jueves, marzo 24, 2022

¿Está mejorando Venezuela?

 



Lecturas de papel

 

¿Está mejorando Venezuela?

 

Juan Guerrero (*) 

 

En los últimos meses se ha estado generalizando la falsa afirmación según la cual el país se encuentra en una situación socioeconómica mejorada. Esto porque se ha visto una proliferación de pequeños emprendimientos en el área de alimentos, básicamente, con los denominados ‘bodegones’ que son pequeños abastos donde se vende gran cantidad de productos importados a precios dolarizados.

 

Esa proliferación se observa en todas las regiones del país al igual que la venta de vehículos importados y de la denominada ‘línea blanca’, así también de locales donde se venden teléfonos celulares de última generación.

 

Este escenario, junto con un despliegue de información y propaganda del régimen (utilizando periodistas ‘palangristas’ e influencer) han creado la falsa imagen de un país que está saliendo de la podredumbre socialista donde se encuentra desde hace poco más de 15 años.

 

Los estudios estadísticos, las investigaciones de campo adelantadas por organizaciones profesionales dedicadas a la observación y progreso de las sociedades, entre ellas la Agencia de las Naciones Unidas para la Alimentación, FAO, la Agencia Internacional para las Migraciones, ACNUR, el Informe Bloomberg de asesoría financiera (indica que Venezuela se ha convertido en una ‘economía de bodegones’)así como el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Católica ‘Andrés Bello (Encuesta Nacional de Condiciones de Vida), señalan que Venezuela se encuentra entre las últimas naciones del mundo en progreso humano, violación sistemática de los derechos humanos fundamentales, corrupción institucional generalizada, entre otros.

 

Los índices estadísticos de las Naciones Unidas (FAO) indican que Venezuela representa la cuarta crisis alimentaria mundial. Los índices de pobreza acumulada sobrepasan el 94% mientras la pobreza extrema se sitúa en 74%. La pobreza crítica en la población infantil, según datos de la agencia de las Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF, alerta que poco más de 3 millones de niños de hasta 5 años ‘necesitan con urgencia asistencia alimentaria y humanitaria’. Por otra parte, el 37% de los jóvenes, entre 15 y 17 años, no estudian ni trabajan. La migración venezolana, estimada según las agencias internacionales, sobrepasa los 6 millones de seres humanos, colocando a Venezuela en el segundo país con mayor número de migrantes en el mundo después de Siria.

 

El irrespeto del régimen totalitario de izquierda instalado en Venezuela viola constantemente los derechos de los trabajadores venezolanos, imponiendo en la práctica los denominados ‘salarios de hambre’ en los sectores más emblemáticos, como los de la salud y la educación.

Grave y dramática es la situación de las pensiones de los jubilados a quienes se les hace imposible acceder a la llamada ‘canasta alimentaria’, cuyo costo sobrepasa los 400$ mientras devengan en promedio 10$ al mes. 

 

Por otra parte, los servicios primarios: agua, electricidad, gas doméstico, teléfono, aseo e internet, se encuentran desde hace poco más de 12 años sin capacidad operativa e imposibilitados de atención para mantenimiento preventivo ni correctivo. De ellos el sistema eléctrico nacional se encuentra en las peores condiciones: subestaciones eléctricas sobrecargadas, torres y sistemas de transmisión en precariedad evidente. Todo ello hace que constantemente el suministro eléctrico nacional colapse y sea necesario suspender el servicio en extensas zonas del país, en promedio de 4-6 horas diarias.

 

¡No! Es falso que Venezuela se encuentre mejor y su economía esté recuperándose. ¡No! Es mentira que el régimen totalitario de izquierda radical adelante soluciones reales, tangibles, efectivas y eficaces para mejorar las condiciones de vida de la sociedad venezolana. Ejemplo de ello es el resultado de la evidente violación de los derechos de los profesores, personal administrativo y obrero de las universidades, a quienes se les ha desmejorado en sus condiciones de vida por sueldos y beneficios contractuales notoriamente insuficientes y violatorios de la normativa jurídica establecidos en la Constitución Nacional.

