
martes, enero 22, 2008
púdico erotismo

domingo, enero 20, 2008
púdico erotismo

duele vivir
elevando plegarias y rezos
duele vivir
desollado de amor
poemas cotidianos

viernes, noviembre 23, 2007
poemas cotidianos

viernes, octubre 05, 2007
poemas cotidianos

estoy amando a la mujer más linda de la tarde
sin melancolías ni fracasos
mientras dejo caer levemente mi cabeza
sobre esta almohada y los cielos se entrecierran
en sombras de verano
estoy amando a la mujer más linda de la noche
en puntos de estrellas
ahora cuando mi recuerdo vaga calle abajo
deslizando mis dedos sobre la verja
sintiendo tu rostro
densidad de saberte entre lirios
semejante a piel maternal
-habitante de tu ausencia
el padre desconocido
mirando en lejanía
esta noche la casa penetra
en mi piel
inmensa sábana blanca
vago por los espacios ajenos
donde el limonero albergó mis sueños
esta noche escuché tus pasos
mirada de espejo
densa ausencia de tu voz
confundiendo palabras
risas y deseos
estoy amando a la mujer más linda de esta madrugada
sin disculpas ni excusas
rasgo de sonrisa entre mis labios
mis manos sobre tus senos
vaporosa mirada de casabe y café con leche
metro y medio de humana mujer
ampulosa y lasciva
volcánica
sedosa
esta noche arde la memoria
a media calle
casa llena de ausencias
cercada en grama y blanca
no están los girasoles
las ixoras se han ahogado con la lluvia
y los azulejos de la tarde escaparon al parque
qué aguardar sino la noche
este silente amanecer
tú
cerca del norte
yo
al sur
vecinos de la última memoria
brote de escombros
acercando tristezas
queda esta ceniza en la espesa noche
la casa doblada en la mirada
calle abajo
miércoles, septiembre 19, 2007
poemas cotidianos
yo que moriré irremediablemente
derrotado en la medianoche
hasta siempre
dejo en cada piel mi humedad
este vicio del erótico aullido en tu costado
herido como animal
agónico
gesticulando nombres ya olvidados
años cuando fui intensidad
temblando en sangre
fiebre y alcohol
oloroso a semen mientras te encimabas
este dolor de habitar la vida
sollozando mientras pronuncio palabras de amor
soledad lacerante que a ratos
cubres con tus besos
y sin embargo
no sé quién eres
perdí tu rostro entre tantos rostros
tu gemido tiene esa ausencia de siempre
grito desesperado entre mis manos
esperanza
mientras espero la muerte aprendí a masturbarme
deambular por mi apartamento en las madrugadas
silencioso
aprendí el lenguaje del hombre solo
la dicha del secreto lejano
mientras espero la muerte aprendí a pensarte
saber que existes en algún lugar
que vienes de un mismo kinder
donde descubrí el brillo del amor en tu mirada
mientras espero la muerte aprendí a recorrer tu cuerpo
conté cada poro y conocí tu olor vaginal
almizclado entre perfumes
tu poder y tu gloria
soy desde entonces un derrotado en los orgasmos
mientras espero la muerte aprendí el lenguaje de los pájaros
la libertad de un azulejo
la alegría de loros y guacamayas en tardes guayanesas
abril queda cerca en la memoria
a un paso está mayo
y al borde del año se acerca junio y su solsticio
entonces la vida es pura lluvia
luna de plata
mientras espero la muerte aprendí a soñar con esta vida
irracional
extraña y humana
hombres temerosos y astutos
que huyen de su muerte
magia de la palabra
sólo tus labios saben del dolor y del placer
pero callas
encerrada detrás de tus dientes
tu lengua guarda el sabor de la palabra amor
la densidad del tono al pronunciarla
música exquisita y vibrante
de un dios erótico y carnavalesco
dímelo
lanza tu palabra y rasga mi piel
penétrame con tu vagina
que se abre en flor carnívora
y lasciva
este silencio tan lacerante
tensión de tu rostro
orgásmico
aquietado entre mis manos
cumpleaños
esta madrugada muere mi amor
y nadie se entera
este amor que se escapa entre mis manos
como agua de manantial
-y tú que decías que venías de un mismo lugar
de siglos atrás
eras la mujer en blanco
del cuadro de van gogh
donde toda mirada era una fiesta
tus huesos de algodón
te hacían levitar
y llegabas a mí como hálito de vida
latiendo tu voz musical por el teléfono
donde la piel se humedece
con luz de neón
dejaste en mi cementerio todas tus cruces
ahora te habita el desamor y la torpeza
de tus años
que amortajas entre tanto silicón
nadie te visitará después del último día
de septiembre
salvo el recuerdo
y tu soledad
martes, septiembre 04, 2007
poemas cotidianos
tensar la noche
dejarla penetrar como ala de ángel
en la piel
-y esta sensación de abandono
tanto silencio
no quiero alejar mis ojos del cielo
estas estrellas de medianoche
en la ciudad que se adormece
que tanto amo
es mi espacio
el centro del mundo
puerto ordaz es mi lugar de aguas
de esplendores mañaneros
mi quietud nocturna
cuando se entrega a las sombras
-y esta sensación de abandono
que no cede
culpas de amores
grabadas en el cuerpo
corderos sacrificados
en el festín de la vida
rostro lunar
tú me decías que toda cercanía
era de un tiempo eterno
ahora queda la noche
este brillo lunar
pensarte en alta densidad
mientras pasa tu rostro oval
en rojo profundo
sé que son años de ausencias
días detenidos en un mismo lugar
amparados al final de septiembre
cómo regresar con tanto hueso roto
tanta piel desollada
