viernes, noviembre 12, 2010

Lengua T.Q.Q.J.



El lenguaje es la extensión espiritual del ser humano. Ella vaga por las calles, se arrincona, se agazapa. Es del mercado. Es lo inasible, lo perdurable. Está ahí. No es de la academia. No se aprehende en un aula de clase. Su rostro es cambiante. ¿Cómo entonces conocerlo?



En ningún texto de gramática ni ejercicio redaccional. En esos sitios sólo aparece su esqueleto. Vacío. Desligado de la realidad. Los docentes, los profesores de lenguaje no enseñamos ningún idioma. Intentamos acercarnos a un alma que no sabemos dónde está. Sobre todo, enseñamos un idioma ajeno a un espacio, a una historia.



Habrá que hacer un gran esfuerzo para asimilar voces-imágenes, como “pucho”, “pringao” “dolor de bolas”, “senda papa”, “flor perla”, entre un mar de voces que determinan al joven de este momento.



El español del joven de este instante no resiste más el acecho a que ha sido sometido, tanto por la Familia como por el Estado, siendo los docentes castradores idiomáticos de esa espontaneidad.



Porque los adultos, en la generalidad de los casos, estamos formados para perpetuar un idioma que nos permite ejercer autoridad sobre nuestros hijos.



Le llamamos lenguaje “vulgar” a un español que desde hace más de treinta años inició un camino ajeno a la oficialidad académica.



El lenguaje académico pertenece a los cenáculos donde seniles eunucos socioidiomáticos norman un habla que está divorciada de la realidad. Mientras en la calle, cual vagabunda de amaneceres, la lengua, en boca de putas, ladrones, domésticas, obreros, estudiantes y campesinos, juega a las escondidas. Ella sabe a ron, tabaco y sexo.



Por eso amo tanto al Quijote. Ahí no se aprende a leer el español; se aprende a vivir en español, a maldecir, amar, tirar, comer, blasfemar y asimilar su libertad.



El español como todo idioma, es un cuerpo en movimiento, con un rostro siempre joven. Tan nuestros son esas formas esdrujuladas que nos acercan a nuestros libertadores como esos abruptos cortes de los jóvenes. Habrá que arrastrar también con esta nueva narcolengua que invadió el país. Esos neologismos de alguna manera representan vivencias de un ser humano. Lo que sucede es que la lengua es amoral y en su profundidad es andrógina. Existe de hecho un espacio existencial al que necesariamente se debe verbalizar: es el espacio de lo oculto, lo negado por ser feo o bochornoso. Por eso los moralistas y las beatas impusieron los eufemismos. Desde aquel “carache” para ocultar al vernáculo carajo hasta este “miércoles” que expresa la mierda de un estado anímico específico.



El estudioso del lenguaje que se frena ante una palabra “arrabalera” se parece a esos médicos evangélicos que se niegan a salvar vidas cuando se interponen creencias o dictámenes celestiales.



Todo lo que nombra la palabra tiene un valor y como tal debe ser respetado porque a fin de cuentas, el significado está en las personas. La palabra procede del hombre, de su experiencia. Ella nombra realidades y establece ese puente con lo mítico-simbólico.



Los jóvenes sufren cuando se enfrentan con textos o ejercicios del lenguaje que hablan de experiencias ajenas a su realidad idiomática. Además de acusarlos de no saber leer ni escribir ni pronunciar, manifestamos que tienen poca capacidad para comprender determinadas palabras o giros literarios.



Pienso que si en este momento a nosotros nos entregaran un texto de Alfonso El Sabio o de Sánchez de las Brozas, sudaríamos antes de comprender semejantes grafismos, no sin antes trabarse la lengua frente a formas guturales que nos vincularían con los germanos visigodos o con los moros. Haríamos el ridículo. Seríamos el hazmerreír de estudiantes, obreros y secretarias.



Los jóvenes y las personas en general, no hablan mal. Hablan según como creen que deben hacerlo y comunicarse. Y eso es lo trascendental: atreverse a hablar para comunicarse y afirmar la libertad.




(*) camilodeasis@hotmail.com twitter@camilodeasis

1 comentario:

yaiza dijo...

visión honesta de una realidad que nos cuesta valorar...
Gracias juan por describirla y darnos con ella en la cara para que la reflexionemos y ...
me pregunto ¿sabremos hacer algo con ella?...
También me inquieta esta otra cuestión ¿cuál es el límite entre la academia que como padres y madres cuidamos el estilo y la norma?..
Muy agradecida