sábado, abril 24, 2010

El bárbaro académico


¿Leen y escriben los docentes universitarios?


La pregunta, inicialmente podría interpretarse como ingenua, teniendo también una respuesta ingenua. Sí. Los docentes universitarios leen y escriben. Veamos, sin embargo, qué se entiende por lectura y por escritura para saber si los docentes universitarios poseen las competencias necesarias que en la actualidad les facultan para interesarse en este tema.

Los docentes universitarios leen y escriben, pero qué tipo de escritura y de lectura realizan?. Más allá de los textos y escrituras vinculadas con su objeto de estudio, no pareciera que existen lecturas ni escritos significativos que determinen que un docente pueda considerarse como lector o usuario de la lengua escrita independiente o fluente.

Existe un lector inicial o neo-lector. Éste no posee competencias significativas por lo que deben poseer un guía que le oriente en su aventura lectora y de escritura. También está el lector intermedio, quien, y aún poseyendo ciertos rasgos como lector formado no puede catalogarse como tal y necesita de una orientación. En este sector parecen estar sino todos, sí un grupo significativo de docentes universitarios. En esto se apoyan quienes indican, utilizando las orientaciones de la UNESCO, que un lector independiente o fluente es quien logra obtener capacidad para discernir en la selección, interpretación, razonamiento y re-creación de una lectura. Por ello se habla de neo-analfabetismo o analfabetismo funcional. Son aquellos usuarios de la lengua que no alcanzan en número la lectura de entre cinco y diez libros anuales, fuera de aquellos de lectura “obligatoria” producto de su práctica académica.
Parece extraño que aquellas personas que no han tenido en su niñez experiencias significativas, tanto en lectura como escritura, les resulta muy difícil –por no decir imposible- lograr en la madurez hacerse de un peso suficiente de lecturas, que les faculte para denominarse como lectores y usuarios de la lengua escrita independientes o fluentes.
Además, a esto pareciera sumarse la actual situación de un ambiente de uso de la lengua nacional, que acentúa su influencia en la caracterización del español hablado en Venezuela desde una perspectiva gramaticalista. Por lo tanto, los procesos de Enseñanza Idiomática (E. I.) desarrollados en los años ’80 por autores, tal el caso de Iraset Páez Urdaneta, resultan en la actualidad necesarios para comprender el estado actual de la cultura venezolana. La existencia del mismo Estado venezolano se ve francamente en peligro de existencia por el bien inmaterial más preciado: la lengua nacional y por la falta de incentivos que posibiliten en la práctica, el fortalecimiento del español venezolano, y por lo tanto, el desarrollo de la consciencia idiomática. Y en esto, los docentes universitarios poseen la mayor responsabilidad en la práctica idiomática. Sin embargo, la carga de responsabilidad recae, fundamentalmente, en el estudiante, sea éste del nivel universitario, de bachillerato o de educación básica. Esa es una realidad, o mejor, el resultado de una práctica de la lengua y escritura divorciada absolutamente de la realidad idiomática del usuario básico: el estudiante en general.
Los docentes universitarios obviamente que leen y escriben. Además, hablan y escuchan. Pero cómo aplican sus habilidades de lectura y escritura?. Sus herramientas de lenguaje permiten una interpretación de excelencia académica en quienes reciben los conocimientos de sus saberes? No. Los docentes universitarios parecen estar en una nueva figura que denominamos como “neo-analfabetas” o analfabetas funcionales o instrumentales. Ésta última denominación parece servir para catalogar a quienes utilizan los procesos de lectura y escritura como “poder”, imponiendo usos idiomáticos totalmente opuestos a la práctica diaria del hablante.
Además, los docentes universitarios, en su mayoría, se caracterizan por repetir estructuras conceptuales para autoconvencerse y convencer al Otro como innovador en la actualización terminológica. Es el uso de una nomenclatura de constructos huecos que no sirven para ser aplicados en la práctica, en el día a día del hablante.
Por eso se hace cuesta arriba encontrar docentes que puedan tener seguidores, discípulos y mucho menos crear escuelas de pensamiento independientes. Los docentes y la docencia universitaria actual, tanto en el pre como postgrado, acentúa su práctica idiomática en el uso gramaticalista de una lectura y escritura ajenas a las necesidades reales del estudiante.
Esto es así porque olvidaron fortalecer el primer libro que todo neo-lector está llamado a desarrollar: el libro de la vida, del mundo y sus entornos.
La lectura de los cielos y sus interpretaciones reflexivas, del movimiento de los astros, el olor de los campos, el movimiento de los cuerpos, la acentuación del verde en los trópicos, el sonido de un cuatro. Esos y tantos otros lenguajes iniciáticos, han sido dejados a un lado por la penetración de un lenguaje facilista e inmediatista caracterizado por el uso de las denominadas lecturas y escrituras pre-construidas.
Si al menos se leyeran los libros de autoayudas y de allí pasaran a textos más complejos, estaríamos frente al advenimiento de neo-lectores y lectores intermedios que han superado los primeros estadios de hábitos de lectura y escritura y se preparan para instalarse en la práctica de actitudes lecto-escriturales que les lleven a procesos independientes y como consecuencia, al desarrollo de una consciencia lectora y como usuario de la lengua escrita.
Pero ello no ocurre. Los docentes universitarios están siendo arrastrados hacia un paulatino, pero seguro empobrecimiento del lenguaje y del pensamiento.
A ello se agrega el olvido de los antiguos lectorados. En los centros educativos de Primaria, Bachillerato y universidades se hizo práctica obligatoria, hasta los años sesenta del siglo pasado, dedicar tiempo para la práctica de la lectura y su interpretación.
No sólo se formaban lectores fluentes, también usuarios de la lengua oral aptos para la práctica del español hablado en Venezuela. Su eliminación se tradujo no tanto en usuarios de la lengua escrita deficientes, sino en hablantes sin consciencia idiomática.
Los índices mundiales indican que para Latinoamérica, países como Brasil, México y Colombia, poseen entre cinco y siete libros por habitante. Mientras en Venezuela no se alcanza a uno por habitante. Más aún, según recomendaciones de la UNESCO, la edición mínima de un libro es de cinco mil ejemplares para ser registrado, catalogado en los índices internacionales. Pero en nuestro país apenas se alcanza un promedio de un mil ejemplares por título.
El escaso interés por la lectura lo podemos verificar preguntando a los docentes universitarios, por ejemplo; cuántas veces al año visitan la biblioteca central. Cuántas veces al año revisan libros que no sean estrictamente de sus asignaturas. Cuántos docentes solicitan libros a la biblioteca para llevárselos a sus hogares. Más aún, cuántas revistas especializadas leen al año?.
La independencia y adultez de una sociedad se constata cuando sus habitantes practican sus hábitos lectores y actitud proactiva hacia la escritura, en sitios visibles, como plazas, plazoletas, transporte público, centros educativos, parques, entre otros espacios que forman el entorno estético de un país.
Sin embargo, y a pesar de tanta pobreza en lectura y escritura entre una gran cantidad de docentes universitarios, debemos continuar insistiendo en la inmensa responsabilidad y certeza de saber que dentro de ese lamentable estado de anomia intelectual, somos nosotros quienes debemos revertir esa situación para construir la solidez de una práctica idiomática que establezca nuevos paradigmas en la elaboración permanente de un lenguaje que nos identifique como hablantes de una lengua practicada por más de quinientos años. Es el alma de una cultura que siempre estará re-creándose en los giros idiomáticos de quienes día a día se atreven a leer, escribir, hablar, escuchar y edifican su consciencia idiomática y destino cultural.