tanta intensidad de vida entre las manos
almuerzo
vienes a mí desde tu pueblo de selvas
con labios de seda
diciendo alegrías
esta manía de nombrarte en mi silencio
mientras preparo el almuerzo
hablarte mientras cocino
adobo la carne para la sopa
saber que estás entre olores crepusculares
eres sabor de un vino tinto italiano entre mis labios
mezclado entre perejil cebolla en rama
una pizca de pimienta negra sal ajo y salvia
después
toda verdura se acopla
en un manjar de dioses
luz acunada en un mismo centro
poblada de un lenguaje anterior a la memoria
que resplandece
y es oro de auyama
de ocumo y papa
deseo de tu piel que es vapor de caldo hirviente
jueves, agosto 16, 2007
poemas cotidianos

mirarme los pies
las puntas de los dedos mientras cae la tarde
saber que en alguna parte alguien está muriendo
otro agoniza en su sangre
y otro más sale a la vida sin destino
mirarme los pies
acariciarlos como tú lo hacías cuando me ofrecías tu sonrisa
y saber que la soledad acompaña al desamor
la tristeza de esta mujer
golpeada y violada por su hombre
me cuenta la crueldad de su pequeño infierno
-pero en el fondo lo amo
dice entre lágrimas
observo mis pies
y pienso en ella
la veo caminar taconeando su plástica alegría
siliconeada
paseando su efímero poder en cada pecho
de puntas más elevadas que su cerebro
sé que el día ya no da para más
tampoco la noche
ni esta madrugada
lluviosa y sombría de puerto ordaz
esperando la mañana
con su parte de guerra
nuevas palabras
qué palabra define esta sensación de lejanía
esta íntima soledad
sin ayer ni mañana
este quedarme aislado en el puro hueso
contemplando el paso raudo
de los segundos
sentir su eternidad
qué diccionario posee la palabra
que me diga de este momento
tan sin tiempo
sin espacio
rondando la cocina y sus olores
de albahaca orégano y romero
sacudiendo el polvo de la mesa
colocando sábanas en la cama
limpiando la mugre del baño
tendiendo mis camisas y pantalones
como almas flacas que se arrugan
qué palabra encuentro para nombrar mi derrota
esta incapacidad para vivir
entre apariencias
alegre y plástica
aniversario
es demasiado temprano para nacer a la muerte
y sin embargo
el tedio y la melancolía hacen de este día
un espacio que sobra
lenta mañana que agoniza
mientras la tarde avanza su calor de verano
agosto pasa sin sobresaltos
entre dibujos y lecturas de brujas y hechiceras
es demasiado temprano para nacer a la muerte
y sin embargo
tu piel ya no me reclama humedades
no me calma esta pasión
este mes clavado entre mis ojos
largo verano cóncavo
lleno de truenos secos
afiebrado en sus bordes
esperando la noche
entre dos lunas que iluminen este cansancio
es demasiado temprano para nacer a la muerte
porque todos se han ido a dormir sus miserias
sus miedos
entre discursos y declaraciones de prensa
falsos rezos en las iglesias
y no me acuerdo del nombre de mi ángel
olvidé el rostro de todos
el nombre de mi patria
es demasiado temprano
madrugada fría y lejana
nadie despierta
viernes, agosto 10, 2007
oráculo del conocimiento inútil
El artista es un producto del
Renacimiento que está a punto de morir.
Gertrudis Goldschmidt (Gego).
La mirada al texto plástico de María Eugenia Catoni (Caicara del Orinoco, 1955) supone un tránsito hacia los bordes de historias fragmentadas. Eso que está ahí, en las periferias de la vida; como restos, pedazos de vidas que se expresan en ángulos donde el sobrecogimiento adviene como reacción a eso que somos: cierta podredumbre humana.
Construida bajo una seriación de miradas ocupadas en verse a sí mismas desde el modelaje, la apariencia surge como acto del no ser; monologar entonces es la circunstancia que aspira establecer eso dialógico para sentirnos acompañados por el Otro. Pero ese otro es quizá la sombra de nuestra propia ausencia.
Pero qué miran los objetos-lentes, que en blanco se amortajan a la espera de alguien para ofrecer su oquedad?. Laberinto de espacio en disolución que se abre cuando colocamos en nuestros ojos esos raros objetos que aumentan la figura mientras se muestran a un mundo de contrastes, donde el colorido visualiza la danza de un carnaval de risas contenidas en un sollozar de ausencias.
Son estas las marcas discursivas en un bosquejo de objetos, donde el material plástico no sólo es presencia en la configuración de líneas y trazos de las obras, también determina la actitud ante la vida y lo que ella significa.
Vivimos entonces en la Edad del Plástico. De alguna manera todos llevamos en nuestra memoria y nuestra piel, las marcas de este tiempo. Tiempo de sinuosidades, cargado de incertidumbre y a la vez de un frenesí por aquello efímero y huidizo. Hoy vivimos las relaciones desde lo efímero. De arte contenido como Obra única, pasamos por estas de contenido utilitario y efímero. Esta presencia de lo que es apariencia inútil supone un pensamiento similar. La canalización de la vida y sus contornos, sus lamentaciones y festejos, vienen modelados desde eso trivial que dice de una razón agotada y enferma. Y es precisamente la enfermedad espiritual, psicológica lo que fragmenta y disuelve, arrincona y excluye; como el sida. Es esta enfermedad de la que todos padecemos en su base emotiva.
