana, en su mayoría, hizo acto de presencia ante las juntas electorales de cada estado para verificar su firma, reafirmando su deseo de participar en el Referendo Revocatorio. Mientras el régimen pierde legitimidad de origen y se sostiene en una evidente, notoria y pública presencia de militares, activos y en situación de retiro, la población nacional se levanta y alza su voz para afirmar su vocación democrática. Hace apenas un par de semanas visité la zona de Chichiriviche, al occidente del país. Cierta mañana me fui, con mi esposa, a desayunar al pueblo. En el quiosco de La Maracucha (-le llaman Yaya) encontramos a esta pintoresca venezolana. Con más de 40 años haciendo empanadas de cazón, ella deja que su silencio la presente. Pero mi esposa la despierta con preguntas directas: -¿Deberían protestar por el estado de abandono del pueblo? -Ya para qué. Responde Yaya. –Hasta yo voté por ese muchacho pensando que nos iba a ir mejor. –Y fíjese cómo está el pueblo. –Él se la pasa en moto con carajitas. -¡Ah! –exclama mi esposa. Y la precisa. Por eso tenemos que salir de este gobierno. –¡Pero señora¡ Nosotros votamos por el cambio y mire en lo que paramos. Los ojos de mi esposa casi se le escapan por la sorpresa. La sobrina de Yaya interviene desde la cocina de la choza. –El alcalde es de Primero Justicia. -Es un dizque justiciero. Yaya se lamenta y apenas exclama: -Tenía como 40 años que dejé de votar. Todos son la misma vaina. Vienen y me comen las empanadas. Dicen que me van a ayudar y después, se olvidan de una. Así pasó cuando Caldera y antes, con los adecos. Les pedía ayuda para mi hijo que nació con males de cabeza. –Medio loco, pues. Necesitaba pastillas para que no convulsionara. Exámenes y placas de la cabeza. Y ninguno me ayudó. -Fíjese que la anterior alcaldesa, del Psuv. Vino a este quiosco y yo le pedí que me ayudara. Ella después se apareció hasta con una ambulancia para llevar a mi hijo al hospital. Le dije que yo no era chavizta. –No importa, Yaya. Estamos para servir a todos. –Eso me gustó. Y es que mientras estoy en la cola para verificar mi firma, observo a tanta gente y pienso en Yaya, la empanadera de Chichiriviche. En sus comentarios, en sus ademanes, y hasta en sus miradas, sus gestos y sus sonrisas, siento que el venezolano, en su inmensa mayoría, es por sobre todas las apariencias, genéticamente democrático y civilista. Además, participa en organizaciones y partidos políticos por su misma formación y convicción democrática. Esa es una probada y comprobada sabiduría y conocimiento que le otorga seguridad de saber que democracia es sinónimo de libertad. Que votando se arreglan las controversias políticas. Como Yaya existen otros miles de venezolanos, ciudadanos abandonados desde hace años, que de tanto ser abandonados por el Estado y sus instituciones, como los partidos políticos, aún y con sus recelos y resentimientos, permanecen en sus principios y vocación democrática. -¿Votar? –Se pregunta Yaya. Vamos a ver. Será que eso es lo que necesitamos para que esto mejore. Y se recuesta en su silla blanca, mientras su delantal habla por ella. Ahí están las señas de mujer que madruga y persevera. También estos ciudadanos han madrugado para verificar su firma. Llegan en muletas, otros arrastran años en sus piernas varicosas o se ayudan con bastones. Los más jóvenes copian a los adultos y practican sonrisas y gestos solidarios. Informan. Entregan servilletas para limpiar manos y dedos. En toda una manzana y más allá se aprecia tranquilidad. Hay serenidad. Alegría, acaso. Una atmósfera de seguridad y hasta los militares forman parte de este solidario paisaje democrático. Esta inmensa comunidad de venezolanía que a paso lento, pero seguro, muestra en pequeños actos, la cotidianidad de la práctica de la libertad. Esa que se construye en la alegría del compartir, del convivir con el Otro, semejante o diferente. En ellos, como en Yaya, en la duda y en la certeza, sé que el camino que lleva a superar esta condición de casi marginalidad donde nos quiere meter este régimen pandillero, es la reafirmación de nuestros principios y valores democráticos. Con sus defectos, muchos, pero con sus infinitos beneficios. Y en ese sendero, en ese camino, tenemos que permitir la participación de aquellos militantes y dirigentes psuvianos y chaviztas, en el amplio espectro político de nuestra nacionalidad. Ello es preferible antes de caer en la barbarie de una atrocidad histórica llamada guerra civil, entre venezolanos.