 

¡No! En Venezuela la diaria y sistemática violación de los derechos humanos básicos, por acción u omisión del Estado, las dramáticas condiciones de vida y la evidente censura a los medios de comunicación, han generado un caos generalizado donde el país y la república, de hecho, no existen. Donde se ha impuesto, de hecho, la violencia del régimen para ocultar la verdad de esta tragedia nacional.

 

(*)   camilodeasis@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1

viernes, marzo 11, 2022

Perugia




 Lecturas de papel

 

Perugia

 

Juan Guerrero (*) 

 

Perugia, capital de la Umbría, es una ciudad situada en el cuore verde’ de Italia. Su casco central lo conforman la antigua catedral, el palacio ducal y la circular fuente, construida hacia el siglo X, en la plaza IV de noviembre. Sinuosas y angostas, todas sus calles están empedradas. De hermosos nombres, como calle del sol, calle de los poetas, vía de la luna, calle del manzano. Las edificaciones son antiguas, algunos monumentos mantienen todavía los rasgosde sus primeros fundadores, como el Arco Etrusco, a un costado de la Universidad y cerca de la plaza FortebraccioEn esa universidad, de tan gratos recuerdos, estudió el insigne poeta venezolano, Alfredo Silva Estrada, entrañable amigo y quien fue mi profesor.

 

Los parroquianos, peruginos, hacen su vida entre el trabajo y los encuentros en las tabernas y bares, donde el ‘calcio’ (fútbol) es el tema preferido. Más abajo del centro está el mercado. De exquisitos olores. Allí se vende el vino crudo al detal, también los dulces y las frutas de verano.

 

Perugia es la ciudad del chocolate. De los paseos al atardecer, de las largas conversaciones hasta el amanecer. Del Pinturicchio (Bernardino di Betto), y del Perugino(Pietro di Cristoforo Vannucci), astistas que colorearon el paisaje de la ciudad en frescos que se aprecian en las iglesias, la pinacoteca y el Colegio del Cambio. 

 

La ciudad silenciosa y taciturna a ratos se despierta a golpes de campanas, de las tantas iglesias que existen en tan reducido perímetro. Este pueblo, que me albergó por un tiempo, ha sabido coexistir con los rostros de cientos de miles de jóvenes de todo el mundo, quienes año tras año han transitado por sus laberínticas calles y espacios de esta singular ciudad medieval. 

 

Viví en una buhardilla donde las paredes guardaban las historias de alcoholes, risas y ardorosos gemidos de antiguos amantes. De noche la ciudad es una inmensa sombra. Las viejas edificaciones, altas, con cientos de ventanales, son ojos que observan silenciosos en la penumbra de las calles. Cada cual camina la ciudad buscando su propia historia. Cada ángulo de ella, cada esquina y cada borde traza una imagen que la mirada encuentra mientras la semi luz que cae entre los resquicios de sus calles, devela el rostro de un ser semejante a la noche.

 

Perugia es un lugar para el encuentro del alma, para el abrazo consigo mismo, para la quietud y el reposo. Para el ensimismamiento y el cultivo del ser. Perugia es uno de esos lugares en el mundo donde los hombres pueden encontrar las huellas de los ángeles mientras hurgan en el horizonte de la ciudad, en sus lejanos montes, como el Subasio, tan cercano a Asís y a Francisco Bernardino, monje amoroso y santo de los poetas. Ángel caído que habló al lobo y lo aquietó. Lejanos horizontes donde el verdor de sus campos descansa el ojo y lo deleita en sus tonalidades.

 

Perugia es una de las escasas ciudades donde el hombre ya no es el centro. Por lo contrario, ella es siempre la gran protagonista. Las disputas de amor, los odios, rencores y contradicciones tienen como inicio y fin a la ciudad. Todas las lenguas se encuentran en el ‘Corso Vannucci’. A cada instante alguien te mira y te saluda desde su lejanía, venida de quién sabe dónde. Ese largo corredor central encierra acaso, miles de historias de millones de transeúntes que a diario la acarician con sus pisadas.

