miércoles, septiembre 19, 2007

poemas cotidianos


agonía


yo que moriré irremediablemente
derrotado en la medianoche
hasta siempre
dejo en cada piel mi humedad
este vicio del erótico aullido en tu costado
herido como animal

agónico

gesticulando nombres ya olvidados
años cuando fui intensidad
temblando en sangre
fiebre y alcohol
oloroso a semen mientras te encimabas

este dolor de habitar la vida
sollozando mientras pronuncio palabras de amor
soledad lacerante que a ratos
cubres con tus besos
y sin embargo
no sé quién eres
perdí tu rostro entre tantos rostros
tu gemido tiene esa ausencia de siempre

grito desesperado entre mis manos



esperanza


mientras espero la muerte aprendí a masturbarme
deambular por mi apartamento en las madrugadas
silencioso
aprendí el lenguaje del hombre solo
la dicha del secreto lejano

mientras espero la muerte aprendí a pensarte
saber que existes en algún lugar
que vienes de un mismo kinder
donde descubrí el brillo del amor en tu mirada

mientras espero la muerte aprendí a recorrer tu cuerpo
conté cada poro y conocí tu olor vaginal
almizclado entre perfumes
tu poder y tu gloria
soy desde entonces un derrotado en los orgasmos

mientras espero la muerte aprendí el lenguaje de los pájaros
la libertad de un azulejo
la alegría de loros y guacamayas en tardes guayanesas
abril queda cerca en la memoria
a un paso está mayo
y al borde del año se acerca junio y su solsticio
entonces la vida es pura lluvia
luna de plata

mientras espero la muerte aprendí a soñar con esta vida
irracional
extraña y humana

hombres temerosos y astutos
que huyen de su muerte



magia de la palabra


sólo tus labios saben del dolor y del placer
pero callas
encerrada detrás de tus dientes
tu lengua guarda el sabor de la palabra amor
la densidad del tono al pronunciarla
música exquisita y vibrante
de un dios erótico y carnavalesco

dímelo
lanza tu palabra y rasga mi piel
penétrame con tu vagina
que se abre en flor carnívora
y lasciva

este silencio tan lacerante
tensión de tu rostro
orgásmico

aquietado entre mis manos



cumpleaños


esta madrugada muere mi amor
y nadie se entera
este amor que se escapa entre mis manos
como agua de manantial
-y tú que decías que venías de un mismo lugar
de siglos atrás
eras la mujer en blanco
del cuadro de van gogh
donde toda mirada era una fiesta
tus huesos de algodón
te hacían levitar
y llegabas a mí como hálito de vida
latiendo tu voz musical por el teléfono
donde la piel se humedece
con luz de neón

dejaste en mi cementerio todas tus cruces
ahora te habita el desamor y la torpeza
de tus años
que amortajas entre tanto silicón

nadie te visitará después del último día
de septiembre
salvo el recuerdo
y tu soledad

martes, septiembre 04, 2007

poemas cotidianos


celebración


tensar la noche
dejarla penetrar como ala de ángel
en la piel
-y esta sensación de abandono

tanto silencio

no quiero alejar mis ojos del cielo
estas estrellas de medianoche
en la ciudad que se adormece
que tanto amo
es mi espacio
el centro del mundo
puerto ordaz es mi lugar de aguas
de esplendores mañaneros
mi quietud nocturna
cuando se entrega a las sombras

-y esta sensación de abandono
que no cede
culpas de amores
grabadas en el cuerpo

corderos sacrificados
en el festín de la vida



rostro lunar

tú me decías que toda cercanía
era de un tiempo eterno
ahora queda la noche
este brillo lunar
pensarte en alta densidad
mientras pasa tu rostro oval
en rojo profundo

sé que son años de ausencias
días detenidos en un mismo lugar
amparados al final de septiembre

cómo regresar con tanto hueso roto
tanta piel desollada

tanta intensidad de vida entre las manos



almuerzo

vienes a mí desde tu pueblo de selvas
con labios de seda
diciendo alegrías

esta manía de nombrarte en mi silencio
mientras preparo el almuerzo
hablarte mientras cocino
adobo la carne para la sopa

saber que estás entre olores crepusculares
eres sabor de un vino tinto italiano entre mis labios
mezclado entre perejil cebolla en rama
una pizca de pimienta negra sal ajo y salvia

después
toda verdura se acopla
en un manjar de dioses
luz acunada en un mismo centro
poblada de un lenguaje anterior a la memoria
que resplandece
y es oro de auyama
de ocumo y papa

deseo de tu piel que es vapor de caldo hirviente

jueves, agosto 16, 2007

poemas cotidianos



pasional


mirarme los pies
las puntas de los dedos mientras cae la tarde
saber que en alguna parte alguien está muriendo
otro agoniza en su sangre
y otro más sale a la vida sin destino

mirarme los pies
acariciarlos como tú lo hacías cuando me ofrecías tu sonrisa
y saber que la soledad acompaña al desamor
la tristeza de esta mujer
golpeada y violada por su hombre
me cuenta la crueldad de su pequeño infierno
-pero en el fondo lo amo
dice entre lágrimas

observo mis pies
y pienso en ella
la veo caminar taconeando su plástica alegría
siliconeada
paseando su efímero poder en cada pecho
de puntas más elevadas que su cerebro

sé que el día ya no da para más
tampoco la noche
ni esta madrugada
lluviosa y sombría de puerto ordaz

esperando la mañana
con su parte de guerra



nuevas palabras


qué palabra define esta sensación de lejanía
esta íntima soledad
sin ayer ni mañana
este quedarme aislado en el puro hueso
contemplando el paso raudo
de los segundos
sentir su eternidad

qué diccionario posee la palabra
que me diga de este momento
tan sin tiempo
sin espacio
rondando la cocina y sus olores
de albahaca orégano y romero
sacudiendo el polvo de la mesa
colocando sábanas en la cama
limpiando la mugre del baño
tendiendo mis camisas y pantalones
como almas flacas que se arrugan

qué palabra encuentro para nombrar mi derrota
esta incapacidad para vivir
entre apariencias
alegre y plástica


aniversario

es demasiado temprano para nacer a la muerte
y sin embargo
el tedio y la melancolía hacen de este día
un espacio que sobra
lenta mañana que agoniza
mientras la tarde avanza su calor de verano
agosto pasa sin sobresaltos
entre dibujos y lecturas de brujas y hechiceras

es demasiado temprano para nacer a la muerte
y sin embargo
tu piel ya no me reclama humedades
no me calma esta pasión
este mes clavado entre mis ojos
largo verano cóncavo
lleno de truenos secos
afiebrado en sus bordes
esperando la noche
entre dos lunas que iluminen este cansancio

es demasiado temprano para nacer a la muerte
porque todos se han ido a dormir sus miserias
sus miedos
entre discursos y declaraciones de prensa
falsos rezos en las iglesias
y no me acuerdo del nombre de mi ángel
olvidé el rostro de todos
el nombre de mi patria

es demasiado temprano
madrugada fría y lejana

nadie despierta

viernes, agosto 10, 2007

oráculo del conocimiento inútil


El artista es un producto del
Renacimiento que está a punto de morir.
Gertrudis Goldschmidt (Gego).