Corroe en la intimidad del abandono, la lejanía del Otro-semejante que ya de tan distante se disuelve en espacio-tiempo y queda atrapado en la cuadratura plástica, como objeto que espera ver a través de él.
Por ello la necesidad de expresarnos como prótesis (prothêsis) que se extiende, para exponer en su fragilidad, en su expresión gelatinosa, un aparente poder que nos permita acercarnos a la humanidad que aspiramos encontrar. Esa es la razón de la persona (personae) que como extensión del ser, artificialmente se alarga en su capacidad para maniobrar desde la apariencia.
Justo entonces la resolución plástica de Catoni cuando el lente mira a través de dos prótesis en su encierro de buscar desde el vacío de la persona aquello que anhela el ser: el Otro semejante.
A más de lo efímero de amontonar lentes en seriación, como inútil discurso argumentado desde la banalización de lo cotidiano, Catoni amortaja en blanco sus anteojos para no diferenciar ni distinguir el inútil decir de la vida plástica.
Los rasgos del discurso teórico vienen ya mostrados desde los inicios de lo que ha sido el nombrar eso postmoderno. Suerte de caída en la desesperanza y la idiotez del pensamiento, artificialmente construido a partir de lugares comunes que se expresan en la cotidianidad como actos trascendentes por los medios audiovisuales.
En la expresión plástica de esta artista no hay nada en demasía. Posiblemente sí la cortedad en la presencia de pequeñas piezas que sin embargo, son consecuencia de una reflexión ante eso sobrante y que va por los márgenes de la vida. De eso se nutre la mirada de María Eugenia Catoni. Esos lugares olvidados y que son como piezas desmontables que le sirven a su vez, para alcanzar una-otra y única mirada, que se amontona en el coloritmo propio de esto que somos. Hay gozo carnavalesco pero también reposo en el pensar la vida y sus fragmentos.
Un bien pensado y mejor trabajado esfuerzo artístico en quien se sabe conocedora de su propio lenguaje; ese de lo lúdico (ludens) donde lo artesanal supone la antigua presencia del espacio aquelárrico que celebra el devenir del movimiento hecho Obra de arte.
jueves, julio 05, 2007
miércoles, junio 27, 2007
miércoles, junio 20, 2007
La Gafedad del Mío Cid

Estructurado el texto en tres partes: destierro del Campeador por el rey Alfonso VI, tras supuestamente haberse apoderado el héroe de unos bienes mal habidos; captura del sitio de Valencia e inicio de la retirada de los moros, y; desposamiento de sus hijas con los infantes de Carrión. El poema supone un propósito superior y éste viene representado por la necesidad del héroe en demostrar valores, como la lealtad, la honradez, la valentía, entre otros, que han sido puestos en tela de juicio por el rey al condenarlo al destierro.
Si bien el Campeador acepta inicialmente la pena impuesta, que incluye la pérdida de sus derechos de patria potestad sobre su familia, mujer e hijas, así como la de ser asistido y peor aún; el que nadie le pueda dirigir la palabra so pena de ser castigado; observamos en este hecho una singular manera de castigo más profundo, que lacera y corroe el alma: la negación de la palabra. No es sino una niña, que por su ingenuidad se atreve a hablarle cuando llega a uno de los pocos poblados donde inicialmente puede acercarse.
Esta manera de castigo, de negarle la palabra al Otro-diferente viene de muy antiguo. En los pueblos de la antigüedad se usaba castigar con la máxima pena a quien realizaba actos innobles; como ultrajes, asesinato o quien maldecía injustamente. Nadie en el pueblo podía ni mirarlo ni dirigirle la palabra. Así, el condenado terminaba o yéndose del pueblo, o se volvía loco o se suicidaba. Por su parte los romanos y griegos eran un poco más benévolos: a los corruptos les permitían estarse en la polis… sin embargo, cuando se les saludaba, al extenderles la mano se les volteaba la cara en señal de desprecio. Quizá en nuestros días ya no ocurre eso pero en algunos lugares, cuando alguna persona decide no dirigirle más la palabra a otra, aún se escucha la frase: -Fulanito le hizo la cruz a sutanito.
El condenado, en nuestra reflexión Rodrigo Díaz de Vivar, experimenta en carne viva la condena propia de aquellas almas que eran despojadas de todo cuanto les suponía derecho de ciudadanía. Pierde, como ya indicamos, sus derechos de patria potestad sobre su mujer e hijas, pierde su derecho de poder vivir en su pueblo, pierde el derecho a comunicarse con sus semejantes, pierde sus derechos sociales como un hijodalgo (Hidalgo), que si bien es uno de los primeros escalones en la jerarquía monárquica de la época, está en el camino del ascenso social. Es un condenado real. El Cid es un ser menospreciado por la divinidad encarnada en el rey.
Pero ¿qué es aquello que tanto ven en el héroe que repugna y hace que le saquen el cuerpo y le den la espalda.?.
La respuesta a ello no está tanto en la manera externa como se desarrollan los acontecimientos, como en el padecimiento por el que pasó la sociedad de aquellos tiempos.