 

Por esas mismas calles transitaron, en 1786, los poetas Heiney Goethe. También el barón von Humboldt, en 1802. Bajando a un costado del corso, y detrás de la catedral, se llega a la librería Ulises. Allí encontré la poesía de Leopardi, leí a Sciascia y a D’Annunzio. Encontré hojas artesanales y una amada me obsequió un sello con mis iniciales. 

 

Por las esquinas puede uno encontrarse de repente, con los servidores de agua. Líquido fresco que viene de los montes y es fría y siempre bien cuidada. Por las mañanas la ciudad es un jolgorio de felicidad y emoción, de cualquier ventana se deja escuchar un aire de ópera a capella, como también una ruidosa discusión, así también un claro lamento y quizás una voz maternal que llama a un niño.

 

Todo eso y más es Perugia. Habría que afirmar su vocación humana, esa donde perviven todos los sentimientos, todos los contrastes, todas las diferencias. Pero vividas desde una tolerancia ganada luego de tantas disputas. La ciudad es el lugar de la coexistencia, donde se transitan los miedos e incertidumbres, los dolores y sufrimientos, pero también los rostros siempre abiertos, amplios y llenos de amor para la aventura humana: afirmar la vida y saber vivirla con la intensa emoción de la primera vez.

 

(*)  camilodeasis@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1

jueves, febrero 17, 2022

Para ser libre




 Lecturas de papel

 

Para ser libre

 

Juan Guerrero (*) 

 

Ya lo indicaba el profesor, Daniel Pennac en su libro Como una novela: “El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo ‘amar’…, el verbo ‘soñar’” Y esto es cierto, por eso los procesos lectoescriturales deben desarrollarse, más que en ámbitos democráticos, en verdaderos espacios donde el sentido de la libertad, de la amorosidad y la felicidad sean el centro de toda experiencia de lectura significativa.

 

Por ello los libros más trascendentales de la humanidad, como Don Quijote, la BibliaEl Popol VuhLa Divina Comedia, La OdiseaEl señor de las moscasLa montaña mágicaLa metamorfosisLa hoja que no había caído en su otoñoHamletEl señor de los anilloso aquellos de estos tiempos, como Harry Potter, Crepúsculo o Juego de tronos, contienen algo altamente explosivo en sus relatos: lo mágico, esotérico y misterioso.

 

Ese esoterismo es la marca que trasciende y hace que tanto el libro como el lector, sea este iniciado o fluente, se muevan en universos de experiencias más allá de su ruta de vida cotidiana. Porque un libro tan mágico y esotérico como la Biblia no es propiedad de ninguna religión, ni tiene que ver con iglesia alguna. Es, sí, referencia cultural de pueblos antiguos que cuentan sus historias, mitos, fábulas y hasta actos amorosos, como en el Cantar de los cantares, texto de absoluto erotismo o aquel pasaje de alta magia y hechicería donde el profeta y maestro místico Moisés, frente al faraón quien hace aparecer una serpiente, extiende su cayado y hace aparecer otra de mayor tamaño. Son estos como otros, actos de alta alquimia, brujeriles (en términos esotéricos), de experiencias y hechos mistéricos que construyen procesos de complejidad en la mente humana y hacen del libro una verdadera y significativa experiencia de lectura.

 

También en libros, como Don Quijote o Harry Potter, donde lo mágico es parte esencial en la narración. Es en estos extremos donde el lector encuentra sentido, correspondencia y vive la experiencia de la libertad como hecho cierto, donde no existen impedimentos para trascender y trascenderse e instalarse en otros mundos. Donde lo imposible no tiene razón de ser. Toda realización, todo acto de creación está ofrecido merced a la intrincada, laboriosa y compleja red de relatos que son expuestos en total y absoluta libertad.

 

Por eso es tan necesario atreverse a leer, y leer libros significativos, trascendentes, que permitan acercar la experiencia de la libertad del ser. Entender que la lectura de estos y otros libros, donde la magia de la vida se aprecia como esencia que impulsa hacia la libertad como plenitud, como vivencia y como hecho cotidiano, son el resumen de culturas que afirman la esencialidad de esa otra razón de existencia: la vida mística, amorosa, esotérica expresada en sus misterios como hechos cotidianos.