miércoles, marzo 08, 2017

Sopa de esperanza

Mientras los niños terminaban su sopa, me acerqué a uno de los representantes. Estaba sentado a un lado de la cancha deportiva. Lo había observado a lo lejos mientras me dedicaba a tomar fotografías de los niños, cuando realizaban sus juegos con el grupo de jóvenes del voluntariado. Algo me ocurrió mientras me acercaba a Ramón –le llamo con este nombre para proteger su privacidad- quien parecía uno de esos refugiados que aparecen en las primeras páginas de los noticieros del medio oriente. Pero esto ocurre en la Venezuela del siglo XXI. En uno de los barrios que están en Barquisimeto, la cuarta ciudad más poblada del país. Y mientras me acercaba para conversar con Ramón los recuerdos se me apiñaron en la memoria. En los finales de los ‘80s., y con 39 años estaba asombrado de ver en la escuela donde investigaba sobre lectura y pobreza, la creciente desnutrición infantil que llegaba al 5% en una población nacional en situación de pobreza extrema alrededor del 42%. Era un escándalo nacional denunciado por los medios de comunicación social. Estaba apenas a quince metros de Ramón pero mis pensamientos me separaban de él por años y a la vez, las imágenes que veía me eran tan similares. Esta escuela, de Fe y Alegría, es amplia y con una cancha deportiva techada. Un comedor donde los niños -120 y 90 adultos-, cada domingo asisten para comer la sopa que preparan jóvenes y representantes, por donaciones, al igual que la tizana, gracias al aporte de anónimas personas, con pedazos de frutas para acompañar el almuerzo dominical. Del resto, -me dice Andrés, uno de los líderes que coordina las jornadas de ayuda contra la desnutrición infantil, -solo podemos ayudar también los miércoles. -La sopa fue una sugerencia de médicos y nutricionistas. Juntamos verduras, hortalizas y huesos con carne, que compramos en sitios donde ya nos conocen. Los vendedores, de tanto pedirles rebajas, nos colaboran, otros nos hacen descuentos. Es una manera de solidarizarse con estos niños que padecen desnutrición grave. Pienso en Ramón, a quien finalmente saludo. Ya se había tomado su sopa. Él y sus tres hijos asisten cada domingo y miércoles para ayudarse con un plato de comida caliente. Mientras termina su tizana, se voltea y me sonríe. Tiene un rostro abrillantado. Sus ojos hundidos y barba de cuatro días sin afeitar me hablan de una persona que padece hambre. –Es que tengo tres muchachos y el trabajo no me da para alimentarlos en la semana. –Acá almorzamos los tres. Me muestra su correa. –Ya le hice el último huequito para apretarme el pantalón. Me doy cuenta que también he hecho igual. Me acuerdo de las últimas estadísticas de la fundación Bengoa donde dicen que el venezolano ha perdido entre 5-7 kilos en el último año. Sigo hablando con Ramón mientras una de sus hijas se le acerca para decirle que ya terminaron de almorzar la sopa. Él la mira y percibo en esa mirada una entrañable ternura. Miro a la niña, de no más de once años. Tan