Ese padecimiento al que nos referimos es la llamada Gafedad, Lepra, enfermedad leonina o elefantiasis. Esto, por las características que reviste en los enfermos la inclinación del cuerpo que se encorva, junto con la característica que adquieren los miembros superiores, así como la alteración del tejido dérmico. También por estar por mucho tiempo confundida con la sífilis, se le emparentó a esa enfermedad, caracterizándose al enfermo como pecador y por tanto, condenado por Dios a padecer semejante mal.
Al leproso o gafo, una vez identificado como tal, se le despojaba de absolutamente todo derecho civil, al punto de ser declarado en la práctica, un muerto viviente. Nadie se le podía acercar, ni hablar ni darle posada ni alimentarle. Andaban los leprosos por los bordes de los caminos y lejos de las entradas a los pueblos, mientras sus carnes se caían a pedazos, se iban desintengrando poco a poco. Quedaban en la desnudez como almas que vagaban en la medianoche de esos tiempos.
Pero el Campeador no padece de lepra, físicamente hablando. Eso es cierto. Su padecimiento es interno, espiritual y semeja en todo la desintegración del cuerpo individual, aquello que se experimenta en la vida de una sociedad que por cerca de 800 años permanecía bajo dominio de la cultura islámica. Apenas unos cuantos señoríos, aldeas cristianas dispersas en la zona del cántabro, donde se guardaban los misterios de una cultura heredada de la hispania romana y de los visigodos. Pedazos de fragmentos de un imperio, como el romano, roto y partido en dos grandes bloques, el de oriente y occidente, que posteriormente fueron a su vez partiéndose en pedazos de espacios donde apenas quedaban vestigios de ese esplendor imperial. Esa es la vida de una sociedad que padeció la enfermedad de la lepra en toda su intensidad. Una fractura física pero básicamente espiritual. Lo vemos en la duda sobre los valores que inicialmente al héroe le reclama el mismísimo representante de la divinidad en la tierra, el rey.
Siempre me ha asaltado la duda de esos valores del Campeador que tanto han ensalsado los estudiosos del cantar. Posiblemente asumo la valentía y el sacrificio como actos caballerescos. Pero ciertamente hay un dejo de fetidez, de cosa extraña, por decir lo menos, cuando el Cid ofrece a sus propias hijas a unos mozalbetes por el sólo hecho de su linaje real.
Cómo se le podría catalogar a este Rodrigo Díaz de Vivar ahora?. Un arribista social?. Ciertamente los tiempos son diferentes. Pero no encuentro nada de heroico en este suceso, salvo para lo afirmado anteriormente y también, para acercarse a su bendito rey, para complacerse ente la divinidad. Pareciera, modernamente hablando, un chupamedias cualquiera. No encuentro nada de extraordinario en semejante acto salvo la fetidez de una enfermedad que arrastra en su alma y que es, como bien ya conocemos, un mal por insanía, por suciedad, una infección tal y como siglos después Hansen lo indicó.
Esa infección ataca al Cid y está caracterizada también por la tendencia de un hijodalgo a escalar posiciones en la jerarquía monárquica, a como dé lugar, aún y teniendo que regalar a sus propias hijas a unos cobardes nobles, como son los Infantes de Carrión.
Curiosa enfermedad que diezmó a media Europa, junto con la peste y que posteriormente, fue traída a este lado del mundo precisamente por ladrones, asaltantes, corruptos, ineptos, expresidiarios y demás truhanes, que formaron los primeros grupos de europeos que vinieron a este continente.
Como vemos, cada época parece estar signada por claves discursivas, por palabras mágicas que determinan el comportamiento de una sociedad. Lo vemos en la alta y baja Edad Media, con la lepra o mal divino. También en siglos posteriores, con la tuberculosis. Enfermedad que se acentuó a finales del setecientos y todo el ochocientos. Mal de la melancolía y el padecimiento silencioso. Enfermedad socialmente aceptada por ser un síndrome de tortura enviada por Dios. Los tísicos eran en el ochocientos personas jipatas, amarillentas, extremadamente flacos, de ojos desorbitados, propensos al desvanecimiento y la permanente tos que llegaba a la flema sangrante. Iba muy a la medida de una sociedad mojigata, taciturna y melancólica. Caracterizada por el paso lento y los movimientos de un cuerpo como en cámara lenta. De mirada distraída y llena de ensoñación y adormecimiento.
Pero es en el novecientos cuando la humanidad despierta y se lanza al movimiento frenético y la construcción de un mundo a velocidad extrema. Mundo que se piensa constantemente. Se razona, se mentaliza hasta la histeria. Así se aprecia otro mal de siglo. El cáncer va de la mano con este hombre que se consolida como criatura científica y reta a Dios y al Diablo frente a su hazaña más acabada: la tecnología.
El cáncer es una enfermedad de la mente, un mal de los tiempos modernos. Caracterizado por el agotamiento espiritual y la soledad del hombre mientras existe en la densidad de millones de personas.