La mirada al texto plástico de María Eugenia Catoni (Caicara del Orinoco, 1955) supone un tránsito hacia los bordes de historias fragmentadas. Eso que está ahí, en las periferias de la vida; como restos, pedazos de vidas que se expresan en ángulos donde el sobrecogimiento adviene como reacción a eso que somos: cierta podredumbre humana.
Construida bajo una seriación de miradas ocupadas en verse a sí mismas desde el modelaje, la apariencia surge como acto del no ser; monologar entonces es la circunstancia que aspira establecer eso dialógico para sentirnos acompañados por el Otro. Pero ese otro es quizá la sombra de nuestra propia ausencia.
Pero qué miran los objetos-lentes, que en blanco se amortajan a la espera de alguien para ofrecer su oquedad?. Laberinto de espacio en disolución que se abre cuando colocamos en nuestros ojos esos raros objetos que aumentan la figura mientras se muestran a un mundo de contrastes, donde el colorido visualiza la danza de un carnaval de risas contenidas en un sollozar de ausencias.
Son estas las marcas discursivas en un bosquejo de objetos, donde el material plástico no sólo es presencia en la configuración de líneas y trazos de las obras, también determina la actitud ante la vida y lo que ella significa.
Vivimos entonces en la Edad del Plástico. De alguna manera todos llevamos en nuestra memoria y nuestra piel, las marcas de este tiempo. Tiempo de sinuosidades, cargado de incertidumbre y a la vez de un frenesí por aquello efímero y huidizo. Hoy vivimos las relaciones desde lo efímero. De arte contenido como Obra única, pasamos por estas de contenido utilitario y efímero. Esta presencia de lo que es apariencia inútil supone un pensamiento similar. La canalización de la vida y sus contornos, sus lamentaciones y festejos, vienen modelados desde eso trivial que dice de una razón agotada y enferma. Y es precisamente la enfermedad espiritual, psicológica lo que fragmenta y disuelve, arrincona y excluye; como el sida. Es esta enfermedad de la que todos padecemos en su base emotiva.
Corroe en la intimidad del abandono, la lejanía del Otro-semejante que ya de tan distante se disuelve en espacio-tiempo y queda atrapado en la cuadratura plástica, como objeto que espera ver a través de él.
Por ello la necesidad de expresarnos como prótesis (prothêsis) que se extiende, para exponer en su fragilidad, en su expresión gelatinosa, un aparente poder que nos permita acercarnos a la humanidad que aspiramos encontrar. Esa es la razón de la persona (personae) que como extensión del ser, artificialmente se alarga en su capacidad para maniobrar desde la apariencia.
Justo entonces la resolución plástica de Catoni cuando el lente mira a través de dos prótesis en su encierro de buscar desde el vacío de la persona aquello que anhela el ser: el Otro semejante.
A más de lo efímero de amontonar lentes en seriación, como inútil discurso argumentado desde la banalización de lo cotidiano, Catoni amortaja en blanco sus anteojos para no diferenciar ni distinguir el inútil decir de la vida plástica.
Los rasgos del discurso teórico vienen ya mostrados desde los inicios de lo que ha sido el nombrar eso postmoderno. Suerte de caída en la desesperanza y la idiotez del pensamiento, artificialmente construido a partir de lugares comunes que se expresan en la cotidianidad como actos trascendentes por los medios audiovisuales.
En la expresión plástica de esta artista no hay nada en demasía. Posiblemente sí la cortedad en la presencia de pequeñas piezas que sin embargo, son consecuencia de una reflexión ante eso sobrante y que va por los márgenes de la vida. De eso se nutre la mirada de María Eugenia Catoni. Esos lugares olvidados y que son como piezas desmontables que le sirven a su vez, para alcanzar una-otra y única mirada, que se amontona en el coloritmo propio de esto que somos. Hay gozo carnavalesco pero también reposo en el pensar la vida y sus fragmentos.
Un bien pensado y mejor trabajado esfuerzo artístico en quien se sabe conocedora de su propio lenguaje; ese de lo lúdico (ludens) donde lo artesanal supone la antigua presencia del espacio aquelárrico que celebra el devenir del movimiento hecho Obra de arte.

miércoles, junio 27, 2007

miércoles, junio 20, 2007

La Gafedad del Mío Cid


Escrito a mediados del 1140 y copiado posteriormente por un tal Per Abad, el año 1207, el cantar del Mío Cid ha sido el paradigma de la lengua nuestra por excelencia. Dos grandes filólogos, Bello y Menéndez Pidal coinciden en ello y le otorgan al poema rasgos de partida de nacimiento para comprender la posterior evolución de nuestra lengua.
Estructurado el texto en tres partes: destierro del Campeador por el rey Alfonso VI, tras supuestamente haberse apoderado el héroe de unos bienes mal habidos; captura del sitio de Valencia e inicio de la retirada de los moros, y; desposamiento de sus hijas con los infantes de Carrión. El poema supone un propósito superior y éste viene representado por la necesidad del héroe en demostrar valores, como la lealtad, la honradez, la valentía, entre otros, que han sido puestos en tela de juicio por el rey al condenarlo al destierro.
Si bien el Campeador acepta inicialmente la pena impuesta, que incluye la pérdida de sus derechos de patria potestad sobre su familia, mujer e hijas, así como la de ser asistido y peor aún; el que nadie le pueda dirigir la palabra so pena de ser castigado; observamos en este hecho una singular manera de castigo más profundo, que lacera y corroe el alma: la negación de la palabra. No es sino una niña, que por su ingenuidad se atreve a hablarle cuando llega a uno de los pocos poblados donde inicialmente puede acercarse.
Esta manera de castigo, de negarle la palabra al Otro-diferente viene de muy antiguo. En los pueblos de la antigüedad se usaba castigar con la máxima pena a quien realizaba actos innobles; como ultrajes, asesinato o quien maldecía injustamente. Nadie en el pueblo podía ni mirarlo ni dirigirle la palabra. Así, el condenado terminaba o yéndose del pueblo, o se volvía loco o se suicidaba. Por su parte los romanos y griegos eran un poco más benévolos: a los corruptos les permitían estarse en la polis… sin embargo, cuando se les saludaba, al extenderles la mano se les volteaba la cara en señal de desprecio. Quizá en nuestros días ya no ocurre eso pero en algunos lugares, cuando alguna persona decide no dirigirle más la palabra a otra, aún se escucha la frase: -Fulanito le hizo la cruz a sutanito.
El condenado, en nuestra reflexión Rodrigo Díaz de Vivar, experimenta en carne viva la condena propia de aquellas almas que eran despojadas de todo cuanto les suponía derecho de ciudadanía. Pierde, como ya indicamos, sus derechos de patria potestad sobre su mujer e hijas, pierde su derecho de poder vivir en su pueblo, pierde el derecho a comunicarse con sus semejantes, pierde sus derechos sociales como un hijodalgo (Hidalgo), que si bien es uno de los primeros escalones en la jerarquía monárquica de la época, está en el camino del ascenso social. Es un condenado real. El Cid es un ser menospreciado por la divinidad encarnada en el rey.
Pero ¿qué es aquello que tanto ven en el héroe que repugna y hace que le saquen el cuerpo y le den la espalda.?.
La respuesta a ello no está tanto en la manera externa como se desarrollan los acontecimientos, como en el padecimiento por el que pasó la sociedad de aquellos tiempos.
Ese padecimiento al que nos referimos es la llamada Gafedad, Lepra, enfermedad leonina o elefantiasis. Esto, por las características que reviste en los enfermos la inclinación del cuerpo que se encorva, junto con la característica que adquieren los miembros superiores, así como la alteración del tejido dérmico. También por estar por mucho tiempo confundida con la sífilis, se le emparentó a esa enfermedad, caracterizándose al enfermo como pecador y por tanto, condenado por Dios a padecer semejante mal.
Al leproso o gafo, una vez identificado como tal, se le despojaba de absolutamente todo derecho civil, al punto de ser declarado en la práctica, un muerto viviente. Nadie se le podía acercar, ni hablar ni darle posada ni alimentarle. Andaban los leprosos por los bordes de los caminos y lejos de las entradas a los pueblos, mientras sus carnes se caían a pedazos, se iban desintengrando poco a poco. Quedaban en la desnudez como almas que vagaban en la medianoche de esos tiempos.
Pero el Campeador no padece de lepra, físicamente hablando. Eso es cierto. Su padecimiento es interno, espiritual y semeja en todo la desintegración del cuerpo individual, aquello que se experimenta en la vida de una sociedad que por cerca de 800 años permanecía bajo dominio de la cultura islámica. Apenas unos cuantos señoríos, aldeas cristianas dispersas en la zona del cántabro, donde se guardaban los misterios de una cultura heredada de la hispania romana y de los visigodos. Pedazos de fragmentos de un imperio, como el romano, roto y partido en dos grandes bloques, el de oriente y occidente, que posteriormente fueron a su vez partiéndose en pedazos de espacios donde apenas quedaban vestigios de ese esplendor imperial. Esa es la vida de una sociedad que padeció la enfermedad de la lepra en toda su intensidad. Una fractura física pero básicamente espiritual. Lo vemos en la duda sobre los valores que inicialmente al héroe le reclama el mismísimo representante de la divinidad en la tierra, el rey.
Siempre me ha asaltado la duda de esos valores del Campeador que tanto han ensalsado los estudiosos del cantar. Posiblemente asumo la valentía y el sacrificio como actos caballerescos. Pero ciertamente hay un dejo de fetidez, de cosa extraña, por decir lo menos, cuando el Cid ofrece a sus propias hijas a unos mozalbetes por el sólo hecho de su linaje real.
Cómo se le podría catalogar a este Rodrigo Díaz de Vivar ahora?. Un arribista social?. Ciertamente los tiempos son diferentes. Pero no encuentro nada de heroico en este suceso, salvo para lo afirmado anteriormente y también, para acercarse a su bendito rey, para complacerse ente la divinidad. Pareciera, modernamente hablando, un chupamedias cualquiera. No encuentro nada de extraordinario en semejante acto salvo la fetidez de una enfermedad que arrastra en su alma y que es, como bien ya conocemos, un mal por insanía, por suciedad, una infección tal y como siglos después Hansen lo indicó.
Esa infección ataca al Cid y está caracterizada también por la tendencia de un hijodalgo a escalar posiciones en la jerarquía monárquica, a como dé lugar, aún y teniendo que regalar a sus propias hijas a unos cobardes nobles, como son los Infantes de Carrión.
Curiosa enfermedad que diezmó a media Europa, junto con la peste y que posteriormente, fue traída a este lado del mundo precisamente por ladrones, asaltantes, corruptos, ineptos, expresidiarios y demás truhanes, que formaron los primeros grupos de europeos que vinieron a este continente.
Como vemos, cada época parece estar signada por claves discursivas, por palabras mágicas que determinan el comportamiento de una sociedad. Lo vemos en la alta y baja Edad Media, con la lepra o mal divino. También en siglos posteriores, con la tuberculosis. Enfermedad que se acentuó a finales del setecientos y todo el ochocientos. Mal de la melancolía y el padecimiento silencioso. Enfermedad socialmente aceptada por ser un síndrome de tortura enviada por Dios. Los tísicos eran en el ochocientos personas jipatas, amarillentas, extremadamente flacos, de ojos desorbitados, propensos al desvanecimiento y la permanente tos que llegaba a la flema sangrante. Iba muy a la medida de una sociedad mojigata, taciturna y melancólica. Caracterizada por el paso lento y los movimientos de un cuerpo como en cámara lenta. De mirada distraída y llena de ensoñación y adormecimiento.
Pero es en el novecientos cuando la humanidad despierta y se lanza al movimiento frenético y la construcción de un mundo a velocidad extrema. Mundo que se piensa constantemente. Se razona, se mentaliza hasta la histeria. Así se aprecia otro mal de siglo. El cáncer va de la mano con este hombre que se consolida como criatura científica y reta a Dios y al Diablo frente a su hazaña más acabada: la tecnología.
El cáncer es una enfermedad de la mente, un mal de los tiempos modernos. Caracterizado por el agotamiento espiritual y la soledad del hombre mientras existe en la densidad de millones de personas.
Pero si a la lepra, la peste, la tuberculosis y el cáncer le damos importancia como síndromes que marcan espiritualmente una época; creo que la actual, sin duda alguna, está signada por la impronta de lo artificioso en demasía: el sida. Su origen mismo supuso la duda de si era la primera enfermedad creada en un laboratorio. Aún existe tal duda. Enfermedad de la postmodernidad, de eso que está en lo que llamo la Era del Plástico y de la Prótesis. Nace como síndrome propio de eso que agota, de una absoluta soledad que se padece como muerte espiritual. El sidoso, como el leproso, es un ser excluido del entorno social. Inicialmente se le recluyó en espacios separados. La lógica, dentro de la ironía de la vida, nos dice que todos estamos infectados de ella. Somos propagadores de esa enfermedad, aún sin padecerla físicamente. La fragilidad de una sociedad y de un mundo, que transitamos en suelo gelatinoso y de arenas movedizas, nos dice que pronto estaremos cercanos a ella. Esto es cierto. Cada vez conocemos del amigo del amigo que tiene un conocido pedeciendo tal mal. Cada día los círculos se angostan. Cada vez son menores los límites que nos separan. Por eso desarrollamos las prótesis. Ese embellecimiento ante la “peste”. Esa degradación progresiva y certera de padecer del síndrome, de esa enfermedad incurable que nos diezma y nos reduce a ser siempre eso que somos: podredumbre humana recubierta de perfumes, silicón, bótex, para impedir, como en el leproso del Campeador, la caída a pedazos del alma.
Después de todo algo sí reconozco en el cantar de gesta aludido: la maravillosa muestra de un idioma que nombra su propio padecimiento.