flaca como la maestra del famoso cuento del escritor Pocaterra, la I latina. Pero eso ocurrió en la Venezuela de la post guerra de independencia. El país palúdico se me sigue pareciendo en todas las épocas. Tanta desnutrición -9% para finales de 2016-, tanto olvido de su población más vulnerable, los niños. También de ancianos y enfermos. Es una verdadera y real crisis humanitaria esta que padecemos en pleno siglo XXI. Me despido de Ramón y voy al encuentro de la maestra Adriana. Ella me señala a uno de los estudiantes. –Es que nos preocupa. Ha perdido mucho peso y este año termina la primaria. Larguirucho y de semblante taciturno, el jovenzuelo camina cansado. Su mirada, la misma de casi todos los niños y jovenzuelos, es triste y lejana. Es la mirada del hambre y de quienes padecen desnutrición. El mundo alrededor de la escuela son cerros poblados por ranchos destartalados. Calles de tierra y botaderos de basura y aguas negras. Es parte del paisaje de la comunidad de El Trompillo, al norte de Barquisimeto. En el autobusete que nos traslada, Andrés me sigue conversando. –Comenzamos este proyecto en octubre del pasado año. Los especialistas nos han indicado que mientras mantengamos a los niños, aunque sea con una/dos sopas semanales, y con tizana, por un período constante de seis meses- podremos recuperarlos de la desnutrición grave y crónica y quizá, impedir que sufran secuelas irreversibles en su desarrollo neurológico. Le miro candorosamente. Sé que eso es casi un imposible. De seguro la talla de estos chicos no podrá recuperarse para un óptimo desarrollo y también que serán, físicamente, personas con cuerpos frágiles, abúlicos, y propensos a enfermarse periódicamente. Eso va a incidir en un país con población no calificada para el desarrollo industrial, y con altos índices de productividad. Por lo tanto, una economía débil. También sé que mientras avanza en Venezuela la crisis alimentaria la desnutrición infantil se agudiza. Los reportes de organizaciones no gubernamentales, universitarias e incluso, internacionales, como Cáritas Venezuela, han alertado sobre este drama. Sé por experiencia que además del hambre y la desnutrición, paralelo a ello avanza una sombra dantesca: la desnutrición afectiva. La he observado en el otro frente de atención que atienden estos jóvenes del voluntariado Alimenta la Esperanza. Está en la comunidad Loma de León, al oeste de la ciudad. Allí los niños asisten prácticamente solos, abandonados por sus padres. Y también asisten ancianos malnutridos. Pero los líderes del voluntariado, como Oriana, quien apenas tiene 18 años, no se detienen. Recién abrieron otro espacio de atención, en la comunidad de Pavia. Con sus juegos y liderazgo fortalecen valores y principios a los niños. Les enseñan a dar las gracias, la solidaridad y el trabajo grupal. Los niños se alborotan, sonríen y colaboran. –Es dura la tarea. Muy dura, -me comenta. –Lo sé. Pero tenemos que insistir, insistir y seguir insistiendo. Ya no hay vuelta atrás.