Pero si a la lepra, la peste, la tuberculosis y el cáncer le damos importancia como síndromes que marcan espiritualmente una época; creo que la actual, sin duda alguna, está signada por la impronta de lo artificioso en demasía: el sida. Su origen mismo supuso la duda de si era la primera enfermedad creada en un laboratorio. Aún existe tal duda. Enfermedad de la postmodernidad, de eso que está en lo que llamo la Era del Plástico y de la Prótesis. Nace como síndrome propio de eso que agota, de una absoluta soledad que se padece como muerte espiritual. El sidoso, como el leproso, es un ser excluido del entorno social. Inicialmente se le recluyó en espacios separados. La lógica, dentro de la ironía de la vida, nos dice que todos estamos infectados de ella. Somos propagadores de esa enfermedad, aún sin padecerla físicamente. La fragilidad de una sociedad y de un mundo, que transitamos en suelo gelatinoso y de arenas movedizas, nos dice que pronto estaremos cercanos a ella. Esto es cierto. Cada vez conocemos del amigo del amigo que tiene un conocido pedeciendo tal mal. Cada día los círculos se angostan. Cada vez son menores los límites que nos separan. Por eso desarrollamos las prótesis. Ese embellecimiento ante la “peste”. Esa degradación progresiva y certera de padecer del síndrome, de esa enfermedad incurable que nos diezma y nos reduce a ser siempre eso que somos: podredumbre humana recubierta de perfumes, silicón, bótex, para impedir, como en el leproso del Campeador, la caída a pedazos del alma.
Después de todo algo sí reconozco en el cantar de gesta aludido: la maravillosa muestra de un idioma que nombra su propio padecimiento.
martes, mayo 15, 2007
día feliz

viernes, marzo 02, 2007
acunada en los caracoles

poder sentir en mis labios el roce de
tu clítoris
húmedo y duro como faro marino
no tengo otra memoria para nombrarte
que esta sal de mis palabras
sé que existe otro tiempo
sé que hay otra memoria donde habita
el sentimiento de la primera vez la primera mirada
el primer y único beso la inicial mano que recorre la piel
donde sólo hay estremecimiento y gemido
enamorado de ti
te llevaría hasta el mar de los sargazos
donde duerme la voz de cortázar
elegante sensual y quejumbrosa
esa voz vital que habla en salmos
llena de silencios
aquietada en los bordes de sábanas
de sus mujeres ausentes
qué no daría por una mirada tuya
que me devolviera el hechizo
de tu elegante andar
mientras recorro con mis dedos la imagen
salina de tu sombra
alargada en la tarde de una playa oriental
qué no daría por saber que aún moras
en los espejos de agua que multiplican tu rostro
mientras duermes acunada en los caracoles
donde el rumor de la mar no cesa
y te nombra
domingo, febrero 18, 2007
caracolito de mar

a veces
sólo a veces mi palabra te nombra y te encuentra entre olas entre el musgo
y sin embargo
sé que no sobreviviré a tanto desamparo tanta maldad humana
a quién le importan mis palabras
quién recordará estas palabras esta inutilidad de saberme hombre
intrascendente e inservible de tanta pereza tanta tristeza acumulada en los pliegues del cuerpo
a veces
sólo a veces tu voz me rescata de la soledad y martirio de los días
de tanta madrugada ardiente
entonces me veo en la isla que fue nuestra un fin de semana
una isla sólo para dos
una isla que habitamos como amantes llenos de sal y rocío
de humedad
te recuerdo en el sabor del vino y el semen en tu boca
lasciva y hundida entre sábanas
acaso la isla fue también un inmenso cuerpo que meció su silencio
mientras jadeabas encima de mí
detrás de ti toqué tus bordes tu infinita vagina y tu ano como escondrijo de caracoles
mujer de mis milagros
mujer de mi infinito amor
redondez de tus nalgas que aprisionan mi sexo mientras el rumor de la mar entra por la ventana
y bendice este amor de silencios y olvidos
te menciono de memoria conozco la lujuria de tus pies tus largos y cálidos dedos que cobijaron mi húmedo falo te sé viva en la playa te conozco desde siempre
arqueada como amazona encima del vencido
y sin embargo
esta palabra apenas dibuja la silueta de tu rostro
desnudos en la tarde de un domingo mientras los peñeros enfilaban sus proas para saludar nuestra libertad de amantes
acostados sobre el pasillo de los vientos
sobrevive ahora sólo el sentimiento de una vibración de madrugada
mientras el odio y la maldad son noticias en la pantalla que anuncia tormentas
ruido de sables
acaso es mi memoria que no desea sucumbir ante tanto día igual
tanto ocaso perdido
mujer de mis milagros mujer de infinitas pecas de amor
yo te absuelvo con mis palabras
con estos versos
este exorcismo que más que palabras son sonidos de una voz más allá de toda comprensión y locura
duele esta madrugada
duele mientras pasa por la ventana un adormecido vigilante
y sé que no hay palabra que lo nombre
que describa tanta pena y desamparo
prefiero la palabra inútil junto a la mar
aquietada de tanto espanto tanta isla que deslumbra mi piel
prefiero la casa abandonada que nuestro amor convirtió en mirada de cristal
ese amor vestido de blanco mientras el sol ocultaba su luz
y dejaba que una vela acompañara la cena
junto a los grillos
al canto de ranas y al oleaje frente a las piedras
no sobreviviré
tengo conciencia de ser apenas un hombre
pero el amor que palpita y estremece
mueve dentro de mí su oleaje
su sal
entonces te menciono sigo las huellas a la orilla de la playa
descalza
alargada en la sombra de la tarde que fue
estás tú
mujer de mis milagros
a una pitonisa en delfos (c. 473 a. d. N. E.)