martes, mayo 15, 2007

día feliz


la mañana está en calma

trinan los pájaros en la luz del araguaney

no hay sobresaltos en mi costilla rota


la mañana está en calma

el mundo habla en internet

trece vidas terminaron a balazos en puerto ordaz

entre puñaladas y a pleno día

dos secuestros se esfumaron frente al poder

la tribulación de una madre terminó la vida

de un desquisiado que violó a su hija

en un país medioriental

explotó un carro-bomba

y mató a veinte personas

los inmigrantes en el país del norte serán deportados


la mañana está en calma

con mis dolores retiro la mierda

de mi gata kitty

escucho los gritos de un niño

cuando la voz del padre grita

y la madre llora su impotencia


todo está en calma

entro al messenger y veo a mis amigos virtuales

-la mujer que amo tiene más de tres horas conectada

y me deja sin metáforas

los correos de amor y felicidad inundan mis pupilas

y nublan la mañana


todo está en calma

la silueta de un recogelata pasa por la ventana

y dos niñas se escapan de la escuela


todo está en calma

el araguaney cubre los picotazos de los azulejos

mañaneros


pienso en pessoa y sus versos laceran mi alma

¡Ay de ti y de todos los que pasan la vida

queriendo inventar la máquina de la felicidad!

viernes, marzo 02, 2007

acunada en los caracoles


qué no daría por oler tu vagina infinita
poder sentir en mis labios el roce de
tu clítoris
húmedo y duro como faro marino
no tengo otra memoria para nombrarte
que esta sal de mis palabras

sé que existe otro tiempo
sé que hay otra memoria donde habita
el sentimiento de la primera vez la primera mirada
el primer y único beso la inicial mano que recorre la piel
donde sólo hay estremecimiento y gemido

enamorado de ti
te llevaría hasta el mar de los sargazos
donde duerme la voz de cortázar
elegante sensual y quejumbrosa
esa voz vital que habla en salmos
llena de silencios
aquietada en los bordes de sábanas
de sus mujeres ausentes

qué no daría por una mirada tuya
que me devolviera el hechizo
de tu elegante andar
mientras recorro con mis dedos la imagen
salina de tu sombra
alargada en la tarde de una playa oriental

qué no daría por saber que aún moras
en los espejos de agua que multiplican tu rostro
mientras duermes acunada en los caracoles
donde el rumor de la mar no cesa
y te nombra

domingo, febrero 18, 2007

caracolito de mar


a veces
sólo a veces mi palabra te nombra y te encuentra entre olas entre el musgo
y sin embargo
sé que no sobreviviré a tanto desamparo tanta maldad humana
a quién le importan mis palabras
quién recordará estas palabras esta inutilidad de saberme hombre
intrascendente e inservible de tanta pereza tanta tristeza acumulada en los pliegues del cuerpo

a veces
sólo a veces tu voz me rescata de la soledad y martirio de los días
de tanta madrugada ardiente
entonces me veo en la isla que fue nuestra un fin de semana
una isla sólo para dos
una isla que habitamos como amantes llenos de sal y rocío
de humedad

te recuerdo en el sabor del vino y el semen en tu boca
lasciva y hundida entre sábanas
acaso la isla fue también un inmenso cuerpo que meció su silencio
mientras jadeabas encima de mí
detrás de ti toqué tus bordes tu infinita vagina y tu ano como escondrijo de caracoles

mujer de mis milagros
mujer de mi infinito amor
redondez de tus nalgas que aprisionan mi sexo mientras el rumor de la mar entra por la ventana
y bendice este amor de silencios y olvidos

te menciono de memoria conozco la lujuria de tus pies tus largos y cálidos dedos que cobijaron mi húmedo falo te sé viva en la playa te conozco desde siempre
arqueada como amazona encima del vencido
y sin embargo
esta palabra apenas dibuja la silueta de tu rostro
desnudos en la tarde de un domingo mientras los peñeros enfilaban sus proas para saludar nuestra libertad de amantes
acostados sobre el pasillo de los vientos

sobrevive ahora sólo el sentimiento de una vibración de madrugada
mientras el odio y la maldad son noticias en la pantalla que anuncia tormentas
ruido de sables
acaso es mi memoria que no desea sucumbir ante tanto día igual
tanto ocaso perdido

mujer de mis milagros mujer de infinitas pecas de amor
yo te absuelvo con mis palabras
con estos versos
este exorcismo que más que palabras son sonidos de una voz más allá de toda comprensión y locura

duele esta madrugada
duele mientras pasa por la ventana un adormecido vigilante
y sé que no hay palabra que lo nombre
que describa tanta pena y desamparo
prefiero la palabra inútil junto a la mar
aquietada de tanto espanto tanta isla que deslumbra mi piel
prefiero la casa abandonada que nuestro amor convirtió en mirada de cristal
ese amor vestido de blanco mientras el sol ocultaba su luz
y dejaba que una vela acompañara la cena
junto a los grillos
al canto de ranas y al oleaje frente a las piedras

no sobreviviré
tengo conciencia de ser apenas un hombre
pero el amor que palpita y estremece
mueve dentro de mí su oleaje
su sal
entonces te menciono sigo las huellas a la orilla de la playa
descalza
alargada en la sombra de la tarde que fue
estás tú
mujer de mis milagros

a una pitonisa en delfos (c. 473 a. d. N. E.)