 

La libertad se vive, tanto en los hechos cotidianos de la vida como en la búsqueda de ella mientras construimos nuestras historias. Eso lo encontramos también en la lectura de libros que son sagrados, que resumen parte de una cultura. 

 

No creo prudente que un neo lector inicie su experiencia de lectura con textos complejos, como El libro de Urantia o el enigmático Codex Gigas (Biblia del Diablo). En esto siempre he deseado, al menos, tener entre mis manos para acariciarlo, el misterioso, enigmático e imposible de traducir (hasta ahora) Manuscrito Voynich. Texto o codex crípticoque no ha podido ser descifrado, apenas se comprende parte de su complejo e intrincado sistema de dibujos y lenguaje imposibles de entender para los eruditos.  

 

Sí sería grato iniciar la experiencia de la libertad con un relato corto, como La hoja que no había caído en su otoñodel escritor Julio Garmendia. Un cuento que en su sencillez muestra lo más complejo de la naturaleza, a partir de la historia de una hoja adherida a la rama de una ceiba que no quiere desprenderse y ve pasar su tiempo hasta que le llega su otoño y es tomada en el pico de un pájaro que en su vuelo responde el trino de un ave enamorada y ella, la hoja, va ‘cayendo’ eternamente al infinito.

 

Relatos como estos muestran el infinito de mundos que reflejan los misterios que encierran las lecturas de libros esplendorosos, como estos que citamos. Son ejemplos de libertad amorosa, construcción de universos donde la lectura es plenitud y certeza de vida eterna.

 

(*)   camilodeasis@hotmail.com   T

jueves, febrero 10, 2022

Salvador Tenreiro, entre las redes




 Lecturas de papel

 

Salvador Tenreiro, entre las redes

 

Juan Guerrero (*) 

 

De ese encuentro a mediados de los años 90, en Puerto Ordaz, para después vernos semanalmente en las redes sociales, pasaron cerca de 30 años. Fue una cercana tertulia entre tres buenos amigos. Venía Salvador de ofrecer una conferencia a la que no asistió nadie, solo nuestro común amigo, él, un técnico de sonido, y yo. Pero tuve el privilegio de recibir toda la atención de quien me obsequió su libro con un hermoso mensaje. Después la tertulia se disipó entre comentarios sobre el estado de la cultura nacional y sus hacedores. –Mala gente ésta que nos rodea, me dijo Salvador, en referencia a los nuevos gobernantes.

 

Había leído a Salvador Tenreiro (1952-2021), desde hacía mucho tiempo. Sabía de sus pasos como profesor en la Universidad Simón Bolívar, donde se desempeñaba como investigador y docente. También porque había estudiado, una década antes, en la Escuela de Letras de Universidad Central de Venezuela donde se hablaba de él como un erudito y meticuloso crítico literario.

 

Después solo supe que se había ido a París por estudios doctorales en La Sorbona. Fueron años de silencio mientras iba construyendo su extraordinaria obra literaria que está ofrecida como un tesoro para quienes quieran darla a conocer. Porque la obra poética, ensayística y de relatos construida por Salvador Tenreiro está hermosamente trabajada a partir del uso de un lenguaje despojado de todo ornamento que la pueda ocultar. Es una ‘palabra plural’, amplia, cadenciosa y muy personal. Aborda cantidad de temas que siempre terminan en el ser, en la esencialidad de la palabra. 

 

Entre las desgarraduras que encuentro en la escritura de Tenreiro, el desarraigo es una presencia dolorosa, tanto por haberla vivido en carne propia como por la manera como la aborda, desde la cotidianidad del regreso a un espacio del que partió siendo muy niño y al que regresa sintiéndose ajeno. Solo los recuerdos de lo memorioso alcanzan abrazar el desamparo. Español exiliado en Venezuela o venezolano exiliado en España. Fue su destino, que, sin embargo, asumió de una manera original. Se refugió en sus últimos años en las redes sociales y a través de ellas logró construir su propio espacio, permanecer como presencia indispensable entre quienes periódicamente le seguíamos y leíamos a través de sus relatos, poemas, fotografías y artículos.