regresan con el alba
palabras que pronuncio en tu ausencia
reconocen tu cuerpo aroma de sombra
hace frío
tu alma huele a sándalo
brilla en la oscura memoria de los días
mientras descansa mi mano izquierda
sobre el hombro
reconozco una palabra
hundida en seda
adherida
fija en tu hombro
otras cubrieron tus senos
redondeándolos
palabras incrustadas
ensortijando tus cabellos
diluidas en tu rostro
que cubrí con verbos
oración continuada en tus muslos
ocultando la humedad en tus bordes
los pájaros despiertan esta mañana
que todavía nace
roza un ala sobre la cristalina calma del egeo
palabras en tu vientre
articuladas
que entibiaron tus pies
lejos
las barcas son diminutos lunares
de un cielo que cubre este mar
ninguna palabra nombra este silencio
desamparo en lo siempre ido
domingo, noviembre 19, 2006
El río, esa presencia telúrica

Mirar el río hecho de tiempo y agua
Y recordar que el tiempo es otro río,
Saber que nos perdemos como el río
Y que los rostros pasan como el agua.
Jorge Luis Borges. Arte poética.
Como el río, la ciudad nos cubre con una sutil piel acuosa. De madrugada la ciudad se impregna con un manto de rocío. He vivido en este lugar de aguas muchos años y siempre la mirada regresa a la primera vez, cuando en la distancia avisté esas dos presencias: Orinoco y Caroní. También llevo en mi mirada los amaneceres en los caños del Orinoco, entre aguas quietas y siluetas de toninas con sus amorosos silbidos. Así también los atardeceres frente al Caroní, cuando las nubes enormes se amontonan sobre la dulce agua para cubrirla a la hora del ángelus.
La piel de esta tierra está impregnada por ambos ríos. El Orinoco es una inmensa línea de agua dulce que arrastra una antigua memoria. Esa ancestral y telúrica emoción donde todo ser que lo habita se sabe dueño de un secreto.
La ciudad es un espacio de dos aguas que la rodean y la hacen aparecer imponente y altiva. Así es su destino; anchuroso y majestuoso. Es como sus ríos, de cuerpos que a cada instante cambian. Infinitos rostros la pueblan.
La del Orinoco es un agua que viene del fondo de la selva. Desde el cerro La Neblina nace quien alguna vez depositó sus aguas en los bordes mismos de Urumaco, allá cerca de la península de los médanos; arenas que vienen del norte de África. Por eso el Orinoco ha vertido sus barrosas aguas sobre casi todo este espacio. Y de esa arcilla las manos antiguas fueron modelando el rostro de su gente, tan semejante a sus orillas. Sobre esta tierra reposan las gotas, los rocíos y las ondulaciones acuosas de esta memoria telúrica llamada ahora Orinoco.
Pero el agua del Caroní es diferente. Es más imperceptible y fantástica. Caen sus aguas del propio cielo. Aguas que en su bajada mineralizan y abrillantan la fresca piel guayanesa. Así de fuerte es esta presencia áurea y diamantífera que energiza la ciudad y la hace vital en su esplendorosa noche que compite con la luz enceguecedora del día.
Amo la ciudad doble en sus silencios, desde sus esquinas, en las calles anchas de Puerto Ordaz o en las angostas y torcidas callejuelas de San Félix. Amo mi ciudad doble en las frentes de sus hombres y mujeres que la pueblan. En los sudores del mediodía. Cuando refresca la tarde. En las madrugadas cuando los jóvenes la asaltan, entre cervezas, cigarros y música estridente. Es mi ciudad. Es mi ombligo del mundo. Es mi ventana mística donde encuentro las respuestas a lo que fui, soy y seré.
Este sitio, este lugar del mundo es quizá el único que tiene no una sino dos memorias citadinas que se acoplan y coexisten en su diversidad. Como sus dos ríos, San Félix y Puerto Ordaz reflejan a la vez la pureza y el lado pútrido de su misma esencia. Y en modo alguno es contradictorio. Es más bien la expresión de una dinámica de vida donde afloran las pasiones en su asombro constante de existencia: monjas y putas se confiesan en su íntima relación con los ríos. La ciudad doble es abierta y a la vez secreta. Mantiene siempre una duplicidad en todo. Es un espacio sagrado y constantemente profanado por aventureros, mercaderes del vicio, religiosos que dicen haber llegado al paraíso, académicos que concretan saberes en las enormes catedrales que vierten humo y olores, o damas y caballeros que de día se enserian en sus cargos ejecutivos y de noche confiesan sus penas en casinos, clubes y prostíbulos. Pero también los dos ríos purifican constantemente odios y rencores, tristezas y melancolías. Toda agua, todo líquido y toda forma acuosa que se aloja en la carne y en la sangre guayanesa, vienen de esos ríos y a ellos regresan. Por eso la humedad que se siente en la ciudad está impregnada de sensualidad, de erotismo que se hace carne y despierta pasiones. Las mujeres y hombres que habitamos la capital del sur de esta expresión geográfica llamada ahora Venezuela somos seres vitales, acostumbrados a vivir el tiempo acompasado por las olas de los ríos. Es siempre un mismo y cambiante tiempo; como sus ríos, que siempre están pero que siempre pasan.
mañana del diez de enero de dos mil seis.