enjuta el silencio del viejo puerto
regresan con el alba
palabras que pronuncio en tu ausencia
reconocen tu cuerpo aroma de sombra


hace frío


tu alma huele a sándalo
brilla en la oscura memoria de los días


mientras descansa mi mano izquierda
sobre el hombro
reconozco una palabra
hundida en seda
adherida
fija en tu hombro
otras cubrieron tus senos
redondeándolos


palabras incrustadas
ensortijando tus cabellos
diluidas en tu rostro
que cubrí con verbos
oración continuada en tus muslos
ocultando la humedad en tus bordes


los pájaros despiertan esta mañana
que todavía nace
roza un ala sobre la cristalina calma del egeo


palabras en tu vientre
articuladas
que entibiaron tus pies


lejos
las barcas son diminutos lunares
de un cielo que cubre este mar


ninguna palabra nombra este silencio
desamparo en lo siempre ido

domingo, noviembre 19, 2006

El río, esa presencia telúrica





Mirar el río hecho de tiempo y agua
Y recordar que el tiempo es otro río,
Saber que nos perdemos como el río
Y que los rostros pasan como el agua.
Jorge Luis Borges. Arte poética.


Como el río, la ciudad nos cubre con una sutil piel acuosa. De madrugada la ciudad se impregna con un manto de rocío. He vivido en este lugar de aguas muchos años y siempre la mirada regresa a la primera vez, cuando en la distancia avisté esas dos presencias: Orinoco y Caroní. También llevo en mi mirada los amaneceres en los caños del Orinoco, entre aguas quietas y siluetas de toninas con sus amorosos silbidos. Así también los atardeceres frente al Caroní, cuando las nubes enormes se amontonan sobre la dulce agua para cubrirla a la hora del ángelus.
La piel de esta tierra está impregnada por ambos ríos. El Orinoco es una inmensa línea de agua dulce que arrastra una antigua memoria. Esa ancestral y telúrica emoción donde todo ser que lo habita se sabe dueño de un secreto.
La ciudad es un espacio de dos aguas que la rodean y la hacen aparecer imponente y altiva. Así es su destino; anchuroso y majestuoso. Es como sus ríos, de cuerpos que a cada instante cambian. Infinitos rostros la pueblan.
La del Orinoco es un agua que viene del fondo de la selva. Desde el cerro La Neblina nace quien alguna vez depositó sus aguas en los bordes mismos de Urumaco, allá cerca de la península de los médanos; arenas que vienen del norte de África. Por eso el Orinoco ha vertido sus barrosas aguas sobre casi todo este espacio. Y de esa arcilla las manos antiguas fueron modelando el rostro de su gente, tan semejante a sus orillas. Sobre esta tierra reposan las gotas, los rocíos y las ondulaciones acuosas de esta memoria telúrica llamada ahora Orinoco.
Pero el agua del Caroní es diferente. Es más imperceptible y fantástica. Caen sus aguas del propio cielo. Aguas que en su bajada mineralizan y abrillantan la fresca piel guayanesa. Así de fuerte es esta presencia áurea y diamantífera que energiza la ciudad y la hace vital en su esplendorosa noche que compite con la luz enceguecedora del día.
Amo la ciudad doble en sus silencios, desde sus esquinas, en las calles anchas de Puerto Ordaz o en las angostas y torcidas callejuelas de San Félix. Amo mi ciudad doble en las frentes de sus hombres y mujeres que la pueblan. En los sudores del mediodía. Cuando refresca la tarde. En las madrugadas cuando los jóvenes la asaltan, entre cervezas, cigarros y música estridente. Es mi ciudad. Es mi ombligo del mundo. Es mi ventana mística donde encuentro las respuestas a lo que fui, soy y seré.
Este sitio, este lugar del mundo es quizá el único que tiene no una sino dos memorias citadinas que se acoplan y coexisten en su diversidad. Como sus dos ríos, San Félix y Puerto Ordaz reflejan a la vez la pureza y el lado pútrido de su misma esencia. Y en modo alguno es contradictorio. Es más bien la expresión de una dinámica de vida donde afloran las pasiones en su asombro constante de existencia: monjas y putas se confiesan en su íntima relación con los ríos. La ciudad doble es abierta y a la vez secreta. Mantiene siempre una duplicidad en todo. Es un espacio sagrado y constantemente profanado por aventureros, mercaderes del vicio, religiosos que dicen haber llegado al paraíso, académicos que concretan saberes en las enormes catedrales que vierten humo y olores, o damas y caballeros que de día se enserian en sus cargos ejecutivos y de noche confiesan sus penas en casinos, clubes y prostíbulos. Pero también los dos ríos purifican constantemente odios y rencores, tristezas y melancolías. Toda agua, todo líquido y toda forma acuosa que se aloja en la carne y en la sangre guayanesa, vienen de esos ríos y a ellos regresan. Por eso la humedad que se siente en la ciudad está impregnada de sensualidad, de erotismo que se hace carne y despierta pasiones. Las mujeres y hombres que habitamos la capital del sur de esta expresión geográfica llamada ahora Venezuela somos seres vitales, acostumbrados a vivir el tiempo acompasado por las olas de los ríos. Es siempre un mismo y cambiante tiempo; como sus ríos, que siempre están pero que siempre pasan.

mañana del diez de enero de dos mil seis.

miércoles, noviembre 01, 2006

toribio



Le recuerdo siempre sentado a un lado del patio de la casa, con su índice derecho colocado a la altura de la boca. Pensativo. Mirando a la distancia. Debajo de un improvisado techo, al lado del limonero. Flacos ambos; tanto él como el enclenque árbol. Hombre de alpargatas y sombrero de ala corta. Nunca abandonó su sombrero. Desde el amanecer hasta que se iba a dormir, se le veía con su indumentaria de campesino. Camisa manga larga que a veces anudaba a la cintura. Hablo hoy de ti, Toribio Viterbo. Nombre único y esplendorosamente antiguo, como el adagio en sol menor de Albinoni, que escucho ahora y que cierta vez te mostré y tanto te agradó. Venido de los lados de un pueblo también viejo y casi mágico. De El Palmar donde el casabe es pan de mesa. Donde los primeros vehículos a motor, como me contaste cierta vez, asustaron a medio pueblo. “Era, don Juan –como me llamabas, cosa del diablo. Era negro y echaba humo por el frente. Yo tenía como 15 años. Lo vi venir por la calle arenosa del pueblo. Mire que acaté sólo a tirarme a un lao cuando pasó por el frente. Me santigüé por aquello del fin del mundo.” Pero Toribio casi no hablaba. Tampoco fue un hombre de hacer muchos ruidos a su alrededor. Era silencioso. Más bien taciturno. Pasaba ratos casi sin moverse. Como rígida estatua que se confundía con el limonero. Parecían dos árboles viejos. Secos ambos. No sé quién secó a quién. Lo cierto es que eran el uno para el otro. Se hablaban. Muchas tardes le escuchaba conversar con su arbolito de limón. Por las tardes también venía adentro de la casa mientras cargaba entre las manos un viejo periódico. Lo leía y releía. Ya cuando no lo podía leer más, entonces lo dejaba y buscaba otro. Más viejo o más nuevo. Más de una vez nos sorprendió con noticias que para él eran delicadas. Casi todas ya habían pasado hacía meses o semanas. Pero Toribio se sorprendía al saberlas. Quizá sea por ello que en sus pensamientos y cavilaciones, un buen día se decidió a escuchar la radio. Tenía uno pequeñito donde escuchaba las emisoras locales. Por las tardes, casi ya en la noche, se dedicaba a escuchar las noticias del día. Eran de su interés y muy silenciosamente ponía atención al locutor mientras miraba a lo lejos. Su silencio era la marca esencial de su elegante discurso. Esa habla de campesino señorial que marca y alarga sus vocales. Casi nunca decía nada. Hablaba desde el silencio. Podía pasar horas de horas callado y sentado en su sillita. Sobre un espacio encementado. Cuando hacía demasiado calor, se iba al cuarto a bañarse y después echaba agua al limonero y al poco de tierra que estaba cerca de él. Las veces que salía de la casa, cambiaba sus chancletas por alpargatas. Fue de los últimos hombres que he conocido que siempre calzó alpargatas cuando salía, contadas veces, y jamás abandonó su sombrero. De él aprendí a valorar aún más los momentos de silencio y la simplicidad de las cosas. Para vivir no se necesitan muchas ni grandes cosas. Apenas la vida. También el silencio. Un árbol, aunque sea de los pequeños, pero árbol al fin. Un sombrerito. Un par de alpargatas. Lo demás son ganancias que en este mundo tenemos, como contemplar los azulejos que llegaban por las mañanas y a partir de las cinco de la tarde. Como leer viejos periódicos y escuchar. Porque Toribio escuchaba mucho. Siempre atento aunque parecía que estaba ido. Como con sus pensamientos volando más allá de las nubes, en las calurosas tardes de esta nuestra ciudad de momentos que semejan otras memorias. También sorprenderse de la vida y sus encantos.
Ahora Toribio se volvió puro silencio y recuerdos. Mi flaco amigo se estará más callado que de costumbre. Ya no le hago más su sopa de los domingos. Pero también el limonero se quedó solo y quién sabe si habrá alguien que de vez en cuando le eche una agüita.

