Para llegar a la casa de Luis, el viejo minero, había que tomar la vía hacia Guri hasta la Encrucijada del kilómetro 70 y después desviarse por una carretera semi asfaltada que empalmaba hacia el paso del río Caroní, que conectaba con la carretera vieja haciaUpata. Antes del cruce del río, se tomaba por un desvío y comenzaba la aventura por unos atajos y senderos de tierra arcillosa hasta la casa de Luis. La guía de orientación eran los inmensos pinos que su esposa, Antonia, había estado sembrando con paciencia y esmero durante años. Ella vendía ropa a los mineros, también hacía comida y de vez en cuando, alquilaba habitaciones. Luis improvisó un muelle y ahí los mineros dejaban sus viejas chalanas al cuidado de los esposos.
Llegar al refugio de Los Pinos de Luis siempre era grato. Nos recibían con la sonrisa a flor de labios y con Luis contando historias de sus ‘compinches’ que se adentraban río arriba buscando oro y diamantes.
Hacía poco tiempo que había abandonado la minería y se dedicó con Antonia a su plantación de pinos y dar servicio a sus amigos mineros. Cuando llegaba a su refugio, mi obsesión era toparme con un gran diamante mientras tomaba prestado su suruco. Él me guardaba montones de arena y piedras a la orilla del río para que los limpiara. Del giro y giro del inmenso colador quedaban en el suruco, cientos de pequeñas piedras unas más brillantes que otras: verdes, rojizas, azuladas, negras, aplomadas, entre la tierra arcillosa y amarillenta adherida a las piedras. Y cuando tomaba la que más brillaba y preguntaba al viejo minero, la respuesta siempre era la misma: “Esa piedra es un casi casi”.
No era un diamante, pero tampoco era una piedra cualquiera. Brillaba, tenía forma y despedía una bella luz con el reflejo del sol, …pero no era un diamante. Estaba en eso que los mineros artesanales de la Guayana llaman, ‘proceso’ para convertirse en una piedra preciosa que con el tiempo terminaría, tal vez, convertida en diamante. Con Luis conocí las historias de los mineros de la Guayana: su obsesión por encontrarse con una veta de oro, la pasión por la aventura, la ilusión que les acompaña en su precaria jornada de los días que pasan sin hallar el brillo diamantino o el áureo cochano al fondo del suruco. También Luis me comentaba la persecución de los militares que les confiscaban sus herramientas y chalanas. Para devolverlas siempre era la misma orden que ellos cumplían a regañadientes: dejarles sacudir la extensa alfombra de nylon en la chalana por donde bajaba la tierra arcillosa y amarillenta con las piedras, que caían al suelo en cientos de pequeños pedazos de oro.
Eran los años finales de los 80 del siglo pasado y desde hacía casi una década ya era costumbre escuchar en Puerto Ordaz, que los guardias nacionales se comportaban de manera corrupta en medio del inmenso laberinto de abandono que es la Guayana venezolana. La minería artesanal que se practicaba al sur del país progresivamente se fue descontrolando y anarquizando, pasando a control de militares corruptos quienes permitieron la penetración de los ‘garimpeiros’ desde Brasil y posteriormente, los grupos guerrilleros colombianos, tanto de las FARC como del ELN. Los mineros artesanales desaparecieron o se convirtieron en ‘oro de sangre’ al servicio de grupos del crimen organizado y bandas criminales dependientes de militares de alta jerarquía y de políticos corruptos. Todo este panorama terminó en la total anarquía de lo que después, en los años del siglo XXI se ha dado en llamar, El Arco Minero de Guayana.
Desde los años 80 del pasado siglo los pueblos mineros del sur de la Guayana fueron tomados por la minería ilegal que construyó campamentos donde los mineros artesanales convivían con aventureros, garimpeiros, guerrilleros y prostitutas venezolanas, colombianas y dominicanas. Para esos años ya el Colegio de Médicos del estado Bolívar alertaba sobre la proliferación de tipos de enfermedades de trasmisión sexual altamente contagiosas, como la gonorrea, sífilis y VIH-SIDA. Por su parte, la Universidad Nacional Experimental de Guayana, a través de su Centro de Investigaciones Ecológicas de Guayana, presentaba estudios donde demostraba la contaminación, por mercurio, en el bajo Caroní, por la descontrolada actividad minera y la deforestación de grandes extensiones del bosque y selva tropical. Los estudios llevados a cabo durante años por especialistas, muestran el inmenso ecocidio y advierten del inminente peligro de contaminación por mercurio de la población y riesgo de desaparición de las fuentes hídricas en la Guayana.
Lo alarmante no es tanto la pérdida del material aurífero, diamantífero y piedras preciosas en manos de terceros para el enriquecimiento personal, que obviamente es un robo y como delito debe perseguirse y sancionarse. El peligro es el daño irreversible que se está haciendo, tanto a la fauna, flora y a los habitantes de la región Guayana al contaminar con mercurio las fuentes primarias de agua dulce (alteraciones genéticas y mutaciones en los seres humanos) y la deforestación de los suelos en la cuenca de los grandes ríos.
La explotación minera en la región de la Guayana venezolana (estados Amacuro, Esequibo, Bolívar y Amazonas) sí es posible realizarla de manera controlada. Para ello, se creó la empresa MINERVEN(fundada en 1970), filial de la Corporación Venezolana de Guayana, hoy convertida en Compañía Venezolana de Minerales. Con el asesoramiento de personal profesional y con el aporte de estudios avanzados, que orienten a un ajustado tratamiento ecológico del sistema amazónico venezolano es posible ordenar y desarrollar la actividad minera en Guayana. La producción minera a escala industrial se puede y debe desarrollar para beneficio social y de las poblaciones al sur del Orinoco.
Los pinos que con tanto amor y esperanza sembraron, Antonia y Luis, hoy ofrecen su sombra a la orilla del Caroní. Descansar en la fina arena del río, dejando que las ondas del agua tibia y dulce mojen nuestros pies, es ‘casi casi’ tocar la orilla del Paraíso.
(*) camilodeasis@gmail.com X @camilodeasis IG @camilodeasis1

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