miércoles, noviembre 01, 2006
toribio

Le recuerdo siempre sentado a un lado del patio de la casa, con su índice derecho colocado a la altura de la boca. Pensativo. Mirando a la distancia. Debajo de un improvisado techo, al lado del limonero. Flacos ambos; tanto él como el enclenque árbol. Hombre de alpargatas y sombrero de ala corta. Nunca abandonó su sombrero. Desde el amanecer hasta que se iba a dormir, se le veía con su indumentaria de campesino. Camisa manga larga que a veces anudaba a la cintura. Hablo hoy de ti, Toribio Viterbo. Nombre único y esplendorosamente antiguo, como el adagio en sol menor de Albinoni, que escucho ahora y que cierta vez te mostré y tanto te agradó. Venido de los lados de un pueblo también viejo y casi mágico. De El Palmar donde el casabe es pan de mesa. Donde los primeros vehículos a motor, como me contaste cierta vez, asustaron a medio pueblo. “Era, don Juan –como me llamabas, cosa del diablo. Era negro y echaba humo por el frente. Yo tenía como 15 años. Lo vi venir por la calle arenosa del pueblo. Mire que acaté sólo a tirarme a un lao cuando pasó por el frente. Me santigüé por aquello del fin del mundo.” Pero Toribio casi no hablaba. Tampoco fue un hombre de hacer muchos ruidos a su alrededor. Era silencioso. Más bien taciturno. Pasaba ratos casi sin moverse. Como rígida estatua que se confundía con el limonero. Parecían dos árboles viejos. Secos ambos. No sé quién secó a quién. Lo cierto es que eran el uno para el otro. Se hablaban. Muchas tardes le escuchaba conversar con su arbolito de limón. Por las tardes también venía adentro de la casa mientras cargaba entre las manos un viejo periódico. Lo leía y releía. Ya cuando no lo podía leer más, entonces lo dejaba y buscaba otro. Más viejo o más nuevo. Más de una vez nos sorprendió con noticias que para él eran delicadas. Casi todas ya habían pasado hacía meses o semanas. Pero Toribio se sorprendía al saberlas. Quizá sea por ello que en sus pensamientos y cavilaciones, un buen día se decidió a escuchar la radio. Tenía uno pequeñito donde escuchaba las emisoras locales. Por las tardes, casi ya en la noche, se dedicaba a escuchar las noticias del día. Eran de su interés y muy silenciosamente ponía atención al locutor mientras miraba a lo lejos. Su silencio era la marca esencial de su elegante discurso. Esa habla de campesino señorial que marca y alarga sus vocales. Casi nunca decía nada. Hablaba desde el silencio. Podía pasar horas de horas callado y sentado en su sillita. Sobre un espacio encementado. Cuando hacía demasiado calor, se iba al cuarto a bañarse y después echaba agua al limonero y al poco de tierra que estaba cerca de él. Las veces que salía de la casa, cambiaba sus chancletas por alpargatas. Fue de los últimos hombres que he conocido que siempre calzó alpargatas cuando salía, contadas veces, y jamás abandonó su sombrero. De él aprendí a valorar aún más los momentos de silencio y la simplicidad de las cosas. Para vivir no se necesitan muchas ni grandes cosas. Apenas la vida. También el silencio. Un árbol, aunque sea de los pequeños, pero árbol al fin. Un sombrerito. Un par de alpargatas. Lo demás son ganancias que en este mundo tenemos, como contemplar los azulejos que llegaban por las mañanas y a partir de las cinco de la tarde. Como leer viejos periódicos y escuchar. Porque Toribio escuchaba mucho. Siempre atento aunque parecía que estaba ido. Como con sus pensamientos volando más allá de las nubes, en las calurosas tardes de esta nuestra ciudad de momentos que semejan otras memorias. También sorprenderse de la vida y sus encantos.
Ahora Toribio se volvió puro silencio y recuerdos. Mi flaco amigo se estará más callado que de costumbre. Ya no le hago más su sopa de los domingos. Pero también el limonero se quedó solo y quién sabe si habrá alguien que de vez en cuando le eche una agüita.
domingo, septiembre 24, 2006
maniobras para un suicidio
Quiero dormir cansado
y no despertar jamás.
Quiero dormir eternamente
y ese amor no me comprende.
Manuel Alejandro. C/ Vicente Fernández.
Jackson Pollock no fue tanto un pintor de puntos y trazos discontinuos en su desenfrenada alucinación del color que extendía más allá del cuerpo. Fue, secretamente, como Van Gogh, un adelantado del lenguaje a partir de la expresión del sentimiento. Por ello el lenguaje convencional les quedaba limitado y decadente. El sentimiento y los bordes de las emociones, como el espacio silente, no pueden declararse con este nuestro lenguaje tan lleno de convencionalismos y normativos. Los girasoles del pintor holandés lo mismo que los puntos en la aparente irregularidad del trazo en Pollock, o la búsqueda del blanco absoluto en el pintor de Macuto, Armando Reverón, pueden emparentarse con ese lenguaje que ronda los límites mismos de lo extremo. Es allí donde está el mismo ser de las palabras. Eso íntimo y que es parte del silencio, de esa caída hacia adentro y de donde nadie regresa. La danza de lo extremo entonces se hace evidente allí donde ya las palabras se agotan, se angostan y entonces entramos en la ruta de la desesperanza. Esos lugares donde se entra a pura piel y nervios. Como cuerpos a la intemperie de la vida.