domingo, septiembre 24, 2006

maniobras para un suicidio




Quiero dormir cansado
y no despertar jamás.
Quiero dormir eternamente


porque estoy enamorado
y ese amor no me comprende.
Manuel Alejandro. C/ Vicente Fernández.


Jackson Pollock no fue tanto un pintor de puntos y trazos discontinuos en su desenfrenada alucinación del color que extendía más allá del cuerpo. Fue, secretamente, como Van Gogh, un adelantado del lenguaje a partir de la expresión del sentimiento. Por ello el lenguaje convencional les quedaba limitado y decadente. El sentimiento y los bordes de las emociones, como el espacio silente, no pueden declararse con este nuestro lenguaje tan lleno de convencionalismos y normativos. Los girasoles del pintor holandés lo mismo que los puntos en la aparente irregularidad del trazo en Pollock, o la búsqueda del blanco absoluto en el pintor de Macuto, Armando Reverón, pueden emparentarse con ese lenguaje que ronda los límites mismos de lo extremo. Es allí donde está el mismo ser de las palabras. Eso íntimo y que es parte del silencio, de esa caída hacia adentro y de donde nadie regresa. La danza de lo extremo entonces se hace evidente allí donde ya las palabras se agotan, se angostan y entonces entramos en la ruta de la desesperanza. Esos lugares donde se entra a pura piel y nervios. Como cuerpos a la intemperie de la vida.
Hace ya muchos años fue escrito un Manuel para suicidas. En su momento escandalizó a los franceses. No recuerdo ya su autor. Lo que sí preciso es la intencionalidad de buscar, más que recursos concretos para el acabamiento de la vida, aquellos aspectos donde el suicidio no es, como muchos creen, un acto de cobardía ni menos huida de la realidad. Es, todo lo contrario, una plena y lúcida actitud de responsabilidad individual ante tanto alejamiento de lenguaje que nombre estos sentimientos que nos rondan y nos laceran en lo hondo, tan cerca del alma. Acaso por eso Steiner, en su ensayo sobre El abandono de la palabra, nos dice que el lenguaje y la palabra ya están desgastados. Diríamos demasiado manoseados. Ante semejante desierto de analfabetismo, sea quizá esto la entrada al mundo de las imágenes puras y simples, del símbolo multívoco y lleno de incertidumbre. Cuando las palabras se agotan y enflaquecen, el silencio salta como serpiente que enrosca el cuerpo y tritura nuestra garganta hasta cerrarla. Es un mundo habitado ahora por sombras de un lenguaje que en nada representa la riqueza idiomática que un día ocupó. Ya las palabras no emocionan a nadie. No deslumbran. Ya las vocales perdieron todo encanto. La palabra madre nos dejó huérfanos. Y aquella que denotaba patria nos dejó en el puro destierro. La lectura de un cuento, de un ensayo o de un solitario poema ha quedado para ser apreciada en salones cerrados, casi crípticos, donde compartimos la emoción de escucharlas, junto con las polillas, los sonidos de celulares y los bostezos de quienes acuden a ver fósiles que palabrean.
Ahora cuando escribo esto siento esa lejana luz que cada momento se hace más pequeña. Y no sé si serán las palabras que se han ido, se han ocultado porque ya no pueden seguir representando ese papel donde la excesiva discursividad, llena de neologismos con su secuencia de impredecibles significados que la relativizan, está cansada y terriblemente opacada por los reflectores de la banalidad de frases pre-construidas e imágenes continuas en los medios comunicativos; lo que nos lleva a intentar esas maniobras suicidas donde es el cuerpo vivo, silencioso, que se prepara para saltar al otro lado, donde se está quizá más pleno. Hoy no es suficiente con tener conciencia de la vida y lo que ella expresa a través de su desgaste, las palabras; también es necesario para existir tener conciencia de la muerte, más como continuación de lo primero y como posibilidad de un nuevo sendero que exprese en palabras, ese mundo donde entramos de puntillas y donde sólo percibimos a través de la piel y la sangre, un oculto lenguaje que no puede ser traducido en palabras. Por eso maniobramos continuamente en la incertidumbre y el suicidio, encerrados en el espacio-tiempo de un modo de decir las cosas donde acaso la mirada, la nostalgia, los olores y los recuerdos, nos acercan orillas de un mundo más pleno e íntimo, más certero. Ya no hay más plenitud para seguir expresando el sentimiento amoroso con la misma palabra amor.

viernes, julio 28, 2006

VIVENCIA DE DIOS



Experimentar el abandono de Dios desde la infancia es sentir la caída y fusión en un todo que inevitablemente mostrará nuestro vacío interior.
Aherrojados como hemos sido, buscamos un punto donde asirnos; esa torpe y humana condición del temor a Dios. Y si el protagonista viene a ser una mujer, la experiencia que vive del abandono de Dios será mayor, considerada ella –en los textos sagrados- como un ser “hecho de masa informe e impura”.
La vida de Lou Andreas Salomé –Rusia, 1861-Alemania, 1937- se inserta en esa temprana vivencia del ser humano por lo sagrado y profano, Dios-Demonio. Su vida y su obra están dirigidas a la búsqueda de una condición humana que permita la visión “andrógina” de Dios, situación que en un momento le llevó al más puro ateísmo y a la reafirmación de la libertad de la mujer como ser pensante y transformador de una realidad.
Su íntima amistad con Friedrich Nietzsche y Paul Rée, filósofos que vislumbraron en sus obras los inicios de lo que más tarde se conocería como el psicoanálisis. Sus amores con el poeta Rainer María Rilke, su ferviente amistad y devoción por el doctor Sigmund Freud, y el respeto por su marido, el profesor de lenguas orientales Carl Andreas, permitieron a Lou Salomé situarse en el más avanzado pensamiento humanista de la Europa de finales del siglo XIX. La visión que ella tiene del mundo, del hombre y de Dios –un Dios construido con las cenizas dejadas por la experiencia de la infancia y el pensamiento de Nietzsche- van a iluminar a la “intelligentzia” europea, algunas veces de manera irrespetuosa, otras a partir de su lucidez y rigor analítico como adelantada en las sesiones de terapia psicoanalítica, en los círculos intelectuales de Viena o Berlín, frecuentando las tertulias junto a Carl Gustav Jung y Adler, discípulos de Freud, o en los conciertos ofrecidos por el genial compositor Richard Wagner.
La obra de Lou Andreas Salomé es la pasión de un ser humano por la vida y su religiosa dedicación al amor y la amistad como energías vitales directamente ligadas a la idea de un Dios profundamente humano y accesible al pensamiento y acción del hombre. Tal vez es esa idea grecorromana del dios que participa de la vida del hombre: que va al hogar, a lo pueril e intrascendente, que comparte la mesa y el mendrugo de pan, los juegos, amores y la soledad. Así concibe Salomé a su Dios, construido desde una infancia de imágenes contradictorias sobre la divinidad, a veces falsa en otras cruel.
Su juventud, que transcurrió en San Petersburgo, estuvo marcada por la obsesión de dos sacerdotes –Hermann Dalton y Hendrich Gillot- que le llevan a un alejamiento de la idea de un dios construido a imagen del hombre. Renuncia a ese dios hipócrita y obsesionado por la maldad y crueldad.
La vida de Lou Andreas Salomé es la pasión de un ser humano por la libertad de pensamiento, la visión-pasión por un Dios y un mundo ligados íntimamente a la realidad del hombre y su forma de actuar en la sociedad.










































jueves, julio 27, 2006

DAS TESTAMENT





me impulsa el deseo de seguir una vida
plena, una vida que esté llena de regocijos
espirituales...una vida que me diferencie
hasta de mis antepasados.
Bárbara Lezama. Carta a la madre.


