sábado, octubre 23, 2010

Fábula Zen del profesor y la olla


Hace varios días entré a un negocio de venta de ropa y utensilios para el hogar, de gran valía. Mientras revisaba los precios de unas toallas mi amada tomó en sus manos una olla pequeña, de acero inoxidable, de marca italiana. Entre curiosa y asombrada me llamó para mostrarme el precio. Era obviamente exorbitante. En nuestro desconcierto lo único que atiné a decirle, porque ya había estado pensando en ello al observar tanto brillo y esplendor de la tienda, fue que tuviera el máximo cuidado en no dejar las huellas sobre la olla pues a lo mejor podrían cobrarnos la pulitura y no tendríamos ni para pagarla. Dejamos la olla colocada meticulosamente en su sitio, entre el resto de las otras ollas, que entre más grandes más costosas, y nos fuimos deslizando por entre el pasillo cuidando de no tocar ni mucho menos chocar con algún vaso o jarrón chino o de cristal de murano o de bohemia. Casi temblábamos del temor y los deseos por alcanzar la puerta para escapar del sitio. Al salir le dije muy calladito al oído a Liliana: “-Estoy sintiendo lo que seguramente siente un pobre al entrar a un negocio VIP. Por eso los pobres no entran a estos sitios”. Y era cierto porque, cómo íbamos a hacer si la olla se caí y se abollaba. O al menos la olla quedaba con las huellas de mi amada grabadas en sus lados, o si la rayaba con la uña. Después pensé cómo cocinaría el arroz en esa olla. Si se ahumaba cómo la limpiaría. Habría que comprarle un producto especial para limpiarla y también una esponja quizá con determinada calibración. Y hasta habría que colocarla en lugar especialísimo por aquello de la luz y la humedad, pues perdería acaso su glamour esa olla tan bella y exquisita que se exhibía en ese almacén. Cuántas ollas de esas me podría comprar en el transcurso de mi vida. No muchas quizá, me dije. Ollas como esas aparecían en mi vida en muy pocas oportunidades. –Pero es que esa olla es italiana, dijo mi mujer.
Después de todo tengo mi ollita de barro que compré hace años en el mercado artesanal de Quíbor y donde aprendí a cocinar arroz. Sé que algún día a ella se le romperá quizá un lado, pero seguiré conservándola hasta que ya sólo quede como adorno para colocarle una mata o como recipiente de agua para que mi gato Vitico tome agua. Después de todo, también me dije; a los docentes universitarios nos queda hacer lo que sólo sabemos hacer: pensar, leer, escribir y hablar. Para eso nos pagan. Y aunque mal paguen seguimos pensando en comprarnos la colección de la Biblioteca Británica o los libros en empaste duro y lomo dorado de poetas como Rilke. Pero con los sueldos de quince y último tan devaluados a los docentes universitarios no nos da para comprar ollas italianas ni muchos menos comprarnos libros. Ahora son exquisiteces las alcaparras y la chuleta ahumada. Nos queda leer libros por Internet mientras acariciamos en la pantalla del computador bellas tapas de textos en italiano con bordes dorados y arabescas letras. Ahora los docentes universitarios vamos al cine los lunes populares y ahorramos para vacacionar yendo a Güiria de la costa o Irapa, por aquello de tener amigos o familiares para no pagar hotel, mientras encontramos nuestra historia y escuchamos la voz del oriental y sus matices idiomáticos. Son nuestras necesidades para existir cultural y académicamente.
Después de todo seguimos como Aladino; frotando la olla, digo…la lámpara maravillosa del pensamiento para acercar los sueños de una justa paga y comprar libros, ir al cine, al teatro, a la ópera, al ballet, y viajar para adentrarnos más en la memoria ancestral que mora en los pueblos de nuestra matria. Necesidades que sólo un docente universitario conoce y que son parte de su naturaleza. Después de todo, sólo servimos para pensar, para leer, escribir y hablar.


(*) camilodeasis@juanguerrero.com.ve / twitter@camilodeasis

3 comentarios:

Liliana Lima Pérez dijo...

Ayer me comentó Juan que aún no había pensado sobre qué escribiría para el artículo del periódico del Domingo y le sugerí que lo hiciera acerca de la Universidad y la problemática que estamos viviendo. Él asintió con la cabeza en gesto afirmativo y hasta allí llegó la conversación. Hoy se levanta temprano a cumplir con el compromiso de realizar el artículo y enviarlo antes de medio día. Después de poco tiempo, quizás una hora, me pide que lo lea como su “corrector de estilo” y mi sorpresa, y muyyy grata, fue encontrar una maravillosa hilación entre aquella vivencia de horror y risas que tuviéramos días atrás y la dramática situación que estamos viviendo los profesores universitarios. Por eso, me quito el sombrero ante su creatividad, su pluma y la maravillosa forma poética de abordar diversos temas. Siendo protagonista de la historia, tanto en la tienda como en la universidad, jamás se me hubiese ocurrido engranar de manera tan genial ambas situaciones. Zapatero a su zapato, sigo estudiando Matemática. Me siento orgullosa de ti, mi amor, mi sol, mi poeta. Y claro, también de la foto de la olla donde tan rico arroz haces y por la cual tengo reconocimiento de créditos.

andreinacrincoli dijo...

Concuerdo contigo Liliana,muy creativa, ingeniosa, simpatica y amena la forma de involucrar la problematica de los profesores universitarios con la cotidianidad de la vida.
Excelente!

Katerina dijo...

Que vivan los profesores universitarios!!! Ejemplo a seguir. Que viva la academia y la comunicacion sin fronteras! Felicidades Juan (muy buena foto tambien, seguramente el arroz alli queda mas rico). Animo y fortaleza que el conocimiento es el alimento del alma y -a diferencia del arroz o de las ollas- este no se compra en una tienda. Carinos