Hace ya muchos años fue escrito un Manuel para suicidas. En su momento escandalizó a los franceses. No recuerdo ya su autor. Lo que sí preciso es la intencionalidad de buscar, más que recursos concretos para el acabamiento de la vida, aquellos aspectos donde el suicidio no es, como muchos creen, un acto de cobardía ni menos huida de la realidad. Es, todo lo contrario, una plena y lúcida actitud de responsabilidad individual ante tanto alejamiento de lenguaje que nombre estos sentimientos que nos rondan y nos laceran en lo hondo, tan cerca del alma. Acaso por eso Steiner, en su ensayo sobre El abandono de la palabra, nos dice que el lenguaje y la palabra ya están desgastados. Diríamos demasiado manoseados. Ante semejante desierto de analfabetismo, sea quizá esto la entrada al mundo de las imágenes puras y simples, del símbolo multívoco y lleno de incertidumbre. Cuando las palabras se agotan y enflaquecen, el silencio salta como serpiente que enrosca el cuerpo y tritura nuestra garganta hasta cerrarla. Es un mundo habitado ahora por sombras de un lenguaje que en nada representa la riqueza idiomática que un día ocupó. Ya las palabras no emocionan a nadie. No deslumbran. Ya las vocales perdieron todo encanto. La palabra madre nos dejó huérfanos. Y aquella que denotaba patria nos dejó en el puro destierro. La lectura de un cuento, de un ensayo o de un solitario poema ha quedado para ser apreciada en salones cerrados, casi crípticos, donde compartimos la emoción de escucharlas, junto con las polillas, los sonidos de celulares y los bostezos de quienes acuden a ver fósiles que palabrean.
Ahora cuando escribo esto siento esa lejana luz que cada momento se hace más pequeña. Y no sé si serán las palabras que se han ido, se han ocultado porque ya no pueden seguir representando ese papel donde la excesiva discursividad, llena de neologismos con su secuencia de impredecibles significados que la relativizan, está cansada y terriblemente opacada por los reflectores de la banalidad de frases pre-construidas e imágenes continuas en los medios comunicativos; lo que nos lleva a intentar esas maniobras suicidas donde es el cuerpo vivo, silencioso, que se prepara para saltar al otro lado, donde se está quizá más pleno. Hoy no es suficiente con tener conciencia de la vida y lo que ella expresa a través de su desgaste, las palabras; también es necesario para existir tener conciencia de la muerte, más como continuación de lo primero y como posibilidad de un nuevo sendero que exprese en palabras, ese mundo donde entramos de puntillas y donde sólo percibimos a través de la piel y la sangre, un oculto lenguaje que no puede ser traducido en palabras. Por eso maniobramos continuamente en la incertidumbre y el suicidio, encerrados en el espacio-tiempo de un modo de decir las cosas donde acaso la mirada, la nostalgia, los olores y los recuerdos, nos acercan orillas de un mundo más pleno e íntimo, más certero. Ya no hay más plenitud para seguir expresando el sentimiento amoroso con la misma palabra amor.
viernes, julio 28, 2006
VIVENCIA DE DIOS

Experimentar el abandono de Dios desde la infancia es sentir la caída y fusión en un todo que inevitablemente mostrará nuestro vacío interior.
Aherrojados como hemos sido, buscamos un punto donde asirnos; esa torpe y humana condición del temor a Dios. Y si el protagonista viene a ser una mujer, la experiencia que vive del abandono de Dios será mayor, considerada ella –en los textos sagrados- como un ser “hecho de masa informe e impura”.
La vida de Lou Andreas Salomé –Rusia, 1861-Alemania, 1937- se inserta en esa temprana vivencia del ser humano por lo sagrado y profano, Dios-Demonio. Su vida y su obra están dirigidas a la búsqueda de una condición humana que permita la visión “andrógina” de Dios, situación que en un momento le llevó al más puro ateísmo y a la reafirmación de la libertad de la mujer como ser pensante y transformador de una realidad.
Su íntima amistad con Friedrich Nietzsche y Paul Rée, filósofos que vislumbraron en sus obras los inicios de lo que más tarde se conocería como el psicoanálisis. Sus amores con el poeta Rainer María Rilke, su ferviente amistad y devoción por el doctor Sigmund Freud, y el respeto por su marido, el profesor de lenguas orientales Carl Andreas, permitieron a Lou Salomé situarse en el más avanzado pensamiento humanista de la Europa de finales del siglo XIX. La visión que ella tiene del mundo, del hombre y de Dios –un Dios construido con las cenizas dejadas por la experiencia de la infancia y el pensamiento de Nietzsche- van a iluminar a la “intelligentzia” europea, algunas veces de manera irrespetuosa, otras a partir de su lucidez y rigor analítico como adelantada en las sesiones de terapia psicoanalítica, en los círculos intelectuales de Viena o Berlín, frecuentando las tertulias junto a Carl Gustav Jung y Adler, discípulos de Freud, o en los conciertos ofrecidos por el genial compositor Richard Wagner.
La obra de Lou Andreas Salomé es la pasión de un ser humano por la vida y su religiosa dedicación al amor y la amistad como energías vitales directamente ligadas a la idea de un Dios profundamente humano y accesible al pensamiento y acción del hombre. Tal vez es esa idea grecorromana del dios que participa de la vida del hombre: que va al hogar, a lo pueril e intrascendente, que comparte la mesa y el mendrugo de pan, los juegos, amores y la soledad. Así concibe Salomé a su Dios, construido desde una infancia de imágenes contradictorias sobre la divinidad, a veces falsa en otras cruel.
Su juventud, que transcurrió en San Petersburgo, estuvo marcada por la obsesión de dos sacerdotes –Hermann Dalton y Hendrich Gillot- que le llevan a un alejamiento de la idea de un dios construido a imagen del hombre. Renuncia a ese dios hipócrita y obsesionado por la maldad y crueldad.
La vida de Lou Andreas Salomé es la pasión de un ser humano por la libertad de pensamiento, la visión-pasión por un Dios y un mundo ligados íntimamente a la realidad del hombre y su forma de actuar en la sociedad.