Releyendo el libro póstumo de Rilke, El Testamento, descubro que escribí al margen de una de las páginas, apenas dos líneas “La errancia es el estigma de lo humano”. Ahora cuando medito sobre ello me doy cuenta que estoy en lo cierto. Siempre andamos vagando por la vida buscando “algo” que nos ancle, que nos permita deslizar nuestra raicidad al fondo de la vida. En esta obra el poeta de las elegías duinesas contrapone su propia vida humana, de hombre solitario, a la del creador. Esa contradicción la llevará hasta el final de su vida. El Testamento son anotaciones, especie de un diario construido mientras paralelamente va creando su más anhelada obra, Las Elegías. Ese canto a la vida desde la mirada del ángel. Al margen quedan sus notas donde la serenidad alcanza parte de un discurso que se inicia como introducción dirigida a un lector ficticio, tal vez él mismo. Un decirse, contarse a sí mismo la vida. Luego viene el tránsito por la incertidumbre creada por la Guerra del año 14. Ecos en la lejanía de un espacio-tiempo ajeno al poeta pero al mismo tiempo que le duele, lacera su vida y su entorno. Allí aparece esa lucha, esa contradicción entre creación y destino humano. Servir para un fracaso como hombre en la majestuosidad de la creación, tal ha sido la obra de Rilke. Sin embargo el poeta se ve arrastrado por el destino a participar de esa confrontación ajena. Participa como un niño que debe realizar una tarea que no le agrada, pero que de todas maneras cumple por ser impuesta. Aparta, como bien lo declara, su juguete más preciado, su obra poética, mientras realiza su labor de hombre sometido a las pasiones de un destino donde otros hombres se destrozan los cuerpos y almas. Regresa al final de la Guerra a su creación. Va de ciudad en ciudad, mientras contempla la Europa destruida por la maldad y la insanía del Poder. La miseria, la soledad y la melancolía marcan la huella humana en Rilke. Es huésped en castillos y casas señoriales. Y en todas ellas va prefigurando el rostro de una vida, la del Hombre, que progresivamente se diluye en su tránsito por una errancia que nunca termina. Ese diluirse se deja claramente intuir cuando describe la impresión que le dejó la obra Madonna de Lucca, del pintor Jan van Eyck. Describiendo el cuadro el poeta afirma: “de pronto, me vino a la conciencia que, durante todo el tiempo, había pensado: ¿A dónde? ¿A dónde? ¿A dónde, hacia la libertad? ¿A dónde, hacia el sosiego de la propia existencia? ¿A dónde, hacia la inocencia, de la que uno no puede prescindir por mucho tiempo? Llegué a mí mismo, atento, incluso con tensión, como si de pronto una reflexión nacida muy adentro se lanzase hacia el exterior, me hundí en la hoja recién abierta ante mí. Era la llamada “Madonna de Lucca” que ofrece el delicioso pecho, encantadora, envuelto en su rojo manto. (...) Y de repente deseé, deseé, oh, deseé con todo el fervor de que mi corazón era capaz, deseé ser, no una de las dos pequeñas manzanas –del cuadro- no una de esas manzanas pintadas en el alféizar pintado: eso era algo que me parecía excesivo...No: deseé ser la sombra dulce y minúscula, la sombra insignificante de una de esas manzanas...este fue el deseo en el que toda mi esencia se contuvo. Y cual si fuera posible que se cumpliese mi deseo, o como si ya con este simple deseo se me ofreciese una comprensión milagrosamente cierta, acudieron a mis ojos lágrimas de gratitud.”
La poética en Rilke es un estarse en la quietud del alma. Volverse absolutamente transparente en la realidad de una vida que se siente y participa mientras se olvida todo dolor y toda angustia de lo cotidiano. Trasciende desde esa misma soledad y esa misma miseria humana: como la guerra, la maldad y el apego a lo fatuo, para instalarse en la alegría de la más pura y exquisita plenitud del gozo por la existencia. Eso que colma desde la lejanía interior: el majestuoso amor por la amada ausente. La inalcanzable realidad femenina nunca satisfecha y que siempre deja su sombra, su huella en el andar de los días. De ello Rilke sentencia: “Lo que empuja a aquellos hombres a su marcha errante, a la estepa, al desierto...es la sensación de que a su muerte no le complace la casa en que vivían; de que no tiene sitio en ella.” Alguna vez, cuando el hombre vuelva su corazón y su ser al “ars poética”, la vida será más digna, más plena, amorosa y ardorosamente como “llama de amor viva”.

viernes, julio 14, 2006

ESCRIBIR SOBRE UN LIBRO DE ORO


Lo más globalizado que puede existir en esta vida es la lectura y con ella, el libro. Como el amor, la vida y la muerte, el libro aparece como objeto universalmente contenido en todos los pueblos. Antes se los usaba para actos trascendentes, como los hechizos, las maldiciones, la transmigración de las almas o para servir de escudo ante la arremetida de los bárbaros. Sobre esto último quisiera ahondar un poco. En la Venecia de finales del seiscientos, Alessandro Marcello, ese exquisito músico de los cantos celestiales con el oboe, describe en su soledad la gran pasión que le producía contemplar la laguna y el Gran Canal de su adorada y Serenísima Venecia, después de leer un libro. Y es que la lectura actúa como escudo ante la permanente arremetida de los bárbaros y la barbarie, llamada ahora mal gusto. Porque de mal gusto está hecho el mundo. Por eso existen los libros, entre otras cosas, para conjurar tanta banalidad, trivialidad. Ellos se desprenden de la misma sabia del árbol cósmico o axel mundi. Liber, corteza de árbol, fue el soporte que usó el hombre para pasar de la liber menti u oralidad a una más amplia memoria, como lo es el libro: sea este inicialmente escrito en piedra, arcilla, papiro o en plástico u hologramas de la era actual. Así las cosas, el libro siempre ha sido un aliado nuestro en la defensa contra los bárbaros, esos seres ajenos, extraños, extranjeros que merodean a nuestro alrededor y constantemente nos intimidan, nos acechan y buscan destruir el vínculo original entre nosotros y lo más íntimo que tenemos: el lenguaje hecho texto. Por eso los libros se deben sentir. Al abrirlos se nos abre a la vez un mundo donde el Otro nos revela su intimidad. Esa aproximación, ese rozarse las puntas de los dedos implica una manera de comunicarnos desde el ser que subyace en cada uno: y es la monologización, más que el diálogo, lo que permite, a través del silencio activo de la lectura, alcanzar la plenitud de penetrar los espacios donde un autor nos habla y nos revela otros mundos, otros universos, siempre en estructuras metafóricas, lo que antecede a lo más trascendente, esa oculta permanencia donde lo barbárico no tiene asidero ni se practica la miseria de la mezquindad de las lecturas triviales, enajenantes y que mutilan el alma. Por eso también se hace imprescindible regresar a las primeras lecturas y al primer libro que todos hemos de alguna manera leído: el libro de la vida; sus contornos, sus bordes, sus olores, sabores, sonidos y colores, junto con las formas infinitas que paulatinamente hemos incorporado a nuestra experiencia lectora. Es la vida misma y el mundo el libro más intenso que leemos todos. Esos códigos son la esencia que posteriormente nos posibilita adentrarnos en las particularidades de los libros que encontramos en la ruta de nuestra andanza vital y que ya no nos permiten ser iguales al semejante ni menos bárbaros. Recuerdo mis primeros libros y también donde estaban. En la Venezuela de inicios de los años sesenta, cuando las persecuciones políticas arrasaban cuanto hogar se decía de avanzada, la policía política de aquellos años llegaba a mi casa pasadas siempre la medianoche y entre empujones a mis padres e insultos a mis hermanas, nos interrogaban para que entregáramos a mis dos hermanos que estaban militando en grupos subversivos. Luego venía la requisa junto con las torpezas mientras destrozaban nuestros muebles y los bienes más preciados: los libros. Así, entre lágrimas de un niño de apenas siete años, ví como se llevaban mi libro marrón donde estaban las historias de la cucarachita Martínez y el ratón Pérez, también los libros sobre filosofía y hasta fotografías, libros de arte, de cocina y la misma Biblia. Por eso, antes que llegaran esos bárbaros, pues nos íbamos al patio y hacíamos huecos para después enterrar, en bolsas de plástico, nuestros libros. Después que los bárbaros se iban, por la mañana me dedicaba a desenterrar los libros. Así conocí a Kafka, a Rilke, el bello título Así se templó el acero, El Principito, La Madre, de Gorki. Los limpiaba con cuidado y reverencia. Y también los leía con avidez, en mi ingenuidad por creer que eran amigos de mis hermanos y también clandestinos como ellos. Por eso cuando leo un libro en mí se despierta una íntima gratitud de existencia, un agradecimiento por la compañía que dieron a mi niñez, y por acompañarme también en mis silencios. Leer libros es la experiencia más globalizadora que pueda existir. Porque el libro no tiene fronteras. Él establece sus propios límites. El libro escapa a cualquier alcabala donde los bárbaros se esconden. Allí hay un discurso de la intimidad del ser. Hay una pasión que se desborda y construye redes de redes donde transitamos junto con personajes, tanto de carne y hueso como aquellos tan importantes y trascendentes, como una simple hoja, o un cocuyo. Es esa luz que viene del fondo, esa voz que habla nuestro anhelo de real y verdadera libertad. Y esa libertad está más dentro de nosotros, en la amplitud de nuestro lenguaje, que en los límites físicos de una frontera regional, nacional o internacional. Alessandro Marcello para mí seguirá en su mirada silente frente al Gran Canal de su Serenísima Venecia, en los atardeceres donde el sol se enrojece y se oculta. Quizá escuche en ese silencio el adagio para oboe mientras lee la tarde de su amada cittá. En un libro de oro quedaron grabados los nombres de quienes fundaron la que una vez fue la Serenísima República de Venecia. Y en los acordes de su concierto se continúan escuchando las voces de esos personajes que viven y espantan bárbaros…