 

Así, cada semana publicaba sus relatos donde el espacio que habitaba físicamente (La Coruña) se iba ampliando con recuerdos de su amada Caracas, la ciudad de la eterna primavera. Ajenas personas que se encontraba ahora por las calles empedradas de sus años de niñez, sobreviviendo solo para pagar la renta y comer. Son parte de la temática de sus últimos escritos, también de sus poemas que iluminan la dolorosa soledad que va transitando. La del regreso a un pueblo que no le reconoce, pero que al mismo tiempo le saluda educadamente y al final, solidariamente termina por ser su lecho de vida eterna.

 

Como Salvador Tenreiro, otros escritores mantienen su presencia en las redes sociales, utilizando estas plataformas para dar a conocer sus escritos, incluso para sugerir lecturas, informar y formar lectores críticos. Al hacerlo, logran que el lector común pueda acceder a otras maneras de abordar el lenguaje donde se encuentre con formas de escritura más complejas y, por tanto, mayor capacidad para nutrir su lenguaje. 

 

La presencia de estos escritores en las redes sociales inaugura una manera de abordar las nuevas tecnologías desde una perspectiva que contribuye a aumentar la audiencia de quienes han sabido utilizar las redes sociales con fines pedagógicos, para incentivar el interés por la lectura, por los temas literarios y culturales. Porque este escritor presentó en sus relatos que publicaba en su portal, nombres de escritores, de artistas e intelectuales desconocidos o muy poco conocidos.

 

Gracias, Salvador. Tu iniciativa para mostrar tus últimas creaciones resultó un incentivo para quienes sabremos apreciar tu luminoso lenguaje, construido desde la más pura y sagrada amorosidad de la vida, que tanto amaste.

 

 

(*)  camilodeasis@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1

viernes, diciembre 24, 2021

La radio en navidad




 Lecturas de papel

 

La radio en navidad

 

Juan Guerrero (*) 

 

  Mi padre fue de los últimos personajes que solía sentarse a escuchar la radio. Cada día, de cada mes, de cada año, mi padre llegaba del trabajo y, una vez que dejaba las bolsas con las compras de alimentos, se sentaba al lado de su amado radio a escuchar hasta bien entrada la noche, sus programas de noticias favoritos.

 

Su juguete era un gran radio, tipo cajón, General Electric, con una serie de extraños tubos de vidrio en su interior. Él conocía la función de cada uno de ellos. Siempre le pasaba por los bordes un trapito y lo mantenía impecable. De cuando en vez iba a la agencia de servicio y se llevaba la muestra para comprar el tubo que debía reemplazar.

 

  Sentarse al lado de su radio era su pasión y su gusto. Nunca conocí a otro igual, que se sentara así, por el puro placer de escuchar la radio. Mi padre comenzaba muy temprano por la mañana, cerca de las 5, y mientras preparaba su café de primera mañana, encendía la radio para escuchar los noticieros nacionales. Las campanitas del noticiero de radio Rumbos o de radio Calendario, nos despertaban tempranito. Él se enteraba a primera hora de los sucesos nacionales, internacionales y regionales como persona siempre bien informada. Después, ya entrada la tarde, llegaba a casa lleno de bolsas del mercado y periódicos. No podían faltar ni el diario Panorama ni El Nacional. 

 

Su descanso era sentarse, después de cenar, y quedarse el resto de la noche con su radio escuchando voces de otras latitudes, en otras ciudades y países. Con él aprendí términos, como ‘onda corta’, ‘ondas hertzianas’, ‘bandas AM y FM’ (Amplitud modulada, y Frecuencia modulada), entre tantos otros. 