miércoles, agosto 17, 2016

Daños colaterales

Se ha hablado casi hasta la saciedad de las graves dificultades políticas por las que atraviesa la sociedad venezolana. Y ni se diga de aquellas económicas. También las que están vinculadas con los aspectos de seguridad ciudadana, alimentación y medicinas. Estas, parecieran ser las más graves. Y en verdad que así lo indican los especialistas. Sin embargo, a nuestro modo de ver, la extensa crisis venezolana que estalla por los cuatro costados será a largo plazo. Allí se verá el verdadero y dantesco desastre. Y es que la sociedad venezolana, de superar esta emergencia humanitaria, tendrá que lidiar por varias generaciones con dos catástrofes. Una de ellas se refiere a los cientos de miles, muy probablemente millones de seres humanos que, hoy neonatos, niños y jóvenes, crecerán con evidentes secuelas por la desnutrición. De sobrevivir van a ser individuos subnormales, abúlicos, con evidentes signos de daños neuronales y que van a ser una pesada carga para el Estado. Eso, indudablemente, repercutirá en el desarrollo industrial y de productividad en la república. Porque si hay pobreza intelectual y baja excelencia académica, los niveles de calidad en la industrialización serán bajos y por tanto, poco competitivos a escala internacional. Será una población que posiblemente alcance títulos profesionales pero con baja excelencia académica. Y acá entramos en la segunda y más terrible catástrofe a largo plazo. El derrumbe de la academia venezolana. Ya no son tanto las míseras condiciones de infraestructura en la educación superior venezolana. Con claras evidencias de un sostenido deterioro de aulas, laboratorios, canchas deportivas y la nula provisión de presupuesto para acceder a la documentación internacional actualizada de información científica, tecnológica y técnica. La universidad venezolana en la actualidad atraviesa por la más grave crisis desde su fundación, en 1721. En toda su historia jamás se había agredido tanto el Alma Mater. Hubo tiempos cuando fue allanada. En otros momentos, clausurada. Otras veces, su claustro fue usado para favorecer a tendencias partidistas. Pero ahora se trata de eliminarla definitivamente. Es, junto con la iglesia, la institución que se resiste estoicamente a ceder, a claudicar y transformarse en un apéndice del régimen chavizta. Por ello se la ataca y sus miembros, desde su personal de servicios, administrativos, estudiantes y docentes, están siendo arrinconados. Tanto por los míseros sueldos, imposibilidad presupuestaria para su desarrollo académico, como de continua persecución a su dirigencia sindical y gremial. Por eso el éxodo de profesores, estudiantes, personal administrativo y obrero. Las aulas en la gran mayoría de las instituciones de educación superior están quedando vacías. Los profesores y estudiantes que se quedan deben buscar la manera para mantenerse en niveles medianamente decentes, académicamente hablando. No hay papel ni marcadores ni borradores. Tampoco las mínimas condiciones para impartir la docencia y una nula participación en investigaciones de equipo. Sea de campo como en laboratorios. Quedan, a riesgo de ser asaltados en las propias aulas de clases, estacionamientos y campus universitario, los profesores y estudiantes que entre ellos hacen colecta y reúnen materiales, equipos y sistemas de operaciones, para adelantar los objetivos de sus programas docentes y de investigación. Para esos profesores la academia se ha convertido en un apostolado. De sus devaluados sueldos surgen las soluciones. Unas veces cancelan los útiles pedagógicos (papel, fotocopiado, marcadores, reactivos, uniformes, etcétera) para que funcione la docencia. Otras veces deben costearse los viajes, que hacen en representación de la universidad. Esta constante agresión contra la universidad venezolana, republicana, democrática, autónoma, pública y popular se realiza, tanto desde el mismo centro del poder del Estado, su régimen, como desde dentro de ella misma, con la anuencia de sus autoridades, en varios de estos centros de estudio. Ejemplo de ello lo observamos en la Universidad Nacional Experimental de Guayana, cuando en 2013, un grupo de colectivos chaviztas intentó quemar vivos a varios profesores dentro de las instalaciones de su Asociación. A la fecha, las autoridades académicas no han establecido las responsabilidades, ni académica ni administrativas a los daños ocasionados al patrimonio universitario. Estos y otros casos evidencian la intención del régimen chavizta, autoritario y militarista, en su control/desaparición de la universidad venezolana, en su interés por convertirla en una escuela/cuartel, bajo la obediencia y sumisión a una sola ideología, adoctrinamiento y fanatismo. Donde no se piense ni se discuta. Solo se sigan órdenes y se cumpla el denominado plan de la patria. Para un universitario, permanecer en silencio ante semejante atropello es poco menos que cobardía y sumisión. (*) camilodeasis@hotmail.com TW @camilodeasis IG @camilodeasis1