martes, julio 04, 2006

MIRAR MIENTRAS SE NOS VA LA VIDA




Tu ombligo es un ánfora redonda,
donde no falta el vino. Tu vientre
un montón de trigo, de lirios rodeado.
Tus dos pechos, cual dos crías
mellizas de gacela.
Cantar de los cantares.

A veces se siente una tristeza en lo hondo, un deseo de abandonarse, declararse en silencio, no decir nada más. Dejar que el Otro interprete, desde su ángulo de aparente verdad, lo que quiera de nosotros, aún no siendo ciertas sus afirmaciones. Es que ya no importa nada más.
A veces se sienten unos deseos inmensos de esconderse, de encerrarse hasta más allá de la vida. Donde todo propósito no tenga mayor asidero. Ya no importa nada de aquellos que hablan sobre nuestras vidas.
A veces se siente que no existe nada más que arriesgar. Toda relación es apenas un espacio para reconocer equívocos, existencias planas. No hay nada más que agregar.
A veces uno quisiera estarse a un lado del camino. Íngrimo y solo. Ya sin aliento de tanto sendero recorrido. Sin más razones para abrir los ojos y callar.
A veces, sólo algunas veces, uno siente ese deseo de verlo todo, de sentirlo todo, incluso de oler todo ese mundo que continuamente pasa a nuestro alrededor. Después sólo restan de esos rostros, de esos cuerpos, pedazos, partes que acaso reconocemos como nuestros, o que nos vinculan con alguna emoción, una semejanza. Alguna mano, una mirada de sensualidad, una pierna, una espalda, una cabellera negrilarga, la zona erógena donde todo deseo alcanza su emoción con el rápido paso del anonimato. Después sólo son pedazos de vidas, pieles, colores, la sugestiva presencia de un alguien que no encontraremos más. Entonces sólo queda ese instante que sirve para atraer existencias que adquieren vida e importancia entre los resquicios de una cotidianidad que se aprende a soportar por el paso de quienes jamás volverán.
Entonces uno vuelve otra vez al lugar donde se inició. Quizá un poco más cansado, con menos prisa. Volvemos a reconocer rostros, sonido de voces, gestos que nos atraen por nada, por ese sentido del querer mirar por pura curiosidad. Observando cómo los otros se desplazan por nuestro alrededor. Después apenas un bostezo por dentro, un desgano, una vuelta a la rutina de la vida.
Así vamos juntos, con nuestra pesada humanidad congestionada y contradictoria. Acaso supondría exponer una explicación, hacer una conjetura sobre aquello por lo que estuvimos divagando. Pero no es esto lo que se busca. Son acaso dudas, temores antiguos, ese lugar mítico, ese centro que una vez tuvimos y donde todos los rostros, todas las carnes, nuestros huesos y sudores, junto con nuestras miradas y pasiones, eran una sola envoltura. Acaso fuiste tú, quien lee esto, una pequeña lágrima de este mar que es la vida y hoy estás acá tan cerca, tan hermanad@ en este no decir nada.

sábado, julio 01, 2006

LECTURA Y POLÍTICA EN LA LITERATURA VENEZOLANA



Venezuela fue uno de los primeros países en Latinoamérica que en la década de los 70’ estructuró una Política Nacional de Lectura. Consecuencia de ello se formó la Comisión Nacional de Lectura, conocida posteriormente como Fundalectura. Igualmente, nuestro país fue el primero en Latinoamérica que organizó un Plan Curricular para formación de profesionales de cuarto nivel, con la Maestría en Lectura que organizó la Universidad de Los Andes, a mediados de los años ’80.

Desde finales de los años setenta y a lo largo de la década de los ochenta y parte de los noventa, las universidades venezolanas, particularmente las republicanas, democráticas, autónomas y públicas, orientaron al Estado venezolano sobre la necesidad de establecer en el currículo nacional la visión de la Lectura, y el área de lengua en general, como eje transversal a través del cual gira todo el andamiaje pedagógico en la formación integral del alumno.

En todas las capitales de los estados venezolanos existieron las denominadas Comisiones Regionales de Lectura. Organismos que establecieron las metodologías y la integración de los postulados teóricos de los especialistas universitarios, con la experiencia de los docentes en servicio de las escuelas, tanto nacionales, regionales como municipales, estructuradas de esa manera para aquellos años.

Que sepamos, esa ha sido la única vez que el Estado venezolano ha solicitado la participación de los especialistas universitarios para el desarrollo de la Política Nacional de Lectura y Escritura. Otros proyectos desarrollados en años anteriores, coadyuvaron para consolidar esa política nacional, como los programas desarrollados por el CENAMEC, PDVSA y hasta la misma Oficina del Despacho del Ministerio de Educación, con la denominada Comisión para la Orientación, Enseñanza y Uso de la Lengua Materna (COEULM).

Esa experiencia, junto con las reflexiones de los especialistas universitarios permiten indicar la fortaleza intelectual de quienes hemos participado a lo largo de más de quince años, en los procesos de lectura y escritura. Los especialistas nacionales, la gran mayoría de ellos actuando hoy en las aulas de las universidades públicas nacionales, tanto en investigación como en docencia, de pre y postgrado, hemos recogido una rica experiencia que es preciso revisar, a la luz de las nuevas visiones que sobre el tema de la lectura, se ofrece en la actualidad.

Dentro de ese amplio campo de estudio, dos puntos nos parecen de importancia resaltar en esta reunión. El primero está referido a la formación del docente como lector y usuario de la lengua escrita (otros investigadores le denominan escritor, v.gr. María Eugenia Dubois). Utilizo este término para no generar similitudes conceptuales con el término escritor.