 

  Pero lo que se convertía en una verdadera fiesta vecinal era cuando llegaba la navidad a Maracaibo y concretamente a nuestra calle. Por días la cuadra cambiaba de rostro y de escenario. Los vecinos tenían sus horas de llegada y nunca de partida. Venían a nuestra casa para probarse los vestidos de estreno, donde mi madre era la modista. Desfilaban revistas de modas, recortes, telas, hilos, botones, tizas, tijeras, mientras mi padre, para complacer a la audiencia de féminas, le aumentaba el volumen a su radio y de inmediato se escuchaba la voz de Felipe Pirela y sus deliciosos boleros, o los clásicos del cantor maracaibero Armando Molero, o las gaitas en la voz del Monumental Ricardo Aguirre. 

 

Las visitas entonces improvisaban bailes, chistes, risas que estremecían de tanta felicidad. Y era nuestra casa el hogar de toda la cuadra. La casa de doña Carmen era un pequeño oasis que emulaba aquella del centro de la plaza Baralt, tan bullanguera, ruidosa y refranera.

 

  Mi padre giraba y giraba los controles de su radio buscando gaitas, guarachas y demás ritmos decembrinos para animar la concurrencia. Hasta que cierta vez el turco Elías se apareció con un ‘picó’ marca RCA Víctor. Lo dejó en medio de la sala. Tenía cuatro patas de madera largas como de flamencos. Encima tenía una cubierta de plástico y dentro estaba la magia donde se colocaban los ‘donpley’ de 33 y 45 revoluciones. Entonces mi madre dijo que ella lo había comprado a crédito. Desde entonces, el picó de mi madre desplazó a la radio de mi padre y se comenzaron a escuchar canciones seguidas de un mismo cantante. La algarabía se ordenó, se hizo más sofisticada por así decirlo. En el picó se colocaban los discos con villancicos, parrandas y aguinaldos navideños. Eso marcaba desde entonces el inicio de la navidad en nuestro hogar.

 

  Pero mi padre nunca desistió de su apego a la radio. Desde el primero de enero al treintaiuno de diciembre de cada año. Todos los benditos días de la semana, mi padre se sentaba a escuchar su radio. Escuchaba, se notaba que, en cada intervención de alguna voz, él meditaba, reflexionaba y luego, compartía con la familia. Nos informaba sobre datos, noticias importantes, mensajes de navidad de las empresas tradicionales. Gustaba repetir la clásica promoción de navidad de los Almacenes Dovilla. Era un loro que, con su particular voz, decía: ‘Dovilla ¡Qué maravilla!’

 

Traer a mi memoria esos momentos de tiempos decembrinos donde la radio de mi padre era el centro del hogar, es saber que hubo un tiempo de intensa celebración de vida, compartida, de vivencia y convivencias. Creo que en estos tiempos de alta tecnología de seguro mi padre andaría metido con algún artilugio de último modelo, con audífonos y demás, no solo escuchando, también viendo y escribiendo todo al mismo tiempo, como a él le agradaba hacer: ofreciendo a su familia, vecinos y amigos, las últimas noticias del mundo. Mientras mi madre tendría un sofisticado equipo musical, donde estarían, además de los temas de Barbarito Diez, los aguinaldos, villancicos, y las últimas piezas musicales de los mejores grupos gaiteros.

 

(*)  camilodeasis@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1

 

miércoles, diciembre 08, 2021

La palabra esencial




 Lecturas de papel

 

La palabra esencial

 

                                                                                                    A la memoria de mi sobrino, Dr. Pedro Belisario Guerrero

 

Juan Guerrero (*)

 

 

  Hay palabras fundacionales, telúricas, estremecedorascomo muerte, olvido, poesía, amor, amistad, vivir, leer, recordarEn sí mismas no pueden ser aprehendidas ni mucho menos, definidas, conceptualizadas. No admiten sinónimos, ni mucho menos, antónimos. Ellas son así, etéreas, están en la propia ingravidez de su ser. No pueden ser impuestas. A nadie se le puede obligar a amar, olvidar, por ejemplo, ¡olvide!, ¡ame!, ¡lea!