miércoles, agosto 10, 2016

El valor del trabajo

Llegué a Ciudad Guayana (la conforman Puerto Ordaz y San Félix) comenzando los años ‘80s. La zona era un constante hervidero de construcciones. Ingresé en 1982 a la Siderúrgica del Orinoco (Sidor) la empresa emblemática de la casa matriz, la Corporación Venezolana de Guayana (CVG). En más de una ocasión mostré mi ficha como trabajador, en bancos y comercios, y eso era más que suficiente para realizar una transacción. Incluso de noche, en las continuas rondas de la policía, enseñaba mi ficha y era tratado con respeto. Era un sidorista. Ciudad Guayana era la zona de la industria primaria de Venezuela por excelencia. Nunca descansaba. Existía un justo orgullo de pertenecer a las empresas básicas de Guayana. Sidor era la tercera acería más grande del mundo, mientras Venalum era la segunda reductora de aluminio primario más importante del planeta. Las empresas de la CVG., nunca cerraban sus puertas. Los llamados tres turnos (de 7:00 a.m. a 3:00 p.m., de 3:00 p.m. a 11:00 p.m., y de 11:00 p.m., a 7:00 a.m.) marcaban el ritmo de la industrialización. De lunes a domingo, y del 1 de enero al 31 de diciembre. Así ocurría en Sidor, Alcasa, Ferromiera, Interalúmina, Carbonorca, Minerven, Venalum, y ese mismo ejemplo se imitaba en aquellas empresas que estaban cercanas a las más grandes, y también a las de servicio y mantenimiento industrial. Mis hijas gustaban contar los autobuses que en el turno de la noche, transitaban por la avenida, al frente de nuestro hogar. Veinte, treinticinco, cincuentidos, noventitres y más autobuses. Todos cargados con obreros y técnicos. Venían de San Félix, de Upata, de Tucupita, de Ciudad Bolívar, de Los Barrancos, de Soledad. Esta práctica comenzó desde el mismo momento cuando se iniciaron los trabajos para la construcción, tanto de Sidor como de la misma Puerto Ordaz. Fue comenzando los años ‘60s., eran hombres y mujeres que llegaron de esos y otros pueblos y ciudades. Pescadores, agricultores, torneros, agrimensores, costureras, soldadores, aseadores. Junto con técnicos calificados e ingenieros y licenciados, fueron quienes le dieron el rostro industrial a esa zona del país. De sol a sol. Con lluvia o sequía. Los hombres y mujeres de Guayana han sido los constructores de uno de los valores más arraigados en la cultura venezolana: el valor del trabajo. Y esa enseñanza se ha ido transmitiendo de padres a hijos. Y sé que esa misma experiencia se cultivó en la industria petrolera. Y en esta como en aquella, se transformó en cultura del trabajo. Por eso cuando ahora un tal presidente a quien llaman Maduro le ha dado por decretar días festivos, con vanas excusas, no puedo sino recordar y refugiarme en lo más hondo y sagrado que poseo, como ser social; mi venezolanía. Nosotros desconocemos esa manera de vivir ajena al trabajo que dignifica y otorga valor, principio de jerarquía moral. Los venezolanos, la inmensa mayoría, somos ciudadanos acostumbrados al trabajo. Es inherente a nuestra naturaleza como cultura y como hondura de hidalguía y porvenir de personas libres. No existe en nosotros el concepto de pereza laboral, y menos, de ser catalogados como vagos y reposeros. Si existe algo semejante a la capacidad de inventiva, de constructor, de ingenio innato, ese es un venezolano. Humillados en las colas, perseguidos por hablar en voz alta. Maltratados todos los días, por falta de luz, agua, gas, alimentos, medicinas, delincuencia. Ahora nos amenazan con alejarnos de los sitios de trabajo. El esfuerzo descomunal del trabajo se ve en obras, como Guri, el puente sobre el lago de Maracaibo, la carretera trasandina, la construcción de la Universidad Central de Venezuela. En estos y cientos de obras está plasmado el valor del trabajo. Esfuerzo de mujeres y hombres por progresar. Y ese valor, como la democracia, son eternos. Porque están indisolublemente vinculados a la práctica de la libertad y de ciudadanía. Sabremos responder con más esfuerzo y más trabajo. Volveremos a las guardias, de 7 a 3, de 3 a 11, y de 11 a 7. Demostraremos con nuestro ejemplo que la mentalidad marginal, hoy hecha poder en un régimen delincuencial, pasará al basurero de la historia. Fueron un fracaso histórico en sus valores. Una aberración entre militarismo, autoritarismo, brujería y mucha vagancia. (*) camilodeasis@hotmail.com TW @camilodeasis

domingo, octubre 19, 2014

El Patriota Cooperante (Este artículo fue censurado por el diario El Universal, en Venezuela)