El docente venezolano, si bien está informado desde hace más de veinte años sobre las teorías en torno de la lectura y escritura, además del conocimiento de las estrategias y métodos pedagógicos para su implantación; mantiene aún hoy un descuido en su formación individual sobre este tema. Ha sido, básicamente, un mirada hacia fuera en su proceso de formación, capacitación y actualización educativa, en desmedro de una visión hacia adentro, hacia el ser persona. Esto nos indica que el docente venezolano está informado sobre procesos teóricos y metodológicos, pero no tiene criterios ni colectivos ni individuales, que orienten hacia la política del Estado venezolano sobre lo que se entiende como Lectura y Escritura. De esta manera, en la práctica se percibe este tema como una actividad que todos resaltan como de importancia en la formación del venezolano, pero que muy pocos, entre ellos el docente venezolano, tienen interés por desarrollarse como lectores independientes o fluentes. Existe una concepción de entender a los procesos de lectura y escritura como manifestaciones estéticas, que sirven para pasarla bien y que dan placer a quien la experimenta. Esto, obviamente, tiene mucho de verdad. Sin embargo, el planteamiento sobre la visión estética (-que a su vez supone un planteamiento formulado por la especialista Louise Rosenblatt) no traza el sentido amplio sobre este asunto. El goce estético está más vinculado a una visión aristotélica, de placer de los sentidos, que a una actitud de asunción consciente de la realidad. Por otra parte, se descuida la tendencia al proceso crítico, eferente, que supone una reflexión del por qué leo y escribo. A la acción de construir y re-construir universos de realidades que permitan transformar el entorno, tanto individual como colectivo. Y es aquí donde reside el sentido verdaderamente trascendental del acto de la lectura. Por eso la lectura es una experiencia que tiende a subvertir el “orden”, aquello supuestamente dado como cierto en nuestro mundo. En este sentido, afirmamos entonces que leer supone una toma de consciencia ante el mundo, una actitud proactiva de cambio significativo y transformador, tanto de nosotros mismos como de nuestra realidad circundante. Sea esta física, espiritual, psicológica o intelectual. Esto nos lleva a declarar que la lectura es un acto político, que el docente venezolano, sea como lector o como usuario de la lengua escrita, tiene y debe asumir los procesos de lectura y escritura, como manifestaciones de Política educativa. Pedagogizar (-del término más cercano a paideia) su acción educativa; como los antiguos aedos, juglares, trovadores y decimistas de nuestras culturas, quienes llevaron en su voz y cantos, la formación de sus comunidades, la historia oral del mundo.

Pero para ello, es preciso que el docente lea. Y cuando indicamos esto nos referimos a la lectura de libros vinculados más con los procesos estético-eferentes que aquellos impuestos por las materias que debe dictar. Libros de literatura nacional, de historia, de geografía, sobre temas de sus necesidades más cercanas: gastronomía, decoración, deportes, espiritualismo, ciencia ficción. Sin embargo, se debe variar la lectura a medida que se vaya desarrollando el interés por la lectura. Por eso hablamos de actitud más que de hábito de lectura. Actitud lectora nos indica capacidad para la reflexión, meditación, crítica, toma de consciencia y cambio significativo en el tiempo de la persona para leer. Mientras la otra, el hábito, es una postura más que todo física, especie de voluntad para leer.

El otro tema que deseamos compartir está referido al docente como lector de literatura. En este punto quisiera referirme, más que todo, al vertiginoso cambio que ha tenido nuestra literatura nacional. Me refiero a la estructuración de los programas de publicaciones de literatura venezolana. Contrario a como en años anteriores se destacaba en Venezuela, no existían mayores oportunidades para publicar, y aún peor, para promocionar y distribuir el libro editado. En Venezuela, creo que se están editando cerca de tres títulos al día. Aún lejos de la cifra indicada por la UNESCO para concebir a un país integralmente lector, de cerca de 10 títulos diarios. Según este organismo, un libro existe cuando al menos de él se editan 5000 ejemplares. En nuestro país apenas estamos comenzando a pensar ediciones de un mil ejemplares. Estadísticamente países como Francia poseen cerca de 20 libros per cápita, en Brasil alcanza 8 por habitante, y en Colombia cerca de 6; mientras en Venezuela el promedio es de 0,3 por habitante. No se llega a un libro por persona. En este sentido, quedan al menos, dos escollos por superar. Uno es la distribución del libro, que puede solventarse con una Política nacional de distribución, quizá a través del Centro Nacional del Libro. Situación ésta que no reviste mayores contratiempos. Lo decimos en función de la otra situación que es, ciertamente, la real problemática en nuestra sociedad: la baja lecturabilidad, tanto del venezolano medio, como de aquellos llamados al fomento de la lectura. Nos referimos al docente. Y en este punto, ya no me estoy refiriendo al maestro de la Primera Etapa de Educación, ni al de la Segunda, ni tampoco al profesor de Educación Media y Diversificada. Me refiero a algo quizá más delicado y dramático: al docente universitario, tanto de pre como de postgrado. Soy docente universitario desde hace cerca de veinte años, tanto en el área de pre como de postgrado. Precisamente en la Maestría en Lectura y Escritura de mi universidad. Y allí, como casi en la totalidad del campus universitario venezolano, la ausencia de interés por la lectura es particularmente alarmante. Los lineamientos de la UNESCO para concebir al analfabetismo funcional parecen tener en estos niveles sus más cercanos protagonistas. Y esto es así porque si bien el docente universitario está inicialmente alfabetizado (lee, escribe, suma y resta) en la práctica cotidiana plantea una serie de dudas sobre lo que es estar alfabetizado, por ejemplo, auditivamente, visualmente. Se le hace difícil adentrarse más allá del trazo del dibujo y el color, o de las notas musicales para diferenciar un adagio de una tonada.

No estamos acá exigiendo que el docente sea especialista en musicología o crítico de arte. Pero sí creemos importante y de exigencia del docente su formación integral, su ser y hacer. De ello deviene un docente integrado a una comunidad que le lleva a plantearse reflexiones sobre el mundo, en lo concreto. Y de esa experiencia vendrá el docente integrador; el individuo capacitado para contrastarse, tanto él como su comunidad, con otras comunidades. Esta es la verdadera visión de integralidad. De construcción de un nuevo paradigma donde la dimensión científica, la transdisciplinariedad, constituye el nuevo orden de saberes complejos compartidos en beneficio colectivo.

Por ello, la acción de enseñanza-aprendizaje de la lectura y escritura, y los procesos de difusión y promoción de la literatura venezolana, deben entenderse como actividades altamente políticas, pues constituyen la construcción de nuevos conocimientos en beneficio colectivo.

martes, junio 27, 2006

MUCHACHA ENTRE LOS ÁRBOLES




La felicidad va de la
mano con la miseria,
la fortuna con la
desgracia.
Maharaj Charan Singh Ji.

Cuando en la galería Goldschmidt se logra vender un cuadro de Van Gogh, El Jardín público de Arlés, por 132.000 libras esterlinas, pocas personas sabían que en vida el artista pudo vender, a través de su hermano Theo, apenas un cuadro, La vid roja, por menos de 40 florines. Cientos de cuadros y dibujos fueron rematados por el artista, como telas para ser reusadas o para servir de calefacción en los crudos inviernos. No fue Van Gogh un artista afortunado. Por el contrario, su vida fue una doble lucha por consagrarse a dos colosales creaciones: la pintura y la literatura. Antes, dedicó parte de ella a predicar como pastor evangélico entre los mineros de Borinage. Vive la vida dura y miserable, en la agobiante hambruna de los desheredados del mundo, los olvidados de la fe y de la vida. Pero no le permiten continuar su ministerio. Entonces se consagra a la pintura y la literatura en forma epistolar. La pintura nace en él desde una realidad que a través de sus lienzos, encuentra una particular manera de expresarse: la alteración de cielos que giran y la presencia de seres humanos que viven en sus lienzos. Entre tantos cuadros, más de 800, uno de ellos particularmente nos conmueve por lo vívido y esplendoroso del color, que se mueve y se hace figura; como raíces de árboles, como densos cielos, como oscuro bosque o como silueta femenina con sombrero blanco. En sus cartas a Theo, Vincent relata cómo esas imágenes se hicieron vida en el lienzo, cómo ellas se fueron construyendo hasta alcanzar forma en su obra. De sus largas caminatas por los bosques hay un hermoso relato en su epistolario con su hermano Theo. Uno de ellos, fechado en La Haya en abril de 1882, cuando Vincent contaba 29 años, describe así la hechura de su lienzo: "El otro estudio del bosque tiene como tema grandes troncos de hayas verdes sobre un fondo de arbustos secos y una pequeña figura de muchacha vestida de blanco. La gran dificultad ha sido conservar la iluminación y poner cielo entre los árboles que se encontraban a distintas distancias, y el lugar y el espesor relativo de esos troncos son modificados por la perspectiva. Fue necesario hacerlo como se pudo, y respirar y pasearse, y la floresta debe embalsamar..."
La naturaleza se incorpora al cuadro del artista que se va llenando de vida. Así, entre un juego exquisito de tonalidades rojizas de un suelo que guarda hojas desvanecidas por el otoño, los cielos atemperados entre un azul verdusco, se comprimen por la frondosa presencia de alejados árboles, que al fondo, apenas dejan entrever las siluetas de recogedores de leña, en una discreta faena, mientras la muchacha, enfocada junto a uno de los árboles, está en segundo plano, apenas sobrepuesta por la "raicidad" del árbol del frente que presenta la fuerza y tensión en la obra. Es desde ese contraste entre humanidad y naturaleza donde se alcanza la densidad en el discurso plástico de este cuadro.