2 comentarios:

Nestor Rojas dijo...

Estimado amigo: Los docentes universitarios son (osos) bipolares con cierta incapacidad para comprender el universo: es decir, no son docentes ni univeritarios. Por lo tanto: no saben leer ni escribir. A lo sumo, apenas si recuerdan el alfabeto. Habrá quien ni siquiera eso puede. Saludos

Douglas Jiménez dijo...

El liderazgo es una cualidad que tiene muchas vertientes; por ejemplo, se puede ser líder de una pandilla de tracaleros. Alguien a quien se cita mucho −a veces abusivamente− dijo que el talento sin probidad es un azote. En todo caso, el liderazgo es una opción y uno puede, simplemente, renunciar a ella en la vida y no pretender en ningún momento ser conductor de nada.

Bueno... lo anterior puede ser cierto para muchos caminos de vida, pero es falso en absoluto si el camino escogido es el de la docencia. El docente, por naturaleza, debe ser líder. “Docente sin capacidad de liderazgo” parece un oxímoron; pero como el liderazgo no se ejerce en abstracto, es importante entonces aclarar cuál es el sentido del que corresponde al docente y a mí no se me ocurre otra cosa que pensar que se trata de un liderazgo cuestionador, uno que convoca a la no aceptación inmediata de idea ninguna por atractiva que sea.

En el ejercicio de este liderazgo, el lenguaje juega el importante papel de ser mediador entre el yo y los otros, y la comprensión es un asunto de riqueza de lenguaje. Ya lo dijo Wittgenstein: la extensión de mi mundo es del tamaño de mi lenguaje. De manera que si la pretensión apunta a la ampliación de los límites del mundo de quienes lideramos, tiene poco sentido admitir que mi mundo está bien como está y no necesito más. Ésta, y no otra, es la actitud de los docentes que rechazan el ejercicio de la lectura.

Por “ejercicio de la lectura” no entiendo −por supuesto− la consulta de libros de texto o la incursión en esa monstruosidad industrial que se ha dado en denominar “autoayuda” (nombre, por lo demás, harto contradictorio para un acto que necesita tantos manuales de búsqueda de la felicidad). No... al igual que Juan, me refiero al desarrollo de la capacidad de búsqueda independiente −y con alto índice de comprensión y elaboración− de fuentes que contengan ideas de variada índole. Sólo así es posible redimensionar el lenguaje para su conversión en instrumento de ampliación del Universo.

El profesor −y vaya que consigue uno ejemplos de esto− que se niega a seguir leyendo un texto por tropezar con alguna palabra ausente de su muy limitado vocabulario, o con una construcción gramatical ajena a la estructura convencional del silogismo, es un profesional negador de su obligación esencial de liderazgo. Si se tratara de casos aislados, vaya y pase... pero lo hemos dicho: la frecuencia es inquietante. Y como es más fácil transmitir lo destructivo que lo constructivo, las consecuencias están a la vista en la actitud de los alumnos hacia la lectura.

Se pueden decir muchas cosas más, el tema tiene tela pareja para cortar; pero el blog es de Juan y no mío. Me gustaría, eso sí, ver más actividad en esta entrada, precisamente por la importancia del asunto.

Douglas Jiménez.