 

  Las palabras se encarnan mientras vivimos, existimos. Por eso es tan importante entender que las palabras son esenciales en nuestra vida. De niños aprendimos el lenguaje y las primeras palabras. Antes de encerrarlas en conceptos y definirlas ellas gravitaban en nuestro ser, se dejaban sentir mientras aprendíamos a pronunciarlas. Nos importaba más el sonido y su dibujo que el propio significado. 

 

  Por eso las palabras tienen poder, estructura, dimensiones y fuerza de movimiento. Hay palabras que tienen una cadencia, un ritmo y musicalidad impresionantes. Pronunciar ruiseñorinfinitonostalgia, crea sensaciones en nuestro cuerpo. Lo estremece, lo prepara para algo inmenso, que siempre va más allá, hacia lo afuera, eso que se abre al mundo y es eternidad.

 

  En la vida aprendí que al estar con un maestro espiritual hay que pedirle una palabra. Una vez que la otorga, quedas introducido en el bautismo de la intimidad donde él nunca jamás ha de abandonarte. Donde quiera que estés, podrás refugiarte en esa palabra. Ella queda grabada en el universo y es un mantra, un talismán que te abriga y es luz que ilumina y es refugio en nuestra soledad, mientras acompaña nuestro silencio.

 

  No a cualquiera se le brindan nuestras palabras más íntimas, sagradas y ocultas. En los pueblos antiguos, los viajeros y forasteros que llegaban de visita, recibían como ofrenda, agua y palabras. Lo primero era obsequiado por mujeres; un agua para saciar la sed de los caminos. Lo segundo, palabras de los ancianos que orientaban e iluminaban caminos y daban seguridad y compañía. Por eso los antiguos apreciaban las palabras, respetaban y se comprometían a cumplirla, a honrarla. Era la palabra oral aquello que regía toda relación, y estaba íntimamente ligada al cuerpo y al ser de quien la pronunciaba. La palabra yacía al fondo, estaba dormida en la lengua y encerrada entre los dientes y cercada por los labios. Era entonces un tesoro, una espada flamígera, un poder, y por eso los sabios y los ancianos son, así: silenciosos. 

 

  Por ello, siempre debemos esperar de quien nos habla que cierre su ciclo, la secuencia de su diálogo. Apreciar siempre la entonación, el ritmo, la cadencia y timbre en su vocalización. Así sabremos desde su manera de respirar, hasta el tiempo que marcan sus palabras. Después vendrá el momento de comprender la secuencia discursiva, su significado y cómo conceptualiza su realidad idiomática.

 

  Pero, aunque comprendamos, estemos o no de acuerdo en sus conceptos, siempre va a permanecer en nosotros, la marca de su fuerza verbal en sus sonidos. Hay música entonces en las palabras, como un brillo, un juego antiguo que nos acercará siempre a la primera vez cuando de niños, disfrutábamos pronunciarlas. 

  Por ello, es menester volver siempre al punto de inicio, porque volvemos nuestro rostro y sentimos el rocío de un hálito de vida que recubre en su pronunciación el misterio de nombrarlas. 

 

  Debe ser terrible, espantoso, morir sin haber vivido. Y vivido significa haber sentido en la intimidad el poder infinito de una palabra, de quien, en nuestro entorno, alguna vez nos estremeció cuando nos llamó por nuestro nombre, cuando nos dijo, ¡amor!, ¡hermano!, ¡amigo!

 

  Siempre habrá tiempo y lugar para regresar al hogar donde nuestras primeras palabras fueron pronunciadas. ¡Siempre! Siempre tendremos la oportunidad de encontrar el sitio, el momento donde estaremos cercanos, preparados para comulgar en el rito mágico que nos conecte con nuestra palabra esencial, única, estremecedora. Esa que palpita y es emoción y dicha eterna. 

 

  Los tiempos para comulgar con nuestra palabra que vibra en su esencialidad, nos humanizan, nos elevan a una categoría diferente que nos libera de toda efímera atadura. Brindemos, pues, a nuestro semejante la mejor palabra, ofrecida en libertad. Esa palabra que le nutra, que sea alimento espiritual y que brinde la huella eterna por la que un día seremos recordados.

 

(*)  camilodeais@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1