Publico a continuación, la comunicación que me envía el editor del diario, mi respuesta, y finalmente, el artículo censurado. Estimado Sr. Juan Guerrero, Lamento mucho informarle que su artículo “El patriota cooperante” no fue aprobado por el Consejo Consultivo para su publicación. No pudimos avisarle con antelación para sustituirlo por razones estrictamente operativas. Quedamos pendientes de su próximo artículo de 4.900 para el martes 21-10 en versión digital. De Usted muy atentamente,Miguel Maita El Universal La respuesta de Juan Guerrero a El Universal Apreciado Miguel Maita; dejémonos de eufemismos. ¡Al pan, pan, y al vino, vino! El mencionado por ti, Consejo Consultivo, que desaprobó mi artículo El Patriota Cooperante, lo hizo imponiendo su visión ideológico-política que obviamente se traduce en lo que comúnmente se llama “censura”. No hay otra manera de entenderlo, visto el momento histórico por el que atraviesa el periodismo venezolano y particularmente, los articulistas de opinión. Desde 1985 envío mis artículos a diferentes medios informativos, y desde hace cerca de dos años, a El Universal., Agradezco la deferencia que tuviste al invitarme a publicar mis escritos en un diario que fue paradigma del periodismo plural, libre y honorable. No puedo permanecer entre quienes vetan, censuran y coartan el ejercicio de las ideas. Cordialmente, Juan Guerrero El patriota cooperante No existe algo que sea más degradante a la condición humana que un individuo traicionando, delatando a un semejante. Esta oprobiosa actitud se vivió de manera dantesca en los años de la Europa dominada por el nacionalsocialismo o como generalmente se le ha conocido; nazismo. Fueron tiempos terribles, momentos cuando no era posible confiar en nadie ni mucho menos en quienes se acercaron al poder para protegerse, adulando a sus jefes. A esos individuos se les llamó de varias maneras: colaboracionistas, comisarios culturales o delatores. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial la gran mayoría de ellos, intelectuales, artistas, académicos o simples políticos, comerciantes y parroquianos, fueron tomados por las turbas, linchados y colgados entre los escombros que dejó semejante torbellino bélico. Esa práctica del individuo transformado en agente colaboracionista de un régimen fue adecuándose para poder sobrevivir con los nuevos tiempos. Los regímenes totalitarios, autoritarios y militaristas, tanto de derecha como de izquierda, han sabido valerse de estos tristes y grises personajes quienes, una vez utilizados, son desechados como podredumbre humana que no tiene más valor para su uso. Los más osados han sabido encontrar protección de padrinos, quienes les ubican casi siempre fuera, lejos del país de origen mientras el resto es sentenciado, generalmente asesinado con tiros de gracia. A esta gente nadie le tiene confianza ni menos respeto, pues han vendido su honor por dinero, por un cargo público o por favores financieros. Causalmente el laureado Premio Nobel de Literatura 2014, Patrick Modiano, aborda en su obra literaria la temática de los colaboracionistas en la Francia ocupada por los ejércitos hitlerianos. En Venezuela siempre hemos tenido estos seres grises, anodinos y vendidos al mejor postor, sea por dinero, por cobardía o por resentimiento, bien social o político. El caso más emblemático fue el del marqués del Toro, quien cambiaba de bando según la intensidad del conflicto independentista. Unas veces se las jugó con los patriotas mientras otras, con carta de súplica ante el mismísimo rey pidiendo clemencia, se pasaba al bando realista. Terminó enterrado en el panteón nacional. Ahora en la Venezuela del siglo XXI al régimen de turno le ha dado por denominar a estos agentes del deshonor humano “patriotas cooperantes” con pago, bono o gratificación incluida. Varios de ellos desde hace algún tiempo, intelectuales y artistas, se han ganado un cargo en el servicio exterior mientras otros, fablistanes y llamados académicos, medran alrededor del régimen esperando su mendrugo a cambio de información. Quienes conocen a estos individuos les dicen popularmente “sapos” y también “chupamedias”. Triste terminar señalado por los ciudadanos decentes de un país de manera tan deleznable. Despreciado. Es humillante para un hijo, un nieto, saber que su padre, su abuelo se le conoce de esa manera porque una vez inclinó la cabeza y fue débil ante el Poder. camilodeasis@hotmail.com @